viernes, 23 de noviembre de 2012

La apasionante historia de Miss Jacobsen y las ambulancias escocesas durante la Guerra Civil



Fernanda Jacobsen con unos niños
Fernanda Jacobsen era una mujer fuera de la común. Aunque era escocesa, conocía perfectamente España y a los españoles. Desde niña visitaba anualmente nuestro país puesto que su tía había contraído matrimonio con un madrileño en 1905. Además, ya de adulta, mantenía una estrecha amistad con Tomás Bordallo Cañizal, cónsul de España en Glasgow por lo que su nivel de español era muy alto.
 El 18 de julio del 36, Fernanda trabajaba en la Universidad de Glasgow en el despacho del hispanista Daniel Macaulay. Días después de estallar la sublevación, su jefe le propuso organizar una expedición de ayuda humanitaria  para España y desde agosto, tanto Jacobsen como Macaulay trabajaron incesantemente para poner en marcha la expedición, que finalmente salió de Escocia a mediados de septiembre de 1936 y llegó a Madrid el día 17. Fue una expedición financiada exclusivamente por el pueblo escocés y su primer destino sería el puerto de Barcelona (llegarían en barco). En total, el grupo estaba formado por seis ambulancias, 12 pequeños camiones, un coche y un autobús. Pese al riesgo que suponía viajar a España en pleno conflicto bélico, Fernanda decidió capitanear por su cuenta y riesgo la expedición. De hecho, llegó a recibir el título honorífico de ‘Comandante de las Ambulancias Escocesas’. Junto a ella, estaban otros escoceses como John MacKinnon, Izod A. Joseph Carling, Thomas Peuman y Thomas Walters. También formaba parte de la expedición un español llamado Joaquín Morales.

La llegada de las ambulancias escocesas a Madrid coincidió prácticamente con el asedio a la capital por parte de las tropas de Franco. Las seis ambulancias se distribuyeron por los diferentes frentes de batalla de la capital y alrededores. Uno de los vehículos estaba emplazado casi las 24 horas en la Casa de Campo. Otro había sido trasladado hasta Olías del Rey (Toledo) y otros dos se encontraban ubicados en Parla y Getafe. El cuartel general de las ambulancias escocesas se ubicó, días después de llegar, en la zona de Aranjuez. Se cree que en los tres primeros meses de guerra atendieron a más de 2.500 heridos. Fernanda Jacobsen concedió una entrevista al diario Crónica en  noviembre de 1936 en la que explicó detalladamente cuál era su cometido:

Nuestra labor no tiene paréntesis. Actuamos sin descanso repartiendo víveres entre la población civil necesitada y colaboramos en el traslado de heridos del frente de batalla a hospitales. También ayudamos a las víctimas de los bombardeos. Los víveres que tenemos nosotros vienen directamente desde Escocia. Llegan por barco a Valencia, nos desplazamos allí a recogerlos y posteriormente los traemos de nuevo a Madrid. Ni que decir tiene que van destinados fundamentalmente a mujeres, ancianos y niños. Quiero dejar claro que nuestro viaje es puramente romántico. Ni el Gobierno de Escocia ni el de España nos entregan nada de dinero. Venimos aquí porque creemos en los valores democráticos.



Jacobsen con varios miembros de la expedición de ambulancia
 Una de las ambulancias quedó inutilizada por un proyectil franquista en Ciudad Universitaria aunque, en esa ocasión, no hubo que lamentar víctimas, ya que el chófer no se encontraba dentro. Otra de ellas, se desvió de su ruta y por error entró en zona enemiga. El conductor y el médico fueron detenidos por una avanzadilla de requetés que tras interrogarlos y al comprobar que llevaban el emblema de la Cruz Roja, decidieron ponerlos en libertad aunque sin ambulancia. En otra entrevista, Fernanda explicó las escenas de horror que vio durante la guerra:

He visto todos estos camiones cargados de heridos de los frentes. Los traíamos a la capital pero los hospitales también estaban repletos de soldados malheridos. No hemos podido salvarles a todos pero sí a un buen número.


En diciembre de 1936, Fernanda y la gran mayoría de componentes de la Unidad de Ambulancias escocesas regresaron a Escocia por Navidad. A su regreso, Mis Jacobsen fue recibida con honores por la Universidad de Glasgow, sin embargo, la sobra de la duda apareció contra los componentes de la expedición. Desde Madrid, alguien acusó a cuatro camilleros de la delegación extranjera de robar objetos de valor a los cadáveres de los milicianos que yacían muertos en el campo de batalla. Todavía hoy, seguimos sin saber si esas acusaciones eran verdaderas o no.


Evacuación de refugiados a Valencia organizada por Jacobsen
En enero de 1937 las ambulancias escocesas regresaron a España pero completamente renovadas. Un cincuenta por ciento de los miembros que emprendían de nuevo la aventura española eran novatos. Entre los recién incorporados estaba el médico Len Crome, que años más tarde se convertiría en Teniente Coronel Médico del Ejército Británico y persona muy vinculada a la Unión Soviética. La nueva expedición se olvidó de su anterior cuartel general en Aranjuez y se instaló en uno de los anexos de la embajada británica en Madrid. A partir de esta época, las ambulancias escocesas volvieron a estar en boca de todos. Algunos miembros de las Brigadas Internacionales empezaron a acusar a las ambulancias escocesas de entregar víveres a los franquistas que se encontraban refugiados tanto en la embajada inglesa como en otras legaciones diplomáticas. Paul Preston, en uno de sus libros, acusó a la señorita Jacobsen de lo siguiente:

Ella distribuía la comida destinada a la República por parte de los obreros escoceses a los madrileños derechistas refugiados en la embajada inglesa


Varios ciudadanos ingleses y españoles en la embajada inglesa


El doctor Len Crome mantuvo, por este asunto, acaloradas discusiones con Fernanda Jacobsen. Paralelamente entró en la historia Cristopher Lance, el máximo responsable, por aquel entonces, de la embajada inglesa en Madrid, situada en la calle Fernando El Santo que desde muy pronto empezó a asumir funciones de embajador. Len Crome, que meses más tarde se desvincularía de las ambulancias escocesas, veía al diplomático como un “fascista traidor” por acoger en la embajada a cientos de “derechistas perseguidos por la justicia republicana”. ¿Eran verdad estas acusaciones? Posiblemente. Años después de terminar la guerra, el diplomático inglés fue homenajeado por Franco. El libro ‘Voices for the spanish civil war’ le acusó, después de la contienda, de organizar expediciones clandestinas de refugiados franquistas a Valencia para desde allí ser trasladados a Francia. Estas acusaciones llegan a decir que “los presos franquistas salían de la embajada en las ambulancias escocesas, repletos de vendas, como si se tratara de heridos republicanos”.

Por medio de Lance, Fernanda conoció al médico militar Mariano Gómez Ulla. Pese a no compartir la ideología republicana, al prestigioso doctor, la guerra le había sorprendido en Madrid. Durante casi dos años, Gómez Ulla sirvió como médico para la República dirigiendo el Hospital de Sangre del Hotel Palace hasta que fue detenido en 1938 cuando intentaba pasarse a la España franquista. El doctor fue trasladado a Barcelona y condenado a muerte (1938). Miss Jacobsen hizo todo lo posible para que la pena no fuera ejecutada. Aprovechando su relación con Tomás Bordallo Cañizal (el ex cónsul español en Glasgow y que ahora estaba en Marsella), le pidió al diplomático que mediara para conseguir la liberación de su amigo. Tomás tampoco tuvo suerte. 
Mr Lance, encargado de la embajada inglesa


De la noche a la mañana, Fernanda consiguió una entrevista con el presidente, Indalecio Prieto
En un intento desesperado por salvar la vida del médico militar, Jacobson se desplazó hasta Londres para hablar de este asunto con el Primer Ministro del Gobierno Británico, Lord Atlee. Ante él y ante varios medios de comunicación ingleses, Jacobson afirmó de forma contundente que el doctor Gómez Ulla era inocente y que se trataba de uno de los mejores médicos de España que solo luchaba por salvar la vida de sus pacientes. Lord Atlee habló personalmente con Negrín, vía telefónica, y el presidente del Gobierno español decidió en última instancia conmutar su pena de muerte. Después de realizar múltiples gestiones, Fernanda le había salvado la vida a Gómez Ulla. Entre tanto, desde la zona franquista negociaban en secreto con los republicanos y la Cruz Roja un canje. Finalmente, Gómez Ulla fue canjeado por un médico republicano que estaba en poder de los nacionales. 

Sus gestiones para la puesta en libertad de Mariano Gómez Ulla no fueron las únicas. En febrero de 1938, Fernanda organizó personalmente la evacuación de Madrid de unas treinta familias españolas protestantes. En concreto hablamos de quince mujeres y diecisiete niños del Spanish Evangelical Refugee Home quiénes fueron trasladados en varios camiones de la organización de la capital a Barcelona. Una vez en Barcelona, Jacobsen acompañó a los refugiados a la frontera francesa donde fueron entregados al cónsul inglés en Paris. En territorio francés, las familias españolas fueron trasladadas hasta Londres.

Expedición protestante saliendo de Madrid rumbo a Francia
 Durante la guerra civil, Fernanda Jacobsen fue condecorada por el Gobierno Británico en la coronación de Jorge VI. Terminada la contienda, Fernanda Jacobsen regresó a Escocia en abril de 1939. Sin embargo, no se marchó antes de que llegaron los nacionales a Madrid sino que les esperó en la capital. Por parte de la prensa comunista internacional, la Comandante de Ambulancias fue muy criticada por esto. Le llegaron a calificar como “una mujer ambigua”. Aún con los nacionales en la capital, Jacobsen y sus pocas ambulancias que quedaban en pie, siguieron repartiendo víveres y ayuda humanitaria entre la desnutrida población de Madrid. Fue entonces cuando conoció a Priscilla Scott-Ellis, una aristócrata inglesa, que había trabajado como enfermera del lado franquista en Salamanca y Jerez. Priscilla describió a Fernanda de la siguiente manera:

Una mujer increíble, pequeña y cuadrada con un culo enorme. Siempre viste falda escocesa y medias gruesas de lana, zapatos de cuero duro y chaqueta caqui militar. Lleva un capotillo con cardos y un sombrero negro escocés.

Fernanda Jacobsen entrega víveres en Madrid.



jueves, 8 de noviembre de 2012

El primer kamikaze de la historia fue un piloto español



Katuiska republicano sobrevolando a una unidad.

Aunque había nacido en Vitoria, al sargento Felix Urtubi la guerra le sorprendió en África. En julio de 1936 estaba destinado en una base aérea cercana a Tetuán, escenario en el que Franco comenzó la sublevación. Pese a su juventud, tenía 30 años, había participado en algunas acciones bélicas en los años veinte en Marruecos. 

Tras producirse la sublevación, al piloto Urtubi le ordenaron trasladar a Burgos en su avión a un teniente de tercio del estado mayor. Los sublevados, eran muy celosos con la seguridad de sus vuelos y antes de subir a bordo, Urtubi fue registrado por un legionario para comprobar que no llevaba ningún tipo de arma que pudiera utilizar contra su superior, el teniente. En esta ocasión, Urtubi consiguió introducir en el aeroplano una pequeña pistolita escondida entre sus partes. 

El avión despegó con normalidad y después de veinte minutos de vuelo, nuestro protagonista propuso a su acompañante (el teniente de tercio) no hacer caso a las órdenes de sus superiores y en lugar de trasladarse a Burgos, viajar directamente a Madrid para ponerse al servicio de la República. El teniente se opuso completamente y amenazó a Urtubi con hacerle un consejo de guerra en cuanto aterrizaran. Se produjo una acalorada discusión y sobrevolando el estrecho de Gibraltar, el sargento disparó a quemarropa al teniente matándole en el acto. 

Pasadas las diez de la noche del 20 de julio, el Breguet 19 que pilotaba Urtubi aterrizó en el aeródromo de Cuatro Vientos (Madrid).  Al bajarse del avión, el militar vitoriano comprobó que la base aérea estaba en poder de la República y acto seguido se puso a las órdenes directas de los máximos responsables.
El sargento Urtubi con unos amigos
La llegada de Urtubi a Cuatro Vientos fue reflejada como una hazaña heroica por la prensa de la época. En poco tiempo, se consolidó como uno de los pilotos más brillantes de la fuerza aérea republicana. En la zona franquista, Urtubi empezó a ser conocido como el Diablo Rojo. Por méritos de guerra fue ascendido a teniente hasta que el 18 de agosto del 36, un mes después de empezar la contienda, fue derribado por un avión alemán en el frente de Extremadura. El ya teniente del ejército republicano consiguió saltar en paracaídas cayendo en una zona boscosa en manos de los sublevados. 

Durante cuarenta y ocho horas, Urtubi se escondió entre los montes extremeños huyendo de las partidas nacionalistas que buscaban evadidos republicanos. Hidalgo de Cisneros, jefe de la aviación republicana, relató en sus memorias la hazaña de Urtubi en Extremadura: 

Felix se pasaba escondido el día y caminaba por la noche. En las afueras de un pueblo, pudo apoderarse de unos pantalones y de algunas prendas que estaban puestas a secar por unos campesinos. Vestido con ellas y llevando del rozal a un burro con carga de paja, que también se agenció, atravesó el campo rebelde y llegó a nuestras líneas. Faltó poco para que nuestros propios milicianos le fusilaran por espía. Contactaron personalmente conmigo para comprobar si ese campesino que había entrado en nuestra zona era realmente un piloto de los nuestros o un faccioso.

Avión abatido e incendiado por los nacionales
Desconocemos como regresó a Madrid, pero sí que sabemos que el 24 de agosto Urtubi estaba en  la capital reincorporándose al servicio activo. Hidalgo de Cisneros volvió a recordar en sus memorias, que una semana después de incorporarse de nuevo a la aviación republicana en Cuatro Vientos, nuestro protagonista volvió a ser abatido aunque en esta ocasión consiguió saltar en paracaídas y caer en zona gubernamental.

El 13 de septiembre de 1936 cuando estaba efectuando un vuelo de reconocimiento por el frente de Talavera con otro bombardero Nieuport  fue atacado por una escuadrilla de tres Fiat italianos liderados por el capitán García Morato. Junto a él, las otras dos naves eran pilotadas por los italianos Giri y Boccocolari. Hidalgo de Cisneros recordaba:

Los Fiat se lanzaron como pájaros de presa sobre aquel Nieuport solitario decididos a no dejarle escapar.
 Durante el combate sabemos que Urtubi derribó a uno de los aviones italianos hasta quedarse sin munición. Consciente de que su avión era mucho más lento que el de sus adversarios, el piloto republicano decidió chocar contra uno de sus perseguidores.La prensa republicana de la época recoge el combate de la siguiente manera (La Voz, septiembre 1936)

Fue el domingo, en el frente de Talavera, cuando Urtubi luchó contra un avión enemigo. Curvas acentuadas, descensos arriesgadísimos y elevaciones verticales con el tableteo de las ametralladoras. Abajo, en la tierra, un grupo de milicianos contemplaban emocionados la lucha. Su caza se elevó contra el aparato enemigo, después provocó el choque contra él. Los dos aviones cayeron al suelo envueltos en llamas.
Así recogió La Voz la muerte de Urtubi


 El problema que tenían los aviones que pilotaban los aviadores republicanos como Urtubi era su facilidad para incendiarse. Los SB-2, tras ser alcanzados en el aire eran propensos a saltar por los aires ya que sus depósitos de combustible no iban blindados, así que terminaban convertidos en una bola de fuego.

Urtubi murió carbonizado dentro de su aparato. No había podido saltar ni siquiera en el paracaídas. Murió matando, como él siempre había dicho. Desde que empezó la guerra el piloto vitoriano dijo en más de una ocasión públicamente: “El día que no pueda hacer otra cosa, perderé la vida pero no se me escapará el avión enemigo”. El piloto italiano contra el que se estrelló el teniente Urtubi consiguió salir con vida del combate. A duras penas saltó en paracaídas y al llegar a tierra, al pensar que estaba en zona franquista, dijo “Soy italiano. Viva Franco”. Grave error. Los soldados que le apuntaban no eran nacionalistas sino todo lo contrario. Fue encerrado en la cárcel de San Antón y juzgado por rebelión. 

De esta manera, Felix Urtubi se convirtió en el primer kamikaze de la historia. Años después, los japoneses practicarían este modo de concebir la guerra contra los acorazados norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial. 

Su cuerpo fue sepultado con honores militares en el cementerio de un pequeño pueblo cercano a Talavera de la Reina. Se había convertido en el primer héroe de la aviación republicana y ahora desde http://guerraenmadrid.blogsport.com sacamos su nombre del anonimato.
Hemos podido rescatar la hazaña de Felix Urtubi gracias a las declaraciones ante la justicia republicana del piloto italiano capturado tras el combate aéreo. 

La muerte heroica de Felix Urtubi no fue ni mucho menos la única de la guerra civil. Muchísimos pilotos brillantes de los dos bandos murieron como consecuencia de una guerra despiadada y cruel.

Anaias San Juan era amigo íntimo de Felix Urtubi antes de la guerra. El alzamiento le sorprendió en zona nacionalista y se pasó al bando republicano en noviembre de 1936 protagonizando una gesta similar a la de su amigo. Hasta esa fecha, San Juan había servido como brigada aviador en el bando franquista en una escuadrilla de Junkers alemanes. Al igual que Urtubi, este militar aprovechó un descuido de sus superiores y aterrizó en el aeropuerto de Alcalá de Henares procedente de Burgos. 


En el centro Anaias San Juan, amigo íntimo de Urtubi
Durante el resto de tiempo que duró la guerra ejerció como segundo jefe de grupo 24, al frente de los katiuskas soviéticos. Ya defendiendo los ideales republicanos tuvo un enfrentamiento directo con el as de la aviación franquista, Joaquín García Morato en Jaen. Fue un 2 de enero de 1937 cuando García Morato ametrallo su katiuska matando a su observado, Celso González y al suboficial encargado de la ametralladora, Julián Fuentes. Tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en un olivar de Andújar sin tren de aterrizaje y con más de 100 impactos de bala en todo el aeroplano. A pesar de todo, logró salir ileso. 

Al terminar la guerra se exilió en Casablanca hasta que en 1940 logró marcharse a México en un barco con bandera francesa.  En el país americano continuó ejerciendo como piloto civil en las líneas aéreas mexicanas hasta que un problema de vista le apartó de su pasión; volar. Su hijo también se dedicó a la aviación civil y Anaias llegó a compartir con él algún vuelo conjunto.Los compañeros de escuadrilla durante la guerra le apodaban el ‘el penitas’. Murió en la capital mexicana en 1985.