lunes, 27 de marzo de 2017

Pablo Sarroca, el capellán que se convirtió en un peligroso miliciano

Con bigote y mono, el ex capellán Pablo
Sarroca. Junto a él Julia Sanz recibiendo
la condecoración del Director General
de Seguridad, Manuel Muñoz y
Ricardo Burillo (con uniforme militar)
No hace falta ser muy inteligente para comprender que una guerra civil siempre cambia el carácter de las personas. En algunas este cambio es simplemente emocional en otras, sin embargo, es mucho más drástico.  Un claro ejemplo de persona que sufrió una transformación brutal durante la Guerra Civil española es el de Pablo Sarroca Tomás, capellán castrense de diferentes unidades militares antes de 1936 que tras la sublevación de julio se convirtió en uno de los milicianos más despiadados de la retaguardia madrileña. 

Antes de entrar en materia, repasemos a grandes rasgos la trayectoria de Pablo Sarroca en las Fuerzas Armadas antes de empezar la Guerra Civil. Hijo de padres españoles, Sarroca había nacido el 31 de enero de 1889 en Francia en la localidad de Vic – Bigorre, situada en el Departamento de los Altos Pirineos del distrito de Tarbes. Siendo todavía niño regresó a España quedándose a vivir junto a su familia en Cataluña. En el año 1917 aprobó una oposición para ingresar en el Cuerpo Eclesiástico del Ejército, accediendo ya como capellán segundo y siendo destinado posiblemente a África. 

Sabemos que en 1920 dejó de ser el capellán del Regimiento de Infantería de Ceuta para volver a Cataluña para enrolarse en el Regimiento Luchana 28 que estaba en Tortosa (Tarragona). Por aquel entonces compaginaba su cargo como capellán del regimiento con la dirección de una academia de analfabetos que estaba situada en el centro de la ciudad. 

Capellán militar en varios regimientos

Pasó también por otros regimientos de España como el Batallón de Montaña de Reus (1924), Sicilia 7 (1922) o Guadalajara (20), este último ya como capellán del Cuerpo Eclesiástico. También fue el capellán del Hospital Militar de Vitoria y de la Academia Especial de Ingenieros (1931). Sabemos que tras proclamarse la República, Pablo Sarroca estaba destinado en la Primera Región Militar, es decir en Madrid y la zona centro de España. Ya por estos años, además de inculcar la palabra de Dios en las ceremonias militares que dirigía, también trataba de inculcar su pasión por la literatura Medieval y Renacentista, en especial Jorge Manrique y Fray Luis de León. 

Libro de Sarroca en el que mostraba su apoyo
a la República (Todo Colección)

Pese a todo, a partir de 1931 Sarroca empezó a ser considerado un “bicho raro” dentro de la Comunidad Eclesiástica Militar. En 1932 publicó un libro dirigido al “gobierno provisional de la República española” en el que mostraba su “más profunda admiración y adhesión sincera” al nuevo régimen político. Hoy en día uno de los ejemplares de este libro se puede comprar a través de www.todocoleccion.net . Un libro que sin lugar a dudas levantó ampollas entre sus compañeros capellanes militares que seguían mirando con añoranza los años de Monarquía. 

Esta adhesión a la República firmada de su puño y letra hizo que Sarroca simpatizara con Manuel Azaña, Ministro del Ejército entre 1931 y 1933, con el que mantendría una importante relación de amistad hasta casi el final de la guerra. De hecho en el año 1932 se incorporó al gabinete militar de Azaña como “capellán castrense” con el grado de Comandante junto al General Hernández Sarabia, el Comandante de Infantería Fuentes y el de Caballería Ainza. 

La verdad es que nuestro protagonista se movía muy bien por las altas esferas ya que el 1 de marzo de 1934 tuvo una audiencia privada con el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora y unos meses más tarde (en diciembre del mismo año) otra con Alejandro Lerroux, presidente del gobierno. 

El inicio de la Guerra Civil

En 1936, Pablo Sarroca ocupaba el cargo de Vicario General de la Primera Región Militar (Madrid y Centro de España), aunque al empezar la Guerra Civil se encontraba en situación de “disponible forzoso” junto con otros 38 capellanes militares.  Una vez empezamos los combates, a diferencia de otros religiosos, Sarroca tardaría en ser detenido por las milicias frentepopulistas. Le arrestaron a finales de agosto en su casa ubicada en el número 7 de la calle Sánchez Díaz, situada en el Distrito de Ciudad Lineal. Acusado de “desafecto”, fue arrestado por un agente de Policía provisional llamado Constantino Neila Valle que, según relataría tras la guerra, se tuvo que emplear a fondo para conseguir reducirle. 

Circular publicada firmada por Largo Caballero en
la que se nombra a Sarroca agente de los Servicios
Especiales del Ministerio de la Guerra.
Una vez en la cárcel y a la espera de ser juzgado por desafección al régimen republicano, a Sarroca le comunicaron que también le juzgarían por atentado a la autoridad por el rifi rafe que tuvo con el policía que le detuvo. Finalmente y gracias a su relación con Manuel Azaña y también con Indalecio Prieto (al que también conocía) fue puesto en libertad a principios de septiembre de 1936. Sabemos que gestionó su libertad el capitán Díaz Tendero, perteneciente a la Sección de Control del Ministerio de la Guerra. Su puesta en libertad coincide con la llegada a la presidencia del Gobierno de Francisco Largo Caballero. El 13 de septiembre el propio dirigente socialista emitió una circular en el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra en la que se decía lo siguiente: 

“Por las excepcionales circunstancias que concurren en el ex capellán mayor del Ejército, Don Pablo Sarroca Tomás y su reconocida adhesión al régimen,  he tenido a bien disponer que pase a agregado de la Sección de Información del Estado Mayor de este Ministerio; percibiendo los haberes que por su anterior empleo venía disfrutando. Lo comunico a V.E para su conocimiento, en Madrid a 13 de septiembre de 1936”. 

Esta circular que confirma el nombramiento de Sarroca para trabajar los Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra, es decir para el contraespionaje republicano. Como reconocería el religioso tras la guerra, sus primeras actuaciones en este puesto eran las de censor de correspondencia extranjera. Debido a sus conocimientos de idiomas, leía las cartas que escribían los combatientes extranjeros, sobre todo de las Brigadas Internacionales, y autorizada el envío de las mismas para evitar la posible infiltración de espías enemigos. Después actuó de intérprete en varias ocasiones, una de las más destacadas fue con el artillero italiano detenido en Parla llamado Luigi Corsi en noviembre de 1936. 

Adiós a su pasado religioso

Con el paso de las semanas, Pablo Sarroca fue sintiéndose cada vez más a gusto en su puesto de trabajo en los Servicios Especiales, ya no solo por su trabajo sino también por su vida social. A sus 47 años, su etapa eclesiástica  había quedado atrás, por lo que empezó a hacer cosas que antes “no podía hacer” como relacionarse con mujeres o darse a la bebida de manera insistente. El 16 de septiembre de 1936 tomó la decisión de incorporarse al Ateneo Libertario de Ventas, el barrio en el que estaba residiendo, compaginando este puesto con su cargo en los Servicios Especiales. En este ateneo se empezó a relacionar con dos mujeres milicianas con las que se le vería mañana, tarde y noche. Se llamaban Gregoria Rubio Acosta (apodada la 'Huesos') y Julia Redondo Herrero. Según la revista 'Hispania Nova' ambas eran las “encargadas de llevar a Pablo Sarroca los partes de los asesinatos” cometidos por el ateneo. Según esta versión estas dos milicianas llevaban pistolas en el cinturón y desempeñaron junto con Sarroca “labores de orden público”. Ambas serían detenidas y juzgadas por la justicia franquista en el año 1941.
Declaración realizada y firmada por
Sarroca tras la Guerra Civil

Según un miembro de este Ateneo Libertario de Ventas llamado Calixto Roa, el “cura Pablo Sarroca tenían gran prestigio en el ateneo entre otras razones porque facilitaba armas (posiblemente procedentes de los Servicios Especiales) a los miembros del ateneo y además había sido el denunciante de numerosas personas de la barriada”. Otro vecino del barrio iba más lejos y le acusaba de “repartir las pistolas entre los milicianos, mandando asesinar a las personas de derechas”.

Cuando los servicios de seguridad de Franco investigaron el papel del Ateneo Libertario de Ventas en la Guerra Civil se encontraron con la sorprendente declaración del camarero del Bar La Rioja, situado en la carretera de Aragón, que aseguraba que entre 1936 y 1939 la gente que iba a su bar decía  que Sarroca tenía un importante “depósito de comestibles y bebida en su casa”. Otra vecina de la barriada de ciudad Lineal, llamada Teresa Álvarez Ossorio, comentaba que Sarroca llevaba una vida “licenciosa y escandalizaba a toda la barriada”. Esta mujer acusaba también al ex capellán castrense  y a su “concubina” de haberse reído de una mujer que había denunciado la desaparición de su hijo, vinculado a Falange (la mujer, su marido y su hijo fueron asesinados).

Pasión por las mujeres

Si por algo se caracterizó este ex religioso en la retaguardia republicana fue por su afán enfermizo por las mujeres. Además de las dos milicianas del ateneo, algunas declaraciones de vecinos de Ciudad Lineal afirmanban que el ex capellán también mantenía una relación sentimental con la que era su cuñada, Flora García Martínez, quien llegaría a acusarle de haber “abusado de su madre” y querer “abusar de su hija”, la que supuestamente ambos tenían y que se llamaba Teresa. 

Pero Flora no fue la única amante de Sarroca. Otras fuentes le relacionan con una chica llamada Julia Sanz López, de 18 años, que a su vez era amante de Luis Bonilla Echevarría, un capitán de milicias republicano que fue condenado a muerte por el Frente Popular por sus desmanes y robos. Sarroca se fotografió de una manera muy “cariñosa” con Julia cuando ésta recibió el título honorífico de “cabo” de la Guardia de Asalto. En la primera fotografía que acompaña al artículo se puede ver a Sarroca con esta chica. 

Pero dejemos de lado su papel en el Ateneo Libertario de Ventas para regresar a los Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra. Si durante los meses de septiembre, octubre y noviembre Sarroca trabajaba como censor e intérprete, en diciembre de 1936 empezó a ejercer como interrogador, primero en los despachos del Ministerio de Hacienda y luego directamente en el Ministerio de la Guerra. En la Causa General existen una docena de declaraciones de personas que relatan con todo lujo de detalles como nuestro protagonista interrogaba a los detenidos. Algunos de ellos declararían tras la guerra que preferían caer en manos de la Dirección General de Seguridad que en las de Sarroca.

Investigado por la policía republicana

Con el número 4, Pablo Sarroca agarrado a Julia Sanz (5)
Un suceso marcaría el devenir de Sarroca durante la Guerra Civil en el verano de 1937. Precisamente la Dirección General de Seguridad encargó al inspector de Policía Francisco Jiménez Mejías que investigara al religioso ya que algunas personas le habían acusado de asesinato. Dos personas le habían denunciado de haber matado a un farmacéutico, apellidado Carrasco al que había intentado estafar exigiéndole 10.000 pesetas si no  quería ser 'paseado' junto a su señora esa semana. Lo cierto es que el cadáver del farmacéutico apareció esa misma noche en la Carretera de Hortaleza. El ex policía republicano también investigó la muerte de un chico, apellidado Cubillo, al que Sarroca también había amenazado con ordenar su ejecución “por derechista” si no pagaba más de 3000 pesetas. 

La Dirección General de Seguridad de la República investigó al ex sacerdota durante semanas e incluso llegaron a detenerle aquel verano de 1937 para tomarle declaración por los presuntos asesinatos. Sin embargo, no encontraron pruebas suficientes para acusarle de manera directa. De todas maneras, sus importantes contactos entre los dirigentes del Frente Popular evitaron que las investigaciones prosperaran más de la cuenta. 

Algunos testigos de Ciudad Lineal afirmaban que vivían atemorizados por Pablo que se jactaba de “sus fechorías” y que practicaba con frecuencia actos de pillaje, traficando inicialmente con joyas sustraídas y más adelante con artículos de primera necesidad que le faltaban a los madrileños. Se vanagloriaba  de tener relación con los políticos y militares más destacados del momento como Indalecio Prieto y el General Miaja. Algunos vecinos llegaron a decir que Manuel Azaña acudió en un en un par de ocasiones hotel que se había construido Sarroca junto a Ventas y en el que residía junto a Flora y su hija Teresita. 

Detenido tras la guerra y condenado a muerte

Como era de esperar, terminada la guerra Pablo Sarroca fue detenido por las autoridades nacionales y trasladado hasta la Casa de Trabajo de Alcalá de Henares. Se abrió contra él un consejo de guerra que empezó en mayo de 1939 y lo dirigió el juzgado militar de la ciudad alcalaina. De su estancia en prisión no tenemos demasiados documentos, tan solo una carta que escribió el 09 de marzo de 1940 al tribnal que llevaba su caso. En esta carta decía lo siguiente:

“Creyendo que no he perdido aún la categoría de capellán mayor del Ejército, por cuanto el 18 de julio de 1936, fecha del GMN, se encontraba en la situación de disponible forzoso en unión de los 38 capellanes, no siendo dados d ebaja definitiva hasta el 2 de septiembre del mismo año. En consonancia con lo dispuesto en el Código de Justicia Militar y en varias disposiciones ministeriales, suplito a VE ser trasladado a prisiones militares. No dudando de ser atendido en su petición, pido a Dios que VE conserve la vida para bien y prosperidad de nuestra querida España. Alcalá de Henares 9 de marzo de 1939”.

De aquella carta no tenemos constancia de que Sarroca tuviera respuesta por parte del Tribunal Militar. Solo sabemos que ocho meses después el religioso fue ejecutado delante de un pelotón de fusilamiento en el Cementerio de Alcalá. Fue el 13 de noviembre de 1940 a las 07.30 de la mañana. El forense que confirmó su muerte aseguró que el ex capellán había muerto a consecuencia de “shot traumático, producido por arma de fuego”. 

Su viuda, Florentina (Flora) García Martínez, de 38 años y natural de Ferrol, fue detenida por la justicia franquista también tras la guerra y acusada de “cómplice” de su pareja ya que “conocía cuantas denuncias, asesinatos y saqueos cometidos por su marido y de complacencia de aprovecharse de los productos robados”. Fue condenada inicialmente a cadena perpetua por “adhesión a la rebelión”, pena que luego sería rebajada por 30 años y más adelante indultada por Franco. 

Fuentes consultadas

Archivo Histórico Nacional. FC-CAUSA_GENERAL,1520,Exp.1. Sumario sobre los Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra. 
Archivo Histórico Nacional. FC-CAUSA_GENERAL,1530,Exp.13 
Archivo General Militar. Expediente Pablo Sarroca Tom疽. Sumario 27196 /107812 /3778/1
Hemeroteca de la Biblioteca Virtual de la Defensa
Hemeroteca Nacionales
Hemeroteca Prensa Histórica. 
Revista Hispania Nova. 
http://labibliotecafantasma.es/cartadebatalla/ 

domingo, 12 de marzo de 2017

La verdad sobre el asesinato del Coronel Puigdengolas a manos de sus propios hombres

El Coronel Puigdengolas haciendo una gestión telefónica
Durante los tres años que duró la Guerra Civil Española, la opinión pública madrileña fue manipulada de una manera muy eficaz por parte del servicio de propaganda de la República. Entre 1936 y 1939 ocurrieron un sinfín de acontecimientos de los que nunca supo el ciudadano de a pie de Madrid, gracias entre otras cosas al papel de los censores, entre los que se encontraba el archifamoso Arturo Barea. 

Uno de aquellos episodios que fue manipulado por la propaganda republicana fue el asesinato del Coronel Ildefonso Puigdengolas, militar republicano,  que murió a tiros en el frente de Parla. La muerte de Puigdengolas, acribillado a balazos por sus propios hombres, nunca fue dada a conocer a los madrileños que pensaban que había fallecido como consecuencia de una acción de combate contra las tropas nacionales. Nada más lejos de la realidad. 

Antes de explicar con detalle lo ocurrido en Parla, es conveniente conocer mejor al personaje. El Coronel Puigdengolas era un militar de la cabeza a los pies que había nacido en Figueras (Gerona) en 1876, por lo que al empezar la Guerra Civil tenía 60 años. Luchó en la guerra de Cuba y en África hasta llegar a ser Coronel de Seguridad, mostrándose siempre partidario de las izquierdas: de hecho, llegó a enfrentarse personalmente con el General Sanjurjo en el año 1932, cuando se produjo el golpe de estado, conocido coloquialmente como la 'Sanjurjada'.

Un militar muy bien valorado por la República

Al estallar la Guerra Civil, como era de esperar, Puigdengolas se posicionó próximo al bando republicano y dirigió la Columna anarquista que el 20 de julio de 1936 consiguió hacerse con el control de Alcalá de Henares, donde se había producido un amago de revuelta. El 22 de julio fue uno de los encargados de dirigir junto a Cipriano Mera la conquista de Guadalajara, ciudad en la que se habían hecho fuertes unos 600 militares y falangistas. Puigdengolas, sin embargo, no pudo frenar los desmanes que se produjeron en la ciudad alcarreña por parte de la CNT que acabaron con la vida de muchos de los militares que se habían rendido, entre ellos el Comandante Ortiz de Zárate.
Articulo sobre Puigdengolas cuando era
Coronel de Seguridad

Tres días después de dirigir aquella ofensiva de Guadalajara fue nombrado por el Ministerio de la Guerra Comandante Militar de Badajoz, donde sería apresado unas horas por militares contrarios al Frente Popular. Sin embargo logró la libertad y dirigió la defensa de la ciudad durante la primera mitad del mes de agosto ante los avances franquistas, que contaban con mayor número de hombres y equipamiento militar. Antes de que cayera en manos de Franco la ciudad, y tras ser herido de metralla en el brazo por un bombardeo, Puigdengolas consiguió huir de Extremadura y escapar a Portugal.

Durante casi dos meses permaneció detenido en el Batallón de Cazadores de Elvas y en el fuerte de Cacxias de Lisboa hasta que consiguió ser evacuado a la España Republicana en el buque Nyassa. Puigdengolas llegó hasta Tarragona el 13 de octubre de 1936 y nada más pisar suelo español el Ministerio de la Guerra le ordenó que se trasladara a toda prisa a Madrid. Por aquellos días concedió una entrevista a la agencia de prensa republicana Febus en la que realizaría las siguientes manifestaciones: "Estoy otra vez en pie de guerra. Inmediatamente que la autoridad lo disponga, saldré para el frente para batir a las comparsas del criminal Queipo de LLano".

Una vez en la capital fue nombrado jefe de la Agrupación de Columnas de Illescas para sustituir en el cargo  a Ramiro Otal Navascues que había sido nombrado Jefe de Operaciones del Estado Mayor del Ejército del Centro.

Puigdengolas llegó a Madrid entre el 23 y el 26 de octubre y fue uno de los artífices de la ofensiva republicana en Seseña el día 29 de este mes. Aquella ofensiva se haría famosa por el avance imparable durante horas de una veintena de carros de combate soviéticos que llegaron a penetrar con facilidad en el interior del pueblo, controlado por los nacionales. Pese al ímpetu inicial, la ofensiva republicana no consiguió los propósitos esperados.

El asesinato en Parla

Dos días después del intento de conquista de Seseña, Puigdengolas se encontraba en los alrededores de Parla tratando de frenar un ataque franquista en este municipio de poco más de 1000 habitantes (por aquel entonces). Tras el avance fulminante de los Regulares se produjo una espantada de milicianos que defendían una posición elevada. Con el objetivo de frenar esa espantada, Puigdengolas, pistola en mano, disparó sobre el capitán que estaba al frente de la posición con la intención de evitar una retirada "sin honor". Acto seguido, varios de los hombres que huían respondieron con sus fusiles la agresión del Coronel, acribillándole a balazos. Esta es la versión que relató Ángel Lamas Arroyo, oficial del Ejército que aquel 31 de octubre de 1936 ocupaba el puesto de ayudante del Coronel en la Jefatura de su Estado Mayor. Según su versión, el capitán al que disparó Puigdengolas cuando trataba de retirarse pertenecía al grupo del Comandante Fernández Cavada (que justo al día siguiente se le asignó el mando de la 37º Brigada Mixta). 

A la izquierda, con gafas, Julián Fernández Cavada. Sus
hombres mataron a Puigdengolas, AHPCE
Lamas Arroyo, que meses más tarde terminaría pasándose a los nacionales por Santoña, publicó en 1972 unas memorias tituladas 'Unos y otros' en las que hacía referencia al asesinato de Puigdengolas por parte de sus propios hombres: "No sentí la intensa indignación que por un crimen semejante, en relación con mandos de mi Ejército de siempre, sentido hubiera; ni admití la obligación de hacer causa común con los otros oficiales en contra de la soldadesca. Puesto que no era jefe mío y de mi bando la víctima y solo pasajera y por circunstancias me hallé a su lado".

Veamos más detalles del crimen de Puigdengolas. Según el libro 'El Coronel Puigdengolas y la batalla de Badajoz', el capitán al que disparó nuestro protagonista mantuvo una acalorada discusión con el Coronel y le explicó que su retirada hacia Getafe no era consecuencia del pánico que tenían hacia los Regulares sino a una orden de repliegue que había dado el propio Comandante Cavada. 

Según la versión de Lamas Arroyo, el Coronel Puigdengolas "saca la pistola, la apoya en el pecho de aquel pobre aturdido... y mordiendo rabiosamente la palabra cobarde le dispara sin más intimidación. Con lo que cae instantáneamente... Pero la reación es también del todo increible para otros tiempos y viene automática. Media docena de fusiles apuntan a bocajarro al Coronel y disparan en rígida descarga. Cae igualmente fulminado. Siempre pensé que muerto".

Los milicianos que mataron a Puigdengolas explicaron a Lamas Arroyo que le "tenían ganas" desde hacía tiempo al Coronel por "faccioso" pues llevaba en pocas fechas "despachados" a unos cuantos "defensores de la República". Es decir, según estos milicianos Puigdengolas se tomaba la justicia como él quería. La explicación que esgrimieron sus asesinos carecía de todo rigor ya que cuando fue asesinado, el Coronel apenas llevaba una semana en Madrid.

El entierro del Coronel

La misma tarde del 31 de octubre de 1936, la prensa madrileña se hacía eco de la muerte de Puigdengolas en Parla. El periódico 'La Voz', decía en su portada que había muerto "luchando por la República, un héroe del pueblo".  En ningún momento se comentaba el enfrentamiento que tuvo con un capitán de su mismo Ejército ni que había sido tiroteado por sus propios hombres. El entierro de Puigdengolas tuvo lugar el 01 de noviembre de este año, justo un día después de su asesinato, y a él acudieron un sinfín de representantes políticos y militares. Está enterrado en el Cementerio Este de Madrid.

Al parecer, pocos meses después de la muerte de Puigdengolas, Ángela Martínez (su viuda), solicitó al Ministerio de la Guerra, la pensión anual a la que tenía derecho como viuda de un oficial del Ejército. 

Articulo del periódico La
Libertad
Si la prensa republicana no fue consciente o no quiso ser consciente del verdadero motivo de la muerte de Puigdengolas, podemos decir lo mismo de la prensa franquista. El periódico 'Labor' publicaba el 5 de noviembre de 1936 (ni una semana después de su muerte) que "el traidor Puigdengolas" había "muerto tras un bombardeo de la aviación franquista", algo que realmente no había ocurrido.

Su hijo, José Luis Puigdengolas había terminado la carrera de medicina justo antes de empezar la Guerra Civil, por lo que en julio de 1936 ya ocupaba el rango de teniente médico y se encontraba destinado en Ciudad Real, donde posiblemente se enteró de la muerte de su padre. Afiliado al Partido Comunista, José Luis ejerció como médico de vanguardia durante la Batalla del Ebro y terminó la guerra como con un fulminante ascenso a capitán. Durante toda la campaña protegió a numerosos derechistas perseguidos y se casó por la Iglesia en 1938 (aunque parezca mentira) con una joven católica llamada Amalia Lafuente. 

Otra  historia en Parla

El día después de que el Coronel Puigdengolas fuera asesinado, la localidad de Parla volvió a ser noticia. El 1 de noviembre, tropas republicanas conseguían hacer prisionero a un soldado artillero italiano que combatía del lado de los nacionales, algo muy noticiable para la propaganda republicana que quería demostrar ante la opinión pública internacional que Mussolini estaba apoyando con artillería a Franco (ya se sabía que Italia había cedido a varios pilotos a la aviación nacional). El soldado italiano apresado, que se llamaba Luigi Corsi Silaberta, era natural de Villa Costelli y tenía 21 años, había sido ascendido a Brigada por méritos de guerra y había participado días atrás en los combates de infantería y artillería en Illescas. 

La maquinaria de la propaganda Republica dio a conocer a la opinión pública el supuesto relato de Corsi desde que llegó a España hasta que fue arrestado por los republicanos.Afirmó  que pertenecía al 10 Cuerpo del Ejército de Artillería ubicado en Roma y que fue trasladado forzosamente hasta España para combatir junto "a los rebeldes". Dijo que había llegado a Vigo el 28 de septiembre de 1936 junto a más de 150 militares italianos, más numerosos carros de combate, 38 cañones antitanque, 25.000 proyectiles de artillería y cuatro estaciones de radio.
Sumario judicial contra Luigi Corsi

Los corresponsales extranjeros en Madrid difundieron a toda prisa las informaciones sobre Luigi Corsi. Los encargados de propaganda de la República se sumaron un tanto con esta difusión ya que pretendían criticar con dureza al Comité Internacional de no Intervención. Para que nuestros lectores vean hasta donde llegó la noticia, hemos subido una captura de pantalla de un periódico de Nueva Zelanda (New Zeland Herald) que se hizo eco del arresto de Corsi. 

A través del Archivo Histórico Nacional hemos encontrado el sumario del juicio al que fue sometido el prisionero italiano Corsi, al que un Tribunal Popular juzgaba por auxilio a la rebelión. Durante todo el juicio, trató de ganarse la confianza del prisionero Pablo Sarroca Tomás, un antiguo sacerdote castrense que había decidido apoyar a la República, pocos días después de que empezara la Guerra Civil. Sarroca, en realidad formaba parte de los Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra, dedicándose sobre todo a la sección de propaganda y prensa. Aprovechando sus estudios de italiano, Sarroca ejerció de traductor y hombre de confianza de Corsi con el objetivo de que éste accediera a conceder entrevistas ante la prensa internacional que estaba en Madrid. 

Tras quedar detenido en el Cuartel de Conde Duque a la espera de que se celebrara su juicio, Luigi recibió allí un gran número de visitas, entre otras la de dos parlamentarios británicos que querían comprobar su estado de salud. Durante el juicio, el joven italiano se mostró partidario de la República y tras decir varias veces que fue obligado a combatir en España, en enero de 1937 fue absuelto, quedando en libertad. 

Fuentes consultadas

- 'Unos y otros', Ángel Lamas Arroyo
- 'El Coronel Puigdengolas y la Batalla de Badajoz', Hector Alonso García
- 'Guerra y represión en el sur de España', Francisco Espinosa
- Hemeroteca Nacional
- Hemeroteca ABC
- Archivo Histórico Nacional, Causa General

miércoles, 1 de febrero de 2017

Fernando Valenti, un Sherlock Holmes republicano en el Madrid de la Guerra Civil

Fernando Valenti, detenido en 1939
(Centro Documental Memoria Historica)
No era policía profesional pero tenía un gran instinto. Utilizaba métodos poco ortodoxos en su trabajo y gracias a ellos se convirtió en uno de los mejores sabuesos de la República durante la Guerra Civil Española. Influenciado por los soviéticos, Fernando Valenti llegaría a ser apodado como 'el Sherlock Holmes' de la retaguardia madrileña sobre todo a la hora de dar caza a los derechistas emboscados en la capital. 

Cuando empezó la sublevación militar en Madrid, Fernando Valenti tenía 35 años y trabajaba como agente comercial en la casa Salt Perricete And Trading Company, un trabajo que como él diría más adelante, “no le llenaba lo suficiente”. Vivía junto a su mujer en el número 25 de la calle Preciados y desde antes que empezara la guerra sentía simpatías por el mundo de la política. Aunque en 1934 formaba parte de Izquierda Republicana, el partido de Manuel Azaña, a medida que pasaban los años se fue acercando más y más al socialismo. 

Tres semanas después de que fracasara  definitivamente el alzamiento en el Cuartel de la Montaña, Valenti solicitó el ingreso en la Policía tras leer un anuncio en el periódico en el que se convocaba a todos los interesados a incorporarse al Cuerpo de Investigación y Vigilancia tras la depuración interna que se estaba haciendo. El 24 de agosto de 1936 fue nombrado agente provisional de tercera clase, siendo destinado a la comisaría del distrito de Buenavista donde prestó servicios de lo más diversos: por un lado realizó vigilancias en la rotonda del Hipódromo (entre las 18.30 y las 21.00) supuestamente para evitar que en esa zona se produjeran los famosos paseos.  Por otro lado, también participó en la realización de registros y detenciones de personas desafectas. 

Aunque no tenía experiencia apenas desde el punto de vista policial, sus mandos más inmediatos observaron que Fernando Valenti poseía un instinto fuera de lo normal a la hora de afrontar las investigaciones. Uno de sus primeros jefes fue el comisario Luis Omaña Díaz, agente de policía raso antes de que empezara la guerra y convertido en comisario por el Frente Popular desde julio de 1936. En octubre de este año, Omaña le encomendó que se hiciera cargo de la investigación de un suceso que había conmocionado a la sociedad madrileña y que provocó un gran número de muertos (no sabemos cuantos debido a la censura republicana) en un taller del Quinto Regimiento situado en la calle Núñez de Balboa. 

Fue la primera investigación en solitario que dirigió Valenti como agente de policía y los resultados fueron contundentes: el Partido Comunista se negaba a facilitar el trabajo de la Policía.  Los interrogantes que surgieron a raíz de aquella explosión fueron comunicados por Valenti a la Dirección General de Seguridad cuyos máximos responsables le ordenaron que dejara de investigar. 
El comisario Luis Omaña junto a Valenti y otros policías de
la Comisaría de Buenavista (La Estampa)

Tras  esta primera investigación, Valenti continuó trabajando algunas semanas para la Comisaría de Buenavista . Antes de cambiar de destino, presenció como dentro de la Comisaría  se había constituido una especie de grupo,  llamado 'Consejillo de Buenavista', dirigido directamente por el Comisario Omaña. Durante los meses de noviembre y diciembre de 1936 este consejillo asesinó de manera directa a una treintena de personas, muchas de ellas acaudaladas con la excusa de acabar con los desafectos en Madrid, aunque en realidad perseguían el robo y los saqueos. No hay constancia de que Valenti participara en estos crímenes ya que en noviembre de este año fue reclamado por David Vázquez Baldominos, alto cargo de la Policía, que meses más tarde se convertiría en comisario General de Seguridad de Madrid. 

A la caza de los derechistas

Vázquez Baldominos, que era socialista y actuaba bajo el amparo de la Agrupación Socialista Madrileña, le pidió que dirigiera a un grupo de hombres que tenían como misión hacer informes sobre personas desafectas cuyos nombres facilitaba la CIEP (Comisión de Información Popular), organización dirigida  por Julio de Mora Martínez. Valenti empezó a trabajar en un palacete incautado por el PSOE en el número 103 de la calle Fuencarral que había pertenecido al Conde de Eleta. Allí estudiaba al milímetro el censo electoral de las elecciones de 1931, 1933 y 1936 con la intención de localizar a las personas que se habían presentado a estos comicios apoyando a los partidos de derechas. 

Julio de Mora, jefe de Valenti
en la Agrupación Socialista
(Fundación Pablo Iglesias)
Su trabajo dentro de la Agrupación Socialista Madrileña para localizar a sospechosos le hizo obtener una gran fama dentro del socialismo. Tras la guerra aseguraría ante las autoridades franquistas que había redactado unos ochenta informes de personas a las que se tenía que localizar, aunque “ignoraba la suerte de las mismas”. Lo que no reconoció durante su Consejo de Guerra fue que había participado en aquella época en la detención de al menos una veintena de personas vinculadas con Falange y el Partido Tradicionalista.

Julio de Mora, su jefe inmediato en la checa de la Agrupación Socialista,  quedó impresionado con el trabajo de Valenti y trató de de llevárselo más adelante al DEDIDE (Departamento de Información del Estado), uno de los primeros servicios de espionaje de la República durante la Guerra Civil.  Gracias a él y a Anselmo Burgos Gil (luego sería jefe de la escolta del embajador soviético en  Madrid), nuestro protagonista entraría en contacto con los agentes destacados en Madrid del NKVD, el servicio secreto de Stalin que se habían establecido en el Hotel Gaylord y que le formarían en cuestiones de coontraespionaje. Eso lo veremos más adelante

El asalto a la Embajada de Finlandia

A finales de noviembre de 1936 y tras la constitución de la Junta de Defensa de Madrid, Vázquez Baldominos le convocó a una reunión en la Dirección General de Seguridad. Esta reunión se produjo horas después de que se disolvieran las brigadas paramilitares que habían formado los partidos políticos del Frente Popular con la intención de acabar con “los fascistas” que quedaban en Madrid. En esa reunión el Vázquez Baldominos le ordenó que se incorporará a la Brigada Especial, una unidad de élite que dependía de la Comisaría General de Seguridad de Madrid y que tenía como objetivo prioritario acabar con el enemigo de la República en la retaguardia madrileña.

Una de sus primeras misiones en la Brigada Especial, cuya sede estaba por aquel entonces en el número 9 de Marqués de Riscal,  fue participar en el asalto de la Embajada de Finlandia la noche del 3 al 4 de diciembre de 1936. Fue un asalto ordenado (según dijo el propio Valenti) por el Ministro de Estado José Giral en el que fueron detenidas más de 400 personas que allí estaban refugiadas entre las que se encontraban militares, políticos, sacerdotes y burgueses. Este asalto transcendería a la opinión pública y varios periódicos de la época se hicieron eco de las detenciones. En una nota de prensa, la Junta de Defensa de Madrid decía que el desencadenante del asalto había sido el lanzamiento de una bomba incendiaria desde el interior de la embajada que había herido a un niño y a dos guardias de asalto. 
José Cazorla, consejero de orden público y
uno de los instigadores del asalto
No era ni mucho menos cierto, ya que en los registros practicados no se encontró ningún arma. El verdadero motivo del asalto era frenar la llegada de refugiados hasta esta embajada que desde el inicio de la guerra estaba gestionada por Francisco Cachero, un trabajador español de la legación finlandesa que se hizo pasar por “cónsul honorario” y que se lucraba económicamente a consta de los refugiados. Cachero, que durante algún tiempo sobornó a responsables de la DGS para que no asaltaran la legación, se había quedado sin dinero y había dejado de pagar los sobornos a los altos mandos policiales de la República. 

Fue precisamente durante el asalto a la Embajada de Finlandia cuando conoció  a José Cazorla Maure, número dos de la Consejería de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid. Desde aquel momento ambos tuvieron una relación de “cordialidad y afecto” a pesar de que Valenti era socialista y Cazorla un destacado miembro del Partido Comunista. Aunque ambos mantuvieron buena relación durante la guerra, una vez finalizada, Fernando Valenti acusó a Cazorla y a sus brigadas del PCE de organizar “sacas de detenidos que oficialmente se decía eran trasladados a otras prisiones pero que en realidad no llegaban a su destino”. 

Otra de las misiones que tuvo que hacer frente como miembro de la Brigada Especial fue hacerse cargo de los detenidos por el asunto Del Rosal, una especie de grupo subversivo derechista que fue descubierto por agentes comunistas de la Consejería de Orden Público. Velenti se hizo cargo de ellos ya que se encontraban en una especie de cárcel clandestina del PCE en la calle Alonso Heredia donde los detenidos habían sido maltratados salvajemente. Nuestro protagonista puso a los detenidos a disposición de la DGS y la mayoría fueron trasladados hasta la prisión de San Antón. 

Nombrado jefe de la Brigada Especial

Cuando David Vázquez Baldominos fue nombrado Comisario General de Madrid en la Primavera de 1937, éste decidió seguir apostando por Fernando Valenti ascendiéndole primero a Subcomisario y  luego a Comisario de Policía. Le encomendó la jefatura de la Brigada Especial. No llevaba ni un año en el Cuerpo de Investigación y Vigilancia y ya había conseguido convertirse en un alto mando.  Coincidiendo con su nombramiento como jefe, la Brigada Especial (formada por unos cuarenta agentes) se trasladó al número 108 de la calle Serrano. Esta dirección, por desgracia, se convertiría en uno de los lugares más temidos por las organizaciones de la Quinta Columna de Madrid. 

Valenti percibía un sueldo anual de 10.000 pesetas como jefe de la Brigada Especial, más 22,50 pesetas al día en calidad de dietas en el caso de que viajara fuera de Madrid. Como jefe de la Brigada Especial,  supo rodearse de personas  adeptas al Partido Socialista que a su juicio eran “muy profesionales y buenas personas”. Veamos como calificaba el propio Valenti a sus colaboradores más estrechos una vez terminada la guerra:
Jacinto Rosell, la mano derecha de Valenti
en la Brigada Especial


“Jacinto Uceda Marino como subjefe de la Brigada es un muchacho serio, capaz, muy trabajador, honrado y de buenas constumbres. Pertenecía al Partido Socialista poco tiempo”.

“Jacinto Rosell Colomo, como jefe de servicios de la Brigada, con idénticas características que el anterior”. 

“Lucas Gilsanz Martín, agente. Es un pequeño burgués de muy buen corazón y buena persona. Pertenecía al PSOE desde 1929 y procedía del DEDIDE”.

“Atilano Molano Molano, agente. Era una buena persona, honrado, pero de carácter agrio y maleducado Sus antecedentes eran socialistas. Antes trabajó en algunas comisarias”. 

“Emilio Montoya Abrego, agente. Creo que también es buena persona pero es mal educado. Es un antiguo socialista”. 

“Lisardo García García, agente. My buen muchacho, trabajador, de carácter abierto, aficionado al estudio, habiendo logrado hacerse una pequeña cultura, llegando a tener conocimiento del idioma francés.  Pertenece al PSOE desde 1931”.

Tras los pasos de una organización falangista

Poco después de hacerse cargo, ya de manera oficial, de la Brigada Especial, Vázquez Baldominos  volvió a poner en contacto a Valenti con miembros destacados de los servicios de inteligencia soviéticos en Madrid. El motivo de este contacto fue el descubrimiento por parte de Valenti de una organización falangista que operaba en Madrid, dirigida por el arquitecto Javier Fernández Golfín y el procurador de tribunales, Ignacio Corujo. Esta organización, que contaba con emisoras de radio clandestinas, enviaba a través de embajadas informaciones militares de los republicanos a los servicios de información de Franco. 

Durante semanas consiguió averiguar los nombres de una veintena de miembros de esta organización falangista gracias al papel que jugaron los confidentes de la Brigada Especial que él mismo introdujo entre la Quinta Columna. Uno de sus confidentes más relevantes fue Alberto Castilla Olavarría que llegó a engañar a Javier Fernández Golfín, convirtiéndose en uno de los enlaces destacados del grupo. 

Los agentes  del NKVD soviético formaron a Valenti en  la utilización de confidentes para desarticular organizaciones subversivas como la que se estaba formando. De hecho, le recomendaron que “comprara con dinero o con otros medios” a personas derechistas que fueran capaces de traicionar a sus compañeros.  Según dijeron los soviéticos, el uso de estos confidentes o “agentes  alborotadores” le había dado muy buenos resultados a la Unión Soviética. Por aquel entonces, los rusos que mantenían una relación más estrecha con Valenti fueron José Ocampo (Iosef Grigulevich), individuo con acento argentino, Pancho Bollasqui (podría ser Grigory Sergeievich Syroyezhkin y otro apellidado Sander. 
El desaparecido Hotel Gaylord en la calle Alfonso XI, al que
fue con frecuencia Valenti para ver a los miembros del NKVD
soviético.

En mayo de 1937 la Brigada Especial realizó una gran redada en Madrid con el fin de detener al mayor número de miembros de la organización falangista a la que nos estamos refiriendo. En total fueron arrestados una veintena de personas entre las que estaban Javier Fernández Golfín e Ignacio Corujo. Según relataría Valenti una vez terminada la guerra, los asesores soviéticos del NKVD le recomendaron que actuara con dureza con los detenidos porque era la “única manera de hacerles hablar” y además “ahorraba tiempo de la comprobación de los hechos que exigía”. De hecho, los miembros del NKVD participaron en los interrogatorios de varios de los detenidos por el asunto Golfín Corujo con el visto bueno de Valenti y de Vázquez Baldominos. Los detenidos fueron trasladados primeramente a la prisión que tenía la Brigada Especial en un colegio religioso de la Ronda de Atocha. Allí fueron golpeados hasta la saciedad tanto por los agentes de la Brigada como por los soviéticos que se habían incorporado a los interrogatorios. Después serían llevados hasta Serrano 108 para prestar declaración. 

En esta operación contra la Falange Clandestina a Valenti le impusieron desde la DGS que trabajaran con él para desarticular la organización algunos agentes que  miembros del PCE como Víctor Ronda o José Granda Alonso. 

La implicación de los agentes soviéticos

Muchos lectores se preguntarán cuáles eran los motivos reales por los que el NKVD se había tomado tantas molestias en colaborar con la Brigada Especial de Valenti.  No era una mera coincidencia. Lo que pretendían realmente los asesores soviéticos era aprovechar estas detenciones para acabar definitivamente con el POUM (partido trotskista) y con su líder Andreu Nin. De esto a buen seguro que los lectores han leído infinidad de artículos en los medios de comunicación.

En las pesquisas que hizo la Brigada Especial con los falangistas se encontraron con un plano milimetrado de Madrid donde se indicaban las principales defensas antiaéreas, así como otras posiciones republicanas en el Frente de la capital. De hecho, quién consiguió este plano fue el confidente de la Brigada, Alberto Castilla que seguía haciéndose pasar por derechista y que de hecho se había refugiado con otros miembros de la organización en la Embajada de Perú. 

Con el visto bueno de Fernando Valenti, este plano milimetrado fue enviado hasta el hotel Gaylord de Madrid donde se encontraba el Cuartel General del Estado Amigo (los soviéticos). Allí, los agentes del NKVD lo estudiaron al milímetro, acordando finalmente escribir en el dorso del mapa con tinta simpática (tinta aparentemente invisible) la letra 'N', que vinculaba a Andreu Nin (líder del POUM). De esta manera tan sutil, los soviéticos, con el apoyo de la Brigada Especial, implicaban a Nin con los falangistas detenidos, una implicación totalmente ficticia que había creado el NKVD para eliminar al jefe del POUM. 
Imagen exclusiva obtenida de Alberto Castilla
Archivo Militar Paseo de Moret

El 01 de junio de 1937, ya con la mayoría de falangistas arrestados, la Brigada Especial redactó un informe en el que se informaba a la DGS (que ya estaba al corriente) del hallazgo de un mapa de Madrid en el que se vinculaba a Andreu Nin con la Quinta Columna. El director general de Seguridad, el Teniente Coronel Antonio Ortega envió a Fernando Valenti y a su mano derecha, Jacinto Rosell a Barcelona con la intención de detener e interrogar a Nin. Antes deberían pasar por Valencia donde también recibirían instrucciones del Ministro de Gobernación. 

El diario El País localizó en 2007 una carta de Antonio Ortega al Teniente Coronel Ricardo Burillo que por aquel entonces ocupaba el cargo de jefe de Policia de Barcelona, en la que le decía lo siguiente:

"Querido camarada: tengo el honor de presentarle a los funcionarios de la plantilla de Madrid comisario Fernando Valentí y agente de tercera Jacinto Rosell, quienes llevan a ésa una misión delicadísima en la que le ruego les dé toda clase de facilidades. En el caso de que precisaran utilizar gran contingente de fuerzas, antes de denegárselas consultará usted conmigo. Un abrazo de su amigo y camarada".

Valenti y Rosell dirigieron la detención de Nin que fue arrestado el 16 de junio de 1937. Fue trasladado a Madrid y a finales de mes, desapareció para siempre. Es decir, fue eliminado de manera extraoficial, posiblemente por agentes stalinistas que contaron con el visto bueno de la Brigada Especial. Obviamente, tras la guerra, Valenti desmintió con rotundidad ante las autoridades franquistas su implicación en la detención, asegurando incluso que nunca había viajado a Barcelona. Sus afirmaciones en Consejo de Guerra contrastan con las que realizó su compañero de viaje a la Ciudad Condal, Jacinto Rosell que sí reconoció haberse desplazado con Valenti a Barcelona para detener a un tal Andrés (Andreu Nin). 

Operaciones de contraespionaje

Tras esta operación la Brigada Especial con Valenti a la cabeza siguió trabajando en tareas de contraespionaje para acabar definitivamente con las organizaciones derechistas que operaban en Madrid. En septiembre de 1937 nuestro protagonista descubrió un nuevo grupo subversivo que estaba mandado por el ex jefe de Falange en Guadalajara, conocido por Paco Llanas, y un oficial de infantería llamado José Burgos Iglesias

Una vez más,para descubrir a esta organización, Valenti volvió a utilizar la figura de los agentes alborotadores que le habían enseñado los asesores soviéticos. El confidente elegido en esta ocasión le apodaban 'Boni' y aunque había sido albañil antes de la guerra, había conseguido entrar en el Cuerpo de Carabineros. Valenti enviaba a Boni a diferentes cafés de Madrid para escuchar las conversaciones que mantenían los clientes para comprobar si alguna de estas conversaciones podían ir en contra de la República. En el Café del Prado, este carabinero comprobó que un grupo de jóvenes hablaba en voz baja, como si estuvieran conspirando. 

En poco tiempo consiguió ganarse la confianza de estos jóvenes que terminarían sugiriéndole formar parte de  una organización falangista, conocida con el nombre de Milicias Pizarro. A 'Boni' le llegaon a presentar a algunos de los responsables de este grupo, informando puntualmente a Valenti de sus hallazgos. Éste incorporó a la investigación a dos de sus mejores agentes  (Gabriel González y José Granda) a los que infiltró en el Café del Prado, haciéndose pasar también por derechistas. Los tres lograron desenmascarar al grupo de Llanas y Burgos deteniendo a unas ochenta personas en Madrid y alrededores. Luego descubrirían que los falangistas detenidos estaban relacionados con una organización de espionaje franquista que actuaba desde el Parque de Intendencia de Pacífico. 
Escuelas Salesianas de Ronda de Atocha, cárcel de la Brigada
Especial, dependiente de la DGS / Diario Público

Los detenidos fueron trasladados a la Ronda de Atocha (la prisión que tenía la Brigada Especial) donde fueron sometidos a todo tipo de malos tratos. Valenti, siguiendo el consejo de los soviéticos, ordenó que fueran tratados con especial dureza los dirigentes de la organización, lo que provocaría semanas más tarde la muerte de Paco Llanas en la cárcel Porlier y el ingreso de Burgos Iglesias en un hospital penitenciario. Las torturas que se produjeron en la Ronda de Atocha y más adelante en Serrano 108, fueron efectivas y en muy poco tiempo los detenidos fueron delatando a un mayor número de personas.

Una vez pasaron a disposición judicial, los detenidos denunciaron ante el juez que habían sido maltratados salvajemente por la Brigada Especial de Valenti. El juez Mariano Luján decidió abrir una investigación interna para determinar qué agentes habían maltratado con mayor dureza a los arrestados,echando la culpa a Valenti por ser el máximo responsable de la Brigada. Gracias a las presiones ejercidas desde la DGS, ni él ni sus hombres de Serrano 108 fueron condenados por estas torturas. 

En diciembre de 1937 Valenti había adquirido una gran fama en Madrid como “gran especialista” en la lucha contra la Quinta Columna. Por estas fechas, la DGS decidió disolver la Brigada Especial (posiblemente por el asunto de los malos tratos) e incorporar a todos sus efectivos, incluido nuestro protagonista, al SIM (Servicio de Información Militar).

Su fichaje por el SIM y la Brigada Z

Sabemos que en marzo de 1938 Valenti ya estaba trabajando a las órdenes del socialista Ángel Pedrero, jefe del SIM del Ejército del Centro que le propuso que dirigiera una especie de brigadilla llamada 'Brigada Z'. Esta brigada se dedicaría  a resolver servicios que estuvieran relacionados con informes que venían de Barcelona, aunque también se dedicaba al tráfico de joyas. 

Uno de los primeros asuntos en los que trabajó Valenti fue el de un matrimonio alemán, apellidado Dobriky, que se dedicaba a la ocultación y el tráfico ilícito de alhajas y joyas. Además del matrimonio, fueron arrestados un relojero que vivía en el Paseo de las Delicias apellidado Uriza y Ruiz de Alda y un famoso boxeador, Salvador Almena, que ocultaba en su casa unas seis mil pesetas. Según Valenti todo el dinero y las joyas que se incautaron en esta operación fueron entregados personalmente a Ángel Pedrero, como máximo responsable del SIM en Madrid. Como se pudo comprobar más adelante, Pedrero era una persona de lo más oscura que además de haber sido lugarteniente del famoso chequista García Atadell, se lucraba enormemente con el dinero que incautaba.
Con un círculo, Ángel Pedrero, jefe del SIM del Ejército
del Centro (www.guerraenmadrid.com) 

El segundo asunto que llevó a cabo Valenti al frente de la Brigada Z del SIM estaba relacionado con una serie de reuniones secretas que llevaban a cabo algunas personas desafectas entre las que se encontraba la hermana de la famosa artista, Lili Montyan. En esta operación, en la que fueron detenidas unas 70 personas en Madrid y Guadalajara, se volvió a utilizar los servicios de un confidente, en esta ocasión una mujer llamada Cándida del Castillo, conocida como “Isabel”, una periodista de origen noble que  era partidaria de la República.  Hemos descubierto que esta confidente de la Brigada Z fue la madre del famoso escritor francés Michel del Castillo. Este asunto se conoció con el nombre de 'Los Cándidos' y estaba directamente relacionado con el tráfico de víveres. 

El asunto de los 'Candidos' fue uno de los últimos en los que intervino Fernando Valenti como comisario de Policía. La guerra estaba llegando a su fin y todo el mundo era consciente en Madrid de que los republicanos poco más podían hacer. A finales de marzo de 1939, el grueso del SIM del Ejército del Centro (que había apoyado a Casado en los enfrentamientos contra los comunistas), decidió abandonar la capital y dirigirse al Levante con el objetivo de abandonar España. 

Marzo 1939, la huida de Madrid

Pedrero organizó con detalle el desplazamiento e invitó a Valenti a acompañarle junto con el resto de sus hombres. Una caravana de vehículos ligeros del SIM abandonó Madrid la noche del 27 de marzo con un gran número de maletas, algunas de ellas cargadas de joyas.  Al parecer Pedrero quería llevarse el mayor número de alhajas al extranjero para sobrevivir fuera de España a pesar de que ya había cerrado acuerdos con el periódico  'Paris Soir' para que una vez en Francia escribiera sus memorias a cambio de 300.000 francos. 

La expedición llegó primero hasta Mazarrón (Murcia) donde el SIM tenía un barco apalabrado, que nunca llegó a aparecer. Después, se desplazarían hasta Torrevieja donde también confiaban que apareciera un barco que les sacara de España. Tampoco hubo suerte. Finalmente optaron por acudir hasta el puerto de Alicante, al que llegaron durante la tarde del 29 de marzo de 1939.  Allí tampoco encontrarían barco alguno para huir de España y todos los miembros del SIM, incluido Fernando Valenti, se entregaron a las autoridades franquistas.

Nuestro protagonista pasó por diferentes cárceles madrileñas y prestó declaración ante el SIPM durante todo el mes de diciembre de 1939. Se mostró colaborador con las autoridades franquistas e incluso le hicieron una fotografía poco antes de prestar declaración. Pese a ello, en el Consejo de Guerra al que fue sometido con otros miembros de la Brigada Especial le declararon “culpable” de los delitos que le acusaban (entre otros de asesinato) y fue condenado a muerte. Murió fusilado a primera hora de la mañana del 13 de diciembre de 1940 en el cementerio Este. Junto a Valenti, los nacionales también ejecutaron a otros nueve miembros de la Brigada Especial entre los que se encontraban Jacinto Rosell, Jacinto Uceda, Atilano Molano, Lucas Gilsanz y Gabriel González. 

Fuentes consultadas

Archivo Histórico Nacional. Causa General, 1547, Expediente 1, número 481
Centro Documental de la Memoria Histórica, Sumario 258
Archivo General Militar Paseo de Moret, sumario 59741
Hemeroteca Nacionales
Hemeroteca ABC
Hemeroteca Solidaridad Obrera
Diario El País 
https://bremaneur.wordpress.com 
El Heraldo de Madrid

martes, 3 de enero de 2017

Toda la verdad sobre la reunión secreta de Franco en Leganés

Los Generales Franco, Saliquet, Mola y Varela. Los
cuatro participaron en la reunión de Leganés
Noviembre de 1936. Las tropas de Franco habían llegado hasta las puertas de Madrid pero no podían pasar de la Casa de Campo, Ciudad Universitaria o Carabanchel. Los combates eran frenéticos pero el día a día en el puesto de mando del General Varela en Leganés también lo era. Allí, a escasos 11 kilómetros de la Puerta del Sol, se decidieron todas las operaciones militares del Ejército Nacional sobre el Frente de Madrid. Era la zona de retaguardia franquista más próxima a la capital, a la que llegarían un sinfín de heridos y un gran número de corresponsales de guerra partidarios de los sublevados. Por este motivo, no es de extrañar, que  allí se celebrar una de las reuniones más relevantes de la Guerra Civil a la que asistió el mismísimo Franco. 

Pero antes de hablar de la reunión es conveniente contextualizar todo. Sabemos que las tropas franquistas entraron victoriosamente en Leganés el 4 de noviembre de 1936 después de haber conquistado los pueblos de Alcorcón y Getafe, en esta última con su aeródromo incluido. Hasta esa fecha, la localidad se había mantenido leal a la República estableciéndose en las inmediaciones de la misma una línea de fortificaciones y trincheras que llegaba hasta Fuenlabrada. Sin embargo, durante los cuatro meses que Leganés estuvo controlada por el Frente Popular, se produjeron en su término municipal una veintena de asesinatos según consta en la Causa General. 

La primera víctima en Leganés, un sacerdote

La primera víctima fue un religioso de 43 años llamado José Esnaola Arteaga, nacido en Idiazábal Guipuzcoa) y cuyo cadaver apareció cosido a balazos el 27 de julio (9 días después del alzamiento) del 36 en la zona de Butarque. El día 13 de agosto de 1936 se produjo un fusilamiento simultáneo de cinco vecinos del pueblo en el kilómetro uno de la carretera de Toledo. Los asesinados fueron:

- Pablo Durán Pérez de Castro (56 años), de Renovación Española y Gobernador Civil de Zamora en la Dictadora de Primo de Rivera. Farmacéutico de profesión y en 1928 vicepresidente de la Unión de Farmacéuticos.
- José García Cuadrado (32 años), de Acción Popular y Presidente de la Sociedad Patronal de Labradores. 

- Cayetano Montero Rebollo (44 años), fue concejal en el Ayuntamiento de Leganés durante la época de Primo de Rivera. 
- Ramón del Yerro Ordóñez (40 años), presidente de Acción Popular y concejal en el Gobierno de Gil Robles. 
- Manuel Acero, carnicero de Leganés. Se desconoce filiación política. 


Algunas de las religiosas del manicomio de Leganés asesinadas
Además de estos asesinatos de vecinos, en Leganés también aparecieron varios cadáveres pertenecientes a vecinos de otras localidades cercanas como Getafe e incluso Carabanchel Alto. 

Muchos de ellos todavía hoy no han podido ser identificados. De hecho, los últimos muertos que aparecieron en Leganés antes de que llegaran las tropas de Franco datan del 28 de octubre de 1936 (8 días antes de la llegada de los nacionales). Fueron tres cadáveres sin identificar que aparecieron en la zona de la Taraza. Enrique Villalba Aleixandre, fotógrafo del juzgado durante la guerra que se dedicaba a fotografiar los cuerpos que aparecían en Leganés, recibió la orden aquel 28 de octubre del alcalde de “en esta ocasión” no hacer fotos a los tres cadáveres aparecidos. 


El manicomio de Leganés y el ferrocarril

En este contexto de combates encarnizados por dominar el sur de Madrid y los 'paseos' esporádicos , llegaron las avanzadillas del General Varela a Leganés. El Teniente Coronel Barrón y sus hombres fueron los primeros en entrar en la localidad estableciendo como punto de observación una torreta del Cuartel de Ferrocarriles que fue abandonado por los milicianos el 3 de noviembre. Una de las cosas que más llamó la atención a los soldados franquistas que llegaron a Leganés fue la presencia de un centenar de enfermos mentales que permanecían impasibles a la Guerra Civil en la 'Casa de Dementes Santa Isabel', un manicomio a la vieja usanza diseñado por la Junta de Beneficiencia del Estado en 1851. Sí que fueron conscientes de la guerra, por desgracia, las religiosas de la congregación 'Hijas de la Caridad' que se encargaban de cuidar de los enfermos. 

Muy cerca de Leganés, en Getafe, vemos al periodista de ABC
Sánchez del Arco (derecha) junto con otros reporteros
El 20 de julio del 1936 una treintena de monjas fueron detenidas por milicianos de la FAI y trasladadas a la DGS de Madrid. Tras ser puestas en libertad días más tarde, cinco de ellas terminarían siendo asesinadas a sangre fría en Aravaca. En el cementerio de esta localidad están enterradas las conocidas como 'Mártires de Leganés'.

A los pocos días de llegar a Leganés, se instaló un hospital de campaña de la Cruz Roja al que llegaban de manera incesante heridos procedentes de la Casa de Campo y Ciudad Universitaria. El hospital se ubicó en el antiguo convento de los Padres Agustinos. 

Además de todo esto, Leganés también se convertiría en un centro de prensa improvisado para los corresponsales españoles y extranjeros que cubrían la Guerra Civil enrolados en unidades militares franquistas. Desde la zona de Butarque enviaba a diario sus crónicas para ABC Sevilla Manuel Sánchez del Arco con el pseudónimo de 'Justo Sevillano' o 'Giraldillo'. También tenemos constancia de que envió sus crónicas al Diario de Lisboa de Portugal el conocido periodista portugués Artur Portela, famoso por sus fotos a Franco y a Moscardó tras la conquista del Alcázar de Toledo. Más adelante también llegaría a Leganés el cronista hispano-inglés Edgard Neville junto con su pareja Conchita Montes. Por último, otro periodista que se sabe que estuvo en Leganés descansando varios días fue el fotógrafo francés Albert-Louis Deschamps. 

La reunión del cuartel de Ferrocarriles
Cuartel de Ingenieros de Ferrocarriles donde se celebró
la reunión entre Franco y los otros generales

Pero centrémonos en lo que sucedió exactamente en Leganés a finales de noviembre de 1936. Como antes decíamos el General Varela y su Estado Mayor instalaron en esta ciudad un puesto de mando en el que se tomaban todas las decisiones de las operaciones militares sobre el Frente de Madrid. Inicialmente este puesto de mando se ubicó en lo que hoy conocemos como Plaza de España, en la casa de un conocido médico. Sin embargo, a medida que iban avanzando las semanas y buscando una mayor seguridad, el puesto de mando se trasladó hasta el el Cuartel del Regimiento de Ingenieros de Ferrocarriles. Este cuartel había sido durante los años veinte un lugar esencial desde el punto de vista logístico para los militares españoles que partían rumbo a las guerras de África como se puede ver en esta fotografía de ABC del año 1921.

Se trataba de un complejo de gran tamaño en el que se instalaron, además de un puesto de observación en el que se divisaba la Casa de Campo e incluso el Clínico,  una serie de baterías antiaéreas para prevenir incursiones de la aviación republicana. El día 23 de noviembre de 1936 Franco partía desde Salamanca rumbo a Leganés para mantener una reunión crucial para el devenir de la Guerra Civil. Tres días antes, mantuvo un acalorado encuentro en Ávila con el General Mola para hablar de los problemas que estaban encontrando los nacionales para entrar en Madrid, muy bien protegido por las defensas de Miaja. Antes de esta reunión ambos se enteraron del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera en Alicante. 

Pero volvamos al día 23 de noviembre. Como decíamos Franco se desplazó hasta Leganés en compañía de su ayudante, el Coronel de Estado Mayor Martín Moreno. La visita, que se realizó con todo el secretismo posible para evitar posibles ataques republicanos, fue la primera que hizo Franco a las inmediaciones de la capital. 

¿Quién acudió?

Fue una reunión del más alto nivel militar a la que asistieron, además de Franco, el General Mola (jefe del Ejército del Norte), el General Saliquet (Ejército del Centro) y el General Varela (responsable del asedio de Madrid). Fue una reunión prácticamente a cuatro bandas ya que los oficiales de los diferentes Estados Mayores no pudieron acceder a la misma por motivos de seguridad. 
Soldados españoles en el Cuartel de Ingenieros Ferroviarios
en el año 1921 antes de partir a África / ABC

Lo que trascendería años más tarde de aquella reunión de Leganés fue el cambio de estrategia por parte de Franco en todo lo relacionado con Madrid. Se ponía punto final a la guerra relámpago a la que los militares africanistas estaban acostumbrados para poner en marcha una guerra de trincheras, de estabilización y de desgaste. 

Esta fue la decisión fundamental que se adoptó en la reunión del Cuartel de Ingenieros Ferroviarios de Leganés, cuartel en el que estaban establecidos antes de la guerra los regimientos 1 y 2 de ferrocarriles. Ambos regimientos se mantuvieron en general leales a la República durante los primeros días de la sublevación, aunque algunos oficiales fueron detenidos por simpatizar con los alzados. Su máximo responsable, el Coronel Manuel Aspiazu Paul fue asesinado en las matanzas de Paracuellos del Jarama, precisamente en noviembre de 1936, fecha en la que se produjo la reunión en el que fue su antiguo cuartel. 


Fuentes Consultadas

- Archivo Histórico Nacional (Causa General)
- www.ciudadanosporelcambio.com 
- 'Historias Extraviadas de la Guerra Civil Española', Eduardo Andradas
- www.hijasdelacaridad.org
- Hemeroteca ABC 

domingo, 11 de diciembre de 2016

Así fue la purga comunista en el Batallón Alpino del Guadarrama

Miembros del Batallón Alpino del Guadarrama en 1938
El Batallón Alpino del Guadarrama, que operó durante toda la Guerra Civil en la Sierra de Madrid, siempre ha gozado de muy buena prensa por parte de los estudiosos de la contienda. De hecho, algunos historiadores han investigado toda la trayectoria de este batallón de montaña publicando libros con infinidad de información sobre sus miembros y recordando sus "ilustres hazañas". Sin embargo, estos historiadores no le han dado ninguna importancia a un capítulo de lo más oscuro dentro del Batallón: la purga que hicieron entre sus propios miembros los comisarios políticos, afiliados en su gran mayoría al Partido Comunista. 

Luis Rodríguez Manteola era un abogado riojano, afincado en Madrid desde hacía años, que vivía en el número 121 de la calle Lagasca al estallar la sublevación. Justo el día después de las elecciones de febrero de 1936 tuvo un encontronazo en el café Saratoga de Madrid (calle Espoz y Mina 8) con un humorista que se mofó de las mujeres que habían simpatizado con las derechas en aquellos comicios. Rodríguez Manteola, que por aquel entonces era un joven impulsivo (tenía 29 años) y una complexión bastante fuerte, a punto estuvo de golpear al humorista y tuvo que ser separado por el resto de clientes del local. Aquel incidente, a priori sin importancia, le terminaría costando la vida apenas un año más tarde.

A poco de iniciarse la Guerra Civil Rodríguez Manteola fue arrestado por miembros de la checa de Fomento acusado de ser derechista. Según su hermano Fernando (también abogado de profesión), consiguió obtener la libertad un día después de su arresto gracias a un conocido de la familia que formaba parte de la checa. Al parecer el conocido le recomendó, tras ponerle en libertad,  que se enrolará cuanto antes en el ejército republicano para evitar nuevos arrestos y le aconsejó que se marchara lo más lejos posible de Madrid para salvar su vida. Eso fue lo que hizo. En febrero de 1937 se alistó como voluntario en el Batallón Alpino que operaba en la Sierra de Guadarrama, incorporándose inmediatamente a la 4ª compañía el día 27 de febrero.

 Precisamente, el día de su incorporación en el puesto de mando de la compañía situado en el Puerto de Cotos (en el albergue del Club Alpino Español), tuvo lugar otro incidente que marcaría para siempre su historia. Un soldado de la compañía le reconoció nada más incorporarse y le denunció ante el comisario político de su unidad: al parecer ese soldado había sido testigo del altercado que Luis Rodríguez Manteola había tenido en febrero de 1936 en el café Saratoga. 

En el punto de mira

A partir de ese instante los diferentes comisarios políticos del Batallón Alpino siguieron de cerca a nuestro protagonista intentando buscar "desplantes, detalles de insubordinación y actividades ilícitas contra el gobierno de la República". Pese a los esfuerzos de los comisarios, nadie consiguió coger en un renuncio a Rodríguez Manteola que siempre se mostraba dispuesto a ayudar a sus compañeros y a llevar a cabo las tareas encomendadas. Como miembro del Batallón Alpino Rodríguez Manteola participó (muy a su pesar) en la ofensiva republicana hacia Segovia entre el 30 de mayo y el 4 de junio de 1937. Sabemos que participó en los duros combates que se produjeron en el Cerro de Cabeza Grande.   
Posición  del Cerro de Cabeza Grande donde combatió
el soldado Rodrígue Manteola en 1937

Pese a ello, desde un primer momento fue consciente de que estaba en el ojo del huracán ya que empezó a tener fama de "faccioso" al poco tiempo de llegar a su compañía. Por este motivo, a través de un compañero de permiso en Madrid, consiguió enviar un mensaje de auxilio a su hermano Fernando diciéndole que en caso de "ser asesinado por los rojos, vengara su muerte". Ante este mensaje agónico, Fernando hizo lo imposible para salvar su vida de su hermano llegando a contactar en el otoño de 1937 con el mismísimo Gregorio Peces Barba Brio (padre de Gregorio Peces Barba Martínez, uno de los padres de la Constitución) que era el Presidente del Tribunal Militar del Primer Cuerpo del Ejército. Le advirtió de que su hermano se sentía amenazado dentro del Batallón Alpino y le pidió que intercediera para que le cambiara de unidad. Peces Barba intercedió, pero fue demasiado tarde. Luego lo veremos con más detalle. 

Mientras Luis Rodríguez Manteola trataba de llevar una vida "normal" dentro de la 4ª Compañía, los comisarios políticos del Batallón (pertenecientes en su mayoría al Partido Comunista) se plantearon como llevar a cabo una purga entre los soldados sospechosos de ser "desafectos al régimen republicano" y simpatizantes del POUM, entre estos soldados estaba nuestro protagonista. El comisario político del Batallón se llamaba Alberto Palmer Xamena (hermano de Julio Palmer que en la época de Franco sería presidente de la Junta Nacional de Ópticos), que también ejercía como máximo responsable del Servicio de Información Periférico de la República (SIEP) en la Sierra de Guadarrama, y se convertiría en uno de los principales instigadores de esta purga. Alberto Palmer pertenecía a una familia que sentía devoción por los deportes de invierno, de hecho dos de sus hermanos eran grandes esquiadores y formaban parte de la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara durante la II República. En 1937 tenía 32 años, antes de la guerra trabajaba para la Casa Philipis Ibérica y residía en el número 45 del Paseo de las Delicias. 

¿Posibles responsables?

A mediados de noviembre de 1937, el comisario Alberto Palmer y el máximo responsable del Batallón, el Capitán Alejandro Gutiérrez Rivera mandó llamar hasta el Monasterio de El Paular de Rascafría (donde se encontraba el puesto de mando del Batallón) al capitán de la 4ª Compañía y al comisario político de la misma. Recordamos que en esta compañía se encontraba el soldado Rodríguez Manteola. El capitán de la compañía se llamaba Jesús Velázquez Bellido y el comisario Antonio Sánchez Muñoz. Según la versión de este último en la Causa General (1939), el capitán del Batallón (Alejandro Gutiérrez) "ordenó que fuese eliminado el soldado Rodríguez Manteola" sin especificar los motivos. Esta versión contrasta con la que ofreció también en la Causa General Jesús Velázquez quién afirmó que la orden  la dio el comisario político del Batallón Alberto Palmer y no el Capitán Gutiérrez. En cualquier caso, de esa reunión a cuatro bandas en el Monasterio de El Paular salió la orden de asesinar a nuestro protagonista.
Miembros del Batallón Alpino cerca de Cotos /Crónica
Tras regresar a Cotos, donde estaba por aquel entonces destacada la 4ª Compañía, Jesús Velázquez y Antonio Sánchez (jefe y comisario político de la misma) decidieron inicialmente ignorar la orden que habían recibido en Rascafría. Los dos eran conscientes de que se iba a poner en marcha una purga dentro del Batallón Alpino y querían alargar los tiempos lo máximo posible para evitar un derramamiento de sangre exagerado. Una semana después, recibieron una llamada del puesto de mando de Rascafría preguntando si la orden se había podido llevar a cabo a lo que respondieron negativamente. Tras ser amenazados con un consejo de guerra si no realizaban el cometido que se les había asignado, tomaron la decisión de preparar el asesinato con detalle del soldado Rodríguez Manteola.
Al día siguiente de la llamada, el capitán de la Compañía organizó una reunión en su despacho en la que también estaba presente el comisario Antonio Sánchez. Ambos hicieron llamar al sargento Julián Igualador Gómez, un tipo duro que mandaba con mano de hierro a la compañía ya que antes de la Guerra Civil había sido boxeador profesional compitiendo en los Pesos Ligeros. Igualador era también un gran esquiador y curiosamente el año anterior al inicio de la contienda terminó segundo en una carrera de esquí de fondo organizada por la Sociedad Deportiva Excursionista en Navacerrada. A esta reunión también fue convocado el soldado Enrique Juez de Diego (26 años) y el cabo Ángel Juberías Herranz.

La versión de los autores materiales

Terminada la guerra, el sargento Igualador y Enrique Juez declararían como transcurrió aquella reunión. Igualador dijo que el comisario de la Compañía Antonio Sánchez dio la orden de asesinar a Rodríguez Manteola con el visto bueno del capitán Velázquez. El planteamiento del asesinato era muy sencillo. Se le haría creer a la víctima que había sido llamado al puesto de mando de otra Compañía del Batallón en el Puerto de Navacerrada por lo que tendría que desplazarse caminando desde Cotos hasta el Hotel Victoria, situado muy cerca de la estación de ferrocarril, donde se encontraba esta compañía. A mitad del trayecto sus acompañantes le dispararían por la espalda acabando con su vida. Al resto de miembros del Batallón se les haría creer que Rodríguez Manteola había tratado de desertar y que por este motivo tuvieron que matarle.
Filiación del sargento Julián Igualador /AHN

El capitán Velázquez decidió que el sargento Igualador y el soldado Enrique Juez acompañaran a Rodríguez Manteola hasta el Puerto de Navacerrada y acabaran con su vida. De hecho, el oficial le entregó al sargento su pistola del nueve corto para que llevara a cabo su cometido en el trayecto desde Cotos hasta el Hotel Victoria. El cabo Juberías tendría que fingir ante los compañeros de Rodríguez Manteola que éste había tratado de desertar a los nacionales.

Y así se realizó. Pasadas las 14.00 horas, la expedición formada por Rodríguez Manteola, Julián Igualador  y Enrique Juez salió rumbo a Navacerrada de Cotos después de que el cabo Juberías le comunicaran a Rodríguez Manteola que había sido llamado por el puesto de mando de Navacerrada. Leamos a continuación como describe Igualador el momento del asesinato en octubre de 1939:

“El asesinato se cometió al llegar a la Carretera de Navacerrada a Cotos. La víctima iba confiada porque pensaba que iba a incorporarse a Navacerrada, haciendo todo el camino sin sospechar lo más mínimo. Y como todo estaba cubierto de nieve, yo (Igualador) iba el primero abriendo paso. Al cansarme, Rodríguez Manteola ocupó mi lugar después de ofrecerse a abrir paso. Enrique de Juez ocupó el segundo lugar de la expedición y yo el tercero. Al llegar al punto indicado saqué la pistola, mejor dicho la del Capitán e hice un disparo sobre la víctima sobre la espalda, creyendo que le alcanzó el corazón y cayendo al suelo mortalmente herido. Después continuamos haciendo disparos dos o tres en la cabeza. Enrique de Juez también hizo un disparo a la víctima cuando estaba en el suelo. Una vez producido el asesinato y cumpliendo la orden que se nos había asignado por parte del comisario, tiramos el cadáver por un terraplén, el único que existe en la carretera y tiene bastante profundidad. Calculo que el cadáver fue rodando unos 200 metros por encima de la nieve parándose tras golpear en unos pinos”.

De esta manera tan rotunda, Julián Igualador confesó tras la Guerra Civil ser el autor material del asesinato de Luis Rodríguez Manteola. Estas declaraciones fueron realizadas por el propio Igualador ante los servicios de seguridad franquistas el 20 de octubre de 1939, desconocemos si hubo tortura o no por parte de la Policía franquista para forzar la confesión. Lo que sí sabemos es que terminada la guerra Igualador permaneció en libertad hasta finales de agosto de 1939, fecha en la que un juez dictó una orden de busca y captura contra él y contra Alberto Palmer. Ambos fueron arrestados aquel verano y sometidos a un Consejo de Guerra. 

Enrique Juez y su versión

Conozcamos ahora la versión de Enrique Juez, el otro soldado que intervino en la ejecución de Rodríguez Manteola. Este individuo tenía 26 años, era soltero y residía en el número 43 de la calle Mesón de Paredes. Su profesión antes de la guerra nada tenía que ver con la de militar sino que se dedicaba a trabajar el cuero fabricando bolsos y cinturones. Se afilió a la UGT en octubre de 1936 y al igual que Rodriguez Manteola se incorporó al Batallón Alpino en enero de 1937. Leamos ahora su declaración ante la Causa General en octubre de 1939:

"El comisario de la Compañía dio la orden de llevar al soldado Rodríguez Manteola por la carretera de Cotos al Puerto de Navacerrada en Dirección a la Comandancia pero se nos dijo que el soldado no llegase nunca a su destino". 

En su declaración Enrique Juez también reconoció que Julián Igualador fue la persona que hizo los disparos contra Rodríguez Manteola aunque afirmó que él también participó en los disparos y que tras asesinarle, tiraron su cadáver por un terraplén. Esto sucedió a última hora de la tarde cuando ya se encontraba anocheciendo. 

Tras llevar a cabo el asesinato, Igualador y Juez llegaron ya sin el soldado Rodríguez Manteola hasta el Puerto de Navacerrada donde fueron recibidos por el Teniente Francisco Molina que estaba al corriente de la 'misión' que tenían que llevar a cabo. Tras preguntarles por su cometido, Igualador aseguró haberlo cumplido, por lo que pidió telefonear hasta Cotos para comunicar al Capitán Velázquez y al comisario político que habían cumplido la orden sin "mayores sobresaltos".
Hotel Victoria en Navacerrada

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, el sargento Igualador y el soldado Juez regresaron hasta el lugar en el que habían asesinado a Rodríguez Manteola con la intención de enterrar su cuerpo. Acudieron a la zona acompañados por otros dos soldados que participaron en el enterramiento. Arrebataron a Rodríguez Manteola todos sus objetos personales y la documentación particular (cartilla identificativa y de racionamiento) para que nadie pudiera descubrir más adelante qué soldado se encontraba bajo tierra con más de cinco impactos de bala. Sabemos que Enrique Juez se desharía de la pistola con la que disparó a Rodríguez Manteola en el tramo final de la Guerra Civil tras vendérsela a otro soldado del Batallón ya que él tenía previsto incorporarse al Cuerpo de Intendencia. 

Peces Barba padre, trató de investigar

Oficialmente, dentro del Batallón Alpino se comunicó que Rodríguez Manteola había muerto tras intentar desertar a los nacionales que se encontraban en la zona de los pinares de Valsaín. Aunque se trató de llevar con discreción el asunto, los componentes de la 4ª Compañía sabían que se había producido el asesinato de manera predeterminada. 

Dos semanas después del asesinato, Peces Barba (Presidente del Tribunal Militar) se presentó en el Puerto de Cotos con su coche oficial después de que el hermano de Rodríguez Manteola le comunicara que Luis temía por su vida. Tras llegar al puesto de mando de la 4ª Compañía fue informado de que el soldado había fallecido por un "intercambio" de disparos cuando trataba de pasarse al enemigo. Peces Barba había llegado demasiado tarde. 
Escrito desde el Batallón Alpino en 1938 sobre el soldado
Rodríguez Manteola

Con cierto sentimiento de culpabilidad, tomó la decisión de abrir una investigación oficial para esclarecer la muerte de Rodríguez Manteola y averiguar los nombres de los implicados. Desde el Batallón Alpino se trató de tapar de todas las maneras posibles el crimen y el primero en ocultarlo fue el por aquel entonces Mayor del Batallón, Alejandro Gutiérrez quién envió un escrito a Peces Barba. En ese escrito relataba que el 30 de diciembre de 1937, Rodríguez Manteola fue muerto "al intentar pasarse al enemigo y ser sorprendido por la tropa de su Compañía que hicieron fuego contra él, causándole la muerte, según el parte del Capitán de dicha compañía". Obviamente el escrito del máximo responsable del Batallón Alpino era una gran mentira ya que la víctima llevaba muerta más de un mes y en ningún momento se había intentado pasar a los nacionales. 

Pese al escrito del Jefe del Batallón, Peces Barba mandó declarar ante el Tribunal Militar a todos los implicados en la muerte. Entre ellos declaró Jesús Velázquez, el capitán de la 4ª Compañía en la que estaba Rodríguez Manteola. En esta declaración Velázquez mantenía la misma versión que su Jefe diciendo que el soldado había intentado pasarse al enemigo muy cerca de la Peña Citores. Calificaba a Rodríguez Manteola como un sujeto "indisciplinado que protestaba con suma frecuencia por asuntos pequeños" y que le tenían como una persona "sospechosa", teniéndole sometido a "vigilancias". 

El cabo Ángel Juberías también declaró ante Peces Barba. En esta ocasión  relató la que supuestamente era la versión oficial de la muerte de Rodríguez Manteola, una versión totalmente inventada. Aseguró que él se encontraba de guardia en Cotos durante la noche previa al crimen, cuando se percató de la ausencia del soldado. Acto seguido llamó al sargento Julián Igualador (que estaba durmiendo) para informarle de la desaparición de un hombre de su Compañía. El suboficial supuestamente realizó una batida para dar con Rodríguez Manteola dando con él en las inmediaciones de los pinares de Valsaín, muy cerca de las posiciones nacionales. Según Juberías realizó varios disparos acabando con su vida antes de que consiguiera desertar. 

Tras estas y otras declaraciones, a Paces Barba no le quedó más remedio que dar por cerrado el caso de Rodríguez Manteola en el verano de 1938, ocho meses después de su asesinato. Hemos tenido acceso a la sentencia de Peces Barba que dice lo siguiente: "Ha quedado plenamente demostrado que las fuerzas que causaron la muerte del soldado Rodríguez Manteola lo hicieron en cumplimiento de su deber, cumpliendo previamente con las formalidades militares y reglamentarias y evitando que llegase a realizar el delito que pretendía realizar".

Terminada la Guerra Civil, Peces Barba también declararía pero en este caso ante las tropas de Franco por el asunto Rodríguez Manteola. Dijo que no recordaba "en concreto" este caso porque durante toda la contienda ayudó a un gran número de soldados que se encontraba perseguidos y no podía recordar el nombre de los mismos. En relación a la investigación que puso en marcha en 1938 para esclarecer el asesinato, dijo que al igual que otros casos, no había pruebas concluyentes para hablar de un crimen de estas características.

Terminada la guerra

Varios de los implicados en el asesinato de Rodríguez Manteola fueron detenidos una ve terminada la Guerra Civil. El autor material de su muerte, el sargento Julián Igualador fue fusilado el 17 de julio de 1940 en las tapias del Cementerio Este de Madrid. También fue fusilado ese mismo día el otro militar republicano que participó en el crimen: Enrique Juez de Diego.

Jesús Velázquez Bellido, capitán de la 4º Compañía del Batallón Alpino, y uno de los instigadores del asesinato, también murió fusilado en el Cementerio Este el 1 de julio de 1940. No tenemos tan claro lo que sucedió con el máximo responsable del Batallón Alpino, Alejandro Gutiérrez Rivera una vez terminada la contienda. Solo sabemos que en octubre de 1939 estaba preso.
Con un círculo, Alberto Palmer en la cárcel de Yeserías
tras la guerra. 'El Batallón Alpino del Guadarrama'

Lo mismo sucedió con Alberto Palmer Xamena, comisario político del Batallón que también estuvo en la cárcel de Yeserías con otros miembros de la unidad como se puede ver en una fotografía que hemos obtenido del libro: 'El Batallón Alpino del Guadarrama' de Jacinto M.Arévalo. Con todo, creemos que Palmer sobrevivió a la posguerra e incluso hemos observado que en el año 1949 patentó un invento llamado "Juguete de Gravedad". También sabemos que en agosto de 1969, un individuo llamado Alberto Palmer (podría ser el comisario del Batallón Alpino) participó en la travesía a nado de la Laguna de Peñalara con 64 años de edad y perteneciente al club  'Deportiva Excursionista'. Estuvo casado con una mujer llamada Elena Trompeta.

Otras víctimas del Batallón Alpino

El soldado Rodríguez Manteola no fue la única víctima del Batallón Alpino. Otra persona que perdió la vida durante la contienda en la Sierra de Guadarrama fue Gonzalo Blanco Caro, un joven escritor de 23 años, colaborador de la revista Blanco y Negro e hijo de Belmonte Caro, redactor jefe de ABC. Blanco Caro, antes de la guerra, era miembro de la Sociedad Española de Alpinismo de Peñalara. 
Según declararía ante la Causa General Antonio Bernal, su cuñado, fue asesinado por orden de Alberto Palmer a finales de 1938 acusado de espionaje. Palmer, que además de ser comisario político del Batallón era miembro del SIEP, le acusó de ser miembro del servicio de información de Falange. 

Al parecer dos guerrilleros mandados por Palmer se presentaron ante la compañía de Blanco Caro para decirle que le habían destinado a Valencia a una fábrica de Armamento, ya que él había cursado los estudios de técnico industrial. Fue trasladado en coche en dirección Villalba y en el cruce de las carreteras de Collado Mellado con la carretera de la Granja fue ejecutado a sangre fría. Su cadáver fue trasladado a Torrelodones. Sobre su asesinato también ha escrito Pedro Corral en su libro 'Desertores, la guerra civil que nadie quiere contar'.

Tres asesinados tras una deserción

La mayoría de ejecuciones del Batallón Alpino del Guadarrama tuvieron lugar entre otoño de 1937 y otoño de 1938. Al igual que a Rodríguez Manteola (2º Compañía), en la 1º Compañía también se produjeron asesinatos como los de Emiliano Aguado Salvador, José María Muñagorri Alcorta y Ángel Alonso de los Santos. Según se dice en la Causa General, el capitán de la 1º Compañía, Ángel Tresaco Ayerra ordenó ejecutar a sangre fría a estos tres soldados acusados de ser derechistas el día después de que se evadiera a zona nacional el soldado Chavarri Aburto. Según un miembro de esta compañía (José Luis Mena Montesinos), los autores materiales del crimen fueron Juan Pereira Menéndez y Carlos Herrera Almodóvar, ambos ejecutados tras la guerra. También estuvo implicado en los asesinatos un tal Francisco Hurtado.

Tenemos a nuestra disposición la declaración ante la Policía franquista de Carlos Herrera Almodóvar el 16 de enero de 1942. Afiliado a la UGT antes de que empezara la guerra, Herrera trabajaba como camarero en un bar de la Corredera Baja (nº 30) de Madrid. Su trayectoria por el Batallón Alpino fue distinguida, especialmente en la 1ª Compañía donde recibió la orden, a finales de noviembre de 1937 junto con Juan Pereira, de tomar las medidas oportunas para frenar las deserciones. En esta declaración relata que el capitán Ángel Tresaco dio la orden de asesinar a los tres soldados en cuestión. Herrera reconoció haber ayudado a engañarles (diciéndoles que tenían que marchar a otra posición de la sierra), pero que los disparos los habían realizado por la espalda Pereira y Hurtado.
El Capitán Ángel Tresaco / Desnivel

Emiliano Aguado Salvador era empleado del Banco Internacional de Industria y Comercio. Muñagorri Alcorta se incorporó al Batallón Alpino después de haber trabajado para la delegación de Euzkadi en Madrid. Previamente había sido detenido tras el asalto a la Embajada de Finlandia. Su cadáver fue exhumado de una fosa de la zona de Siete Picos con un tiro en la nuca. Ángel Alonso de los Santos había sido empleado de la Editorial Espasa Calpe. En el año 1941 el Juzgado Militar número 4 de Madrid convocó a los familiares de estos tres jóvenes para recabar más información sobre su muerte
.
Sobre el Capitán Ángel Tresaco (supuesto instigador de los asesinatos), diremos que antes de que empezara la Guerra Civil era uno de los pioneros de la escalada española. De hecho, antes de comenzar el conflicto  escribía en la Revista Ilustrada de Alpinismo Peñalara que editaba la sociedad del mismo nombre. Llama la atención que en el año 1931, seis antes de que empezara la guerra, escaló junto con Teógenes Díaz  la cara sur del Naranjo de Bulnes. Curiosamente, Teógenes Díaz también formó parte del Batallón Alpino como comisario político antes de la llegada de Alberto Palmer. 

El Capitán Tresaco fue encarcelado tras la guerra y tras ser puesto en libertad se marchó a vivir a Bilbao y más adelante a Burgos. En el año 1977 participó en la inauguración de la fuente de los Peñalaros en Camarmeña. Murió en el año 2004. 

Teógenes Díaz, su compañero del alma y comisario político del Batallón, también sobrevivió a la posguerra en la cárcel, aunque participó como preso en la construcción del Valle de los Caídos. Este comunista reconocido, fue acusado de preparar el asesinato del cadete de infantería Rafael Larraz de Redondo en abril de 1937. Al parecer el joven cadete trató de pasarse a zona nacional desde la 'Casa Fortificada', una posición de vanguardia republicana que se encontraba en las Siete Revueltas. Por este motivo, fue detenido e inmediatamente fusilado en la Fuente de los Geólogos, en la carretera que va al Puerto de Navacerrada.

El alcalde de Cercedilla pidió colaboración

Leyendo la hemeroteca de ABC, llama la atención que en septiembre de 1939, el alcalde Cercedilla publicó un anuncio en el que se pedía la colaboración ciudadana. En ese anuncio, Francisco Segovia afirmaba que durante el 10 y 11 de diciembre de 1938 fueron asesinados nueve soldados del Batallón Alpino de la tercera compañía (1º y 2º sección) llegados al Puerto de Reventón. Al parecer "carecían de carnet rojo" y eran sospechosos de ser de derechas. En el anuncio se indica que se conocía el lugar donde estaban enterrados (los 9 juntos), aunque no se sabía el nombre de las víctimas.

Fuentes consultadas

- FC-CAUSA_GENERAL,1561,Exp.17
- FC-CAUSA_GENERAL,1561,Exp.18
- El Batallón Alpino del Guadarrama, Jacinto M Arévalo
- Desertores, la Guerra Civil que nadie quiere contar, Pedro Corral
- Hemeroteca Nacional
- Hemeroteca ABC
- Biblioteca Virtual de la Defensa