viernes, 25 de octubre de 2013

Los jefes de prensa de la Guerra Civil Española

El periodista Hemingway junto a dos oficiales / Cappa
La importancia de la prensa durante la Guerra Civil Española fue mayúscula en los dos bandos. Muchos de los mejores corresponsales internacionales de guerra se forjaron en el conflicto español, algunos de ellos escapando milagrosamente de las bombas y las balas. Al igual que sucede en nuestros días, todos esos periodistas intrépidos que trabajaron en España entre 1936 y 1939 tuvieron que lidiar con la figura de los jefes de prensa. Se trataba, por lo general, de personas adictas tanto al bando republicano como al nacional que compaginaban su labor de coordinar a los medios con la de censurar las informaciones que para ellos podían desentrañar algún riesgo. Algunos de ellos vivieron la Guerra Civil en Madrid, otros la siguieron a pocos kilómetros de distancia.


El extravagante jefe de prensa de Franco


El terrateniente salmantino Gonzalo de Aguilera y Munro tenía 40 años cuando empezó la Guerra Civil Española. Al estallar la sublevación este antiguo militar no tuvo dudas y se unió a los rebeldes poniéndose muy rápido al servicio de Franco. De madre con orígenes escoceses, De Aguilera tenía una facilidad enorme para hablar idiomas: además del inglés, dominaba perfectamente el francés, alemán e italiano. Por sus conocimientos lingüísticos fue destinado a la oficina de prensa del Cuartel General de Mola como enlace entre los medios de comunicación y el Estado Mayor nacionalista.


Gonzalo de Aguilera, jefe de prensa
Las funciones de Gonzalo de Aguilera y Munro (Conde de Alba de Yeltes) eran por un lado las de ejercer como portavoz ante la prensa de las ideas nacionalistas y por el otro, acompañar a los periodistas extranjeros y 'facilitar' supuestamente su trabajo dentro de las unidades sublevadas. Desde muy pronto, su carácter extravagante y autoritario le jugó muy malas pasadas. Relata Paul Preston en 'El Holocausto Español' que el aristócrata castellano se jactaba de haber fusilado a seis braceros que trabajaban en sus tierras nada más empezar la guerra para atemorizar al resto de sus trabajadores. Esta información del hispanista de Liverpool deja muchas dudas.

Los conflictos del Conde de Alba de Yeltes con los corresponsales extranjeros fueron muchos y de lo más diversos. Uno de ellos fue especialmente violento con el periodista estadounidense de la CBS John T Whitaker al que llegó a amenazar de muerte. Tras la conquista de Badajoz por parte de los franquistas, el general Yagüe que había sido el encargado de dirigir las operaciones, le respondió lo siguiente a Whitaker a la pregunta de si era verdad que había fusilado a 4.000 personas:
"Claro que los fusilamos. ¿Qué esperaba? ¿Suponía que iba a llevar a 4.000 rojos conmigo mientras mi columna avanzaba a toda velocidad? ¿Suponía que iba a dejarles sueltos a mi espalda?"

Las palabras de Yagüe levantaron una polémica enorme al otro lado del charco. Franco culpó directamente a su responsable de prensa (Gonzalo de Aguilera) de haberse relajado en su trabajo permitiendo que el periodista estadounidense enviara una crónica tan polémica a su país. Indignado con la reprimenda del Generalísimo, el Conde de Alba de Yeltes le amenazó de muerte a Whitaker mientras éste cubría la liberación del Alcázar de Toledo. Acosado por De Aguilera, el corresponsal de la CBS tuvo que salir de España en 1937 pero se llevó consigo unas polémicas declaraciones de Gonzalo:
"Hay que matar a todos los rojos para extirpar el virus bolchevique y librar a España de ratas y piojos. Al fin y al cabo, ratas y piojos son los portadores de la peste. Ahora espero que comprenda usted qué es lo que entendemos por regeneración de España... Nuestro programa consiste... en exterminar un tercio de la población masculina de España. Con eso se limpiaría el país y nos desharíamos del proletariado. Además también es conveniente desde el punto de vista económico. No volverá a haber desempleo en España, ...¿se da cuenta?". 

A la izquierda el periodista Whitaker
Gonzalo de Aguilera era un tipo de lo más excéntrico. Así le definían incluso sus propios amigos que relataron con el paso de los años que el capitán de prensa de Franco viajaba durante toda la guerra conduciendo un mercedes deportivo de color amarillo con dos rifles de precisión en la parte trasera del vehículo. El periodista y militar inglés Peter Kemp, que combatió con los nacionales en la Guerra Civil dijo:
“Don Gonzalo de Aguilera, conde de Alba de Yeltes, grande de España, era un viejo soldado de caballería de lo que creo que se conoce como 'vieja escuela'. Es decir, era amigo personal del rey Alfonso XIII, gran jugador de polo y magnífico deportista; hablaba inglés, francés y alemán a la perfección (me dijo que su madre era escocesa). A pesar de que viajaba mucho, no descuidaba sus propiedades y pasaba gran parte de su tiempo cuidando de sus fincas cerca de Guadalajara. Poseía gran cultura, profundos conocimientos de literatura, historia y ciencia. Sus no menores conocimientos de vituperación durante la guerra civil le ganaron el apodo de 'Capitán Veneno'. 

Kemp también dijo en su obra 'Legionario de España' que el responsable de prensa del Generalísimo también solía decir con cierta frecuencia que los nacionales debían "haber fusilado a todos los limpiabotas de España". El terrateniente salmantino tenía claro que "el individuo que se agacha a los pies de uno en un café o en la calle, seguramente es comunista". ¿Por qué no fusilarle y acabar con él de una vez?"

Terminada la Guerra Civil, el Conde de Alba de Yeltes se retiró a su finca de Salamanca 'Dehesa de Carrascal de Sanchiricones' en Matilla de los Caños, una propiedad que ya no pertenece a la familia De Aguilera. Durante dos décadas se mantuvo al margen de la vida política de España, quizás por estar en desacuerdo con la no restauración de la Monarquía. Solía acudir semanalmente a una prestigiosa tertulia de médicos en Salamanca ciudad que tenía lugar en el Café Novelty de la Plaza Mayor.

Noticia de Gonzalo /ABC
Las personas que le conocieron aseguran que nunca supo adaptarse a la vida civil. La guerra para él lo fue todo y su reinserción le provocó trastornos que preocupaban a su familia. Sin saber demasiado bien los motivos, en los años sesenta sufría paranoias que preocupaban de sobremanera a su esposa. Tanto su hijo Gonzalo como Agustín, ya mayores, decidieron volver a vivir en la Dehesa con sus padres ya que el carácter violento del Conde asustaba tanto a su mujer como a sus sirvientes.

Con sus hijos en la Dehesa, el  ex oficial de prensa de Franco se sintió secuestrado por su propia familia por lo que decidió escribir una carta a las autoridades pidiendo su liberación. Los problemas psiquiátricos del Conde de Alba de Yelpes crecían por momentos hasta que se produjo la tragedia la tarde del 28-8-1964. Gonzalo de Aguilera sacó sin venir a cuento una pistola y disparó a bocajarro a su hijo Gonzalo en el interior del despacho del terrateniente. El hijo, capitán de caballería que se había casado con una enfermera (hecho que angustiaba al Conde por ser de un linaje inferior), intentó repeler la agresión. No pudo. Murió desangrado. Su hermano Agustín también cayó abatido por la Colt de su padre cuando trataba de huir a la cocina. Su esposa tuvo que salir de su casa por una ventana salvando milagrosamente la vida.

La Guardia Civil llegó a los treinta minutos alertada por los sirvientes del Conde. El viejo oficial de casi 70 años se entregó sin ofrecer resistencia siendo trasladado hasta Salamanca ciudad. En el mismo coche en el que la Benemérita le llevó hasta la Comandancia, iban dos periodistas de la Gaceta que escuchaban perplejos los comentarios de Gonzalo de Aguilera. "Era como si no hubiera pasado nada. El Conde no paraba de hablar e incluso nos contaba que tenía una preciosa colección de coches antiguos. Aseguraba que prefería hablar a recordar lo que había pasado en su finca", afirmaba uno de los redactores.
La justicia no pudo condenar a Gonzalo de Aguilera y Munro puesto que su salud mental estaba terriblemente dañada. Fue internado en un psiquiátrico en el que moriría un 15 de mayo de 1965.

¿Un inflexible jefe de prensa republicano?


Arturo Barea delante de un micrófono
A sus 39 años, Arturo Barea ya había vivido suficiente antes de que comenzara la Guerra Civil Española. Afiliado a la UGT y muy próximo ideológicamente hablando al PSOE, este famoso escritor extremeño se convirtió muy pronto en una de las personas más influyentes para los periodistas extranjeros entre los que se encontraba el famoso Ernest Hemingway.

Pocas semanas después de comenzar la contienda Arturo Barea fue destinado a la oficina de prensa extranjera y propaganda del Ministerio de Asuntos Exteriores. Hasta el seis de noviembre de 1936 trabajó codo con codo con Luis Rubio Hidalgo en una de las plantas superiores del edificio de la Telefónica en plena Gran Vía. Ese día, su jefe le anunció que el Gobierno se marchaba a Valencia. Ante la inminente llegada de los franquistas a la capital, Largo Caballero y sus ministros abandonaban a su suerte como cobardes la capital de España: Rubio Hidalgo se fue con ellos pidiéndole a Barea que disolviera la oficina y que salvara el pellejo. No le hizo caso.

Desde ese día decidió seguir en su puesto desobedeciendo las órdenes de su superior. La Junta de Defensa de Madrid, presidida por el General Miaja, le nombró censor jefe de la oficina de prensa de la capital mientras que Rubio Hidalgo se instalaba en un precioso palacete del siglo XIX en Valencia. Los responsables republicanos daban por perdido Madrid, de hecho, el propio Rubio Hidalgo le dijo a un periodista inglés:
"Si me acompañas, serás el único corresponsal británico que salga de Madrid con toda la información. No tengas miedo de perderte nada. Los demás quedarán atrapados aquí por los fascistas y no dispondrán de medios de transporte ni de comunicación. En cualquier caso, después de que esta noche se marche el Gobierno, no habrá más llamadas telefónicas a Londres o París".
La telefónica bombardeada en 1936
Inicialmente, Barea trasladó la oficina de prensa y propaganda al Palacio de Santa Cruz situado muy cerca de la Plaza Mayor de Madrid. Los corresponsales extranjeros que cubrían la defensa de la capital tenían su centro de prensa en el edificio de la Telefónica. Allí redactaban sus crónicas para marcharse posteriormente al Palacio de Santa Cruz donde Barea, como censor responsable, tenía que autorizar el envío o no de las noticias. En el caso de recibir la autorización, los corresponsales regresaban a la Telefónica donde con la ayuda de una telefonista enviaba por teléfono su noticia (un equipo de espías republicanos solían escuchar todo).

Varios investigadores que han estudiado la figura de Barea aseguran que su comportamiento desde noviembre de 1936 hasta finales de 1937 fue permisivo con los corresponsales extranjeros. Sus incondicionales afirman que fue un censor de lo más flexible en un Madrid bombardeado por tierra y aire casi a diario. Sin embargo, uno de los pocos puntos negros de su trayectoria como responsable de prensa fue su papel en los asesinatos masivos de derechistas de Paracuellos del Jarama. Lógicamente, él no tuvo nada que ver con los fusilamientos pero sabemos que sí hizo todo lo posible para que nadie informara de estas matanzas. El diplomático noruego Félix Schlayer y el delegado de la Cruz Roja  en España el doctor Henny ya habían informado a varios periodistas de lo que estaba pasando en Paracuellos y algunos de ellos, sobre todo los estadounidenses y franceses, pretendían dar esa información a sus respectivos países de lo que estaba pasando. Barea lo impidió.

La vida de los corresponsales que cubrían la Guerra Civil en Madrid era ardua y difícil, sobre todo por las condiciones de trabajo. El propio Barea explicaba la organización del trabajo en el edificio de la Telefónica:
"Los periodistas tenían su propia sala de trabajo en el piso cuarto, escribían sus informaciones en duplicado y las sometían al censor. Una copia se devolvía al corresponsal, sellada y visada, y la otra se mandaba a la sala de conferencias, con el ordenanza. Cuando se establecía la comunicación telefónica con París o Londres, el corresponsal leía en alta voz su despacho, mientras otro censor sentado a su lado escuchaba y, a la vez, a través de micrófonos, oía la conversación accidental que pudiera cruzarse. Un conmutador le permitía cortar instantáneamente la conferencia".

Barea y su mujer en su casa de Inglaterra
La influencia comunista y soviética dentro de la oficina de prensa y propaganda era enorme. Mijail Kollt, corresponsal de Pravda, se movía por el despacho de Barea a sus anchas; su papel, al margen del de corresponsal del periódico soviético era el de agente de inteligencia de Stalin. Tanto él como los responsables de seguridad de la Junta de Defensa de Madrid le habían pedido a Barea que su trabajo como censor fuera "exquisito" para evitar que posibles espías enviaran informaciones "encubiertas" al enemigo a través de falsas crónicas. En una ocasión, el periodista estadounidense Matthews quería enviar una cuenta a su editor en la que incluía gastos por el tratamiento de los sabañones que tenía en los pies. Barea, inflexible, pensó que podría tratarse de un mensaje cifrado hasta que comprobó con todo lujo de detalles las úlceras de los dedos del informador.

Muy pronto, a finales de 1936, principios de 1937, Arturo Barea conoció a la austriaca Ilsa Kulcsar, una periodista austriaca que hablaba varios idiomas y que comenzó a trabajar como su ayudante en el departamento de censura, prensa y propaganda. No tardó demasiado tiempo en enamorarse de aquella antigua comunista con la que se casaría en 1938.

Con la guerra perdida, Barea y su mujer se marcharían de España rumbo a Francia. En París malvivieron durante varias semanas hasta que en febrero de 1939, en la recta final de la contienda, cogieron un barco rumbo a Inglaterra. Allí fue testigo de la II Guerra Mundial y allí escribiría su obra maestra: 'La forja de un rebelde'. En 1948 consiguió la nacionalidad británica muriendo en 1957 en Faringdon, un pueblo del condado de Oxford. Antes de fallecer se había dedicado a la radio presentando cientos de alocuciones en la BBC bajo el seudónimo de Juan de Castilla.

Fuentes utilizadas:

- El Holocausto Español, Paul Preston
- La Guerra Civil Española, Antony Beevor
- Gonzalo de Aguilera Munro, XI Conde de Alba de Yeltes. Vidas y radicalismo de un hidalgo heterodoxo, Luis Arias González
- Los corresponsales en la guerra de España, Centro Virtual Cervantes

Artículo relacionado:

- El fusil y la palabra, los extravagantes jefes de prensa y propaganda de la Guerra Civil (Artículo publicado por el autor de este Blog en La Gaceta)

http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/sociedad/fusil-y-palabra-20131102

lunes, 21 de octubre de 2013

Spartacus: una checa para guardias civiles en la calle Santa Engracia

Guardias civiles detenidos por milicianos en la guerra

Una de las mayores desgracias de la Guerra Civil en Madrid fueron los asesinatos indiscriminados de cientos de personas contrarias a la forma de pensar del Frente Popular. La fuerte influencia soviética del Gobierno de la República propició la proliferación, sobre todo durante los seis primeros meses de conflicto, de varias  organizaciones criminales que con el objetivo de limpiar la retaguardia republicana de "enemigos", acabaron con la vida de un número elevadísimo de hombres y mujeres.

 Las checas se convirtieron desde agosto de 1936 en temibles centros de detención controlados por los partidos políticos y sindicatos. Las torturas, asesinatos y vejaciones se convirtieron en algo habitual en estos centros durante los seis primeros meses de guerra. Algunas de estas checas pasaron a la historia por sus sangrientos crímenes, otras, apenas han sido investigadas. El presente estudio nos va a llevar a conocer la checa Spartacus, una de las  peores cárceles extraoficiales de la República en la que se intentó hacer una limpieza a fondo del cuerpo de la Guardia Civil. 

La checa anarquista Spartacus se estableció en los primeros días de la sublevación en el Convento de las Salesas Reales situado en el número 18 de la calle Santa Engracia, muy cerca de la Glorieta de Alonso Mártínez. Este lugar fue donado a esta orden religiosa por el Marqués de Cubas después de que su antiguo convento fuera convertido en Palacio de Justicia.
Lugar en el que estaba situada la checa Spartacus

El inicio de la Guerra Civil en Madrid propició que el convento fuera incautado por parte de la CNT-FAI con la finalidad de que fuese la sede de una Columna Anarquista. Sin embargo, la Iglesia, los claustros y jardines de las Salesas Reales de Chamberí también se convirtieron en la sede del Comité Central que se iba a encargar de depurar el cuerpo de la Guardia Civil para su transformación en la Guardia Nacional Republicana. Pese a permanecer leal al Gobierno, la Benemérita generaba muchas desconfianzas en el Frente Popular; por eso, se tomó la decisión de disolver este cuerpo de seguridad durante los primeros compases de la contienda.

El Comité Central depurador estaba formado por guardias civiles (suboficiales, clases y tropa) y por elementos de los distintos partidos políticos con una preeminencia de la CNT, dado que el presidente y más activo protagonista fue el anarquista José Luzón Morales. 

Este comité depurador utilizó las dependencias religiosas de las Salesas Reales como centro de detención o checa. Allí se aglutinó a un gran número de guardias civiles desafectos al régimen republicano según los responsables del citado comité. El antiguo agente del benemérito cuerpo Ambrosio Pasero Gómez, ascendido a alférez a poco de comenzar la guerra, estaba al frente de esta checa que muy pronto se convertiría en una de las más temidas de Madrid.

A través del Comité Central y a propuesta de los comités de las diferentes unidades militares, se decidía qué guardias civiles eran afectos al régimen republicano o por el contrario se mostraban disconformes con el Frente Popular. Todos aquellos guardias que eran declarados "desafectos" pasaban sin más dilación por la checa Spartacus.
Imagen actual de lo que fue la checa Spartacus

En la Guardia Civil, como en otros Cuerpos del Ejército, la oficialidad esencialmente agrupada en los empleos de Teniente, Capitán y Comandante, eran muy proclives al Alzamiento; de hecho muchos de estos Oficiales se habían afiliados a Falange y a la Unión Militar Española (UME) e incluso habían preparados planes para tomar diversos edificios oficiales como el Palacio Nacional, lugar de residencia del Presidente de la República, cuando se iniciara la rebelión. Más aún, algunos meses antes de julio del 1936 se habían detectado en Madrid un almacén con gran cantidad de uniformes de guardias civiles y armamento para ser utilizados el 18 de julio de 1936.

Muchos de los lectores se preguntarán qué parámetros seguían los miembros del comité depurador de la Guardia Civil para encerrar a los agentes en la checa Spartacus. La respuesta es bien sencilla. El traslado a este centro de detención se podía deber a la negativa de los agentes a enrolarse en las columnas que combatían en el frente o bien como consecuencia de las declaraciones y denuncias de sus propios compañeros.

Es triste pero una gran parte de los guardias civiles que murieron tanto durante el período bélico como después de la guerra, lo hicieron como consecuencias de las denuncias de los propios compañeros, atentando de esta manera contra el espíritu que debía anidar entre los miembros del Instituto Armado, representado en su Cartilla fundacional redactada por la Inspección General del Arma, siendo su Director el Duque de Ahumada: “15. Ha de procurar juntarse generalmente con sus compañeros, para fomentar la estrecha amistad y unión, que debe haber entre los individuos del arma;…”
Esquela ABC 1939 recordando a los guardias asesinados

Los guardias civiles encerrados en este checa vivían en unas condiciones pésimas. El hacinamiento en las celdas y la falta de alimentos mermaban las fuerzas de los agentes presos que debían ser alimentados por sus propios familiares. El 20 de noviembre de 1936, curiosamente el mismo día en el que Durruti perdía la vida, las mujeres e hijos de los guardias se encontraron con una trágica noticia: los carceleros les notificaron que de la noche a la mañana  los "desafectos" habían sido trasladados a Guadalajara o Levante. Pronto se enterarían que en la noche del 19 de noviembre habían sido asesinados más de 50 de los recluidos entre jefes, oficiales, suboficiales y clases de tropa en las tapias del Cementerio Este.

¿En qué contexto se entiende esta matanza de guardias civiles?, ¿cómo una checa esencialmente dedicada a mantener retenidos a unos guardias sobre los que se investigaba su afección al régimen, pudo aprobar un fusilamiento como este? La respuesta todavía no la sabemos con certeza casi 80 años después. Aunque antes de este 19 de noviembre se produjeron asesinatos a pequeña escala llevados a cabo por personas de Spartacus, nunca antes se había producido un asesinato tan masivo de agentes de la Benemérita. 

Son varias las hipótesis que se manejan y todas ellas con grandes visos de verosimilitud. En este sentido, las declaraciones del guardia civil Severiano Sanz Zamarro, el único guardia de la expedición que se fugó de las camionetas que lo trasladaban la noche del 19, y la declaración de los familiares de estos guardias en la Causa General pueden proporcionarnos algo de luz en este estudio.

El más caracterizado de los 52 guardias civiles asesinados fue el Teniente Coronel ROYO SALSAMENDI Jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid con sede en la calle García de Paredes. A él le fue encargada la formación de una Columna de guardias que bajo las órdenes del Coronel Asensio ocupó una parte del frente de Guadarrama. Durante los combates con los franquistas, un buen número de comandantes, oficiales, suboficiales y agentes se pasaron a la zona nacional por lo que el Teniente Coronel Royo fue bastante cuestionado. Sus superiores lo retiraron inmediatamente del frente durante el mes de agosto de 1936 siendo posteriormente detenido en su domicilio de Madrid. Su asesinato en la expedición del 19 de noviembre junto a la de otros oficiales que formaron su columna pueden estar muy relacionados con los episodios de Guadarrama. 
Un guardia civil leal a la República

Otros de los motivos que se argumentan y así lo expresan las respectivas familias de tres  oficiales asesinados fue la negativa de apoyar a las milicias vascas en el frente del País Vasco. La familia del Teniente Coronel Jefe del Paque Móvil José Velázquez Guerra afirmaba que tanto muchos oficiales fueron encerrados en la checa de Spartacus por su negativa a marchar con el Comandante Antonio Naranjo Limón y el Capitán Germán Ollero Morente a combatir junto a los batallones de milicias vascas en el frente de Euskadi. Estos dos oficiales tuvieron una actitud muy influyente en el Comité Depurador y fueron calificados después de la Guerra Civil como personas "extremadamente marxistas". 

Algunos historiadores han alegado que este asesinato en masa de guardias civiles fue una consecuencia de la muerte de Durruti en Madrid. Sin embargo, para nosotros esta teoría carece de fundamento. Efectivamente Durruti fue herido el 19 de noviembre de 1936 y murió el 20 de noviembre (la misma fecha que José Antonio Primo de Rivera) pero la decisión sobre la masacre estaba ya tomada. El día 18 de noviembre, en un escrito del Comité Central de la Comisión Depuradora de la GNR, José Luzón adjunta una relación de detenidos en el Cuartel de Santa Engracia, que serían evacuados a Guadalajara; dicho escrito iba dirigido al Camarada Jefe del Cuartel de Santa Engracia, Alférez Pasero. Por lo tanto, el día antes de que hirieran a Durruti, los responsables de la CNT-FAI ya tenían previsto realizar una 'saca' de presos muy parecida a las que se estaban llevando a cabo en Paracuellos de Jarama.

Otro de los motivos que pudieron tener que ver con el asesinato masivo de los presos de Spartacus y posiblemente una de las teorías más acertadas estaba relacionada con los ataques franquistas en Madrid. Los guardianes de la presión confirmaron al Comité Depurador que cada vez que se producía un bombardeo nacional sobre Madrid, era celebrado con alegría por los guardias civiles recluidos en la prisión de Santa Engracia. 
Monolito en el cementerio de Vicálvaro que recuerda a los
guardias civiles asesinados durante la Guerra Civil

El día 19 de noviembre a las 23:00 horas, se presentó en Spartacus el Comandante honorario de la GNR y presidente del Comité Central José Luzón Morales acompañado de varios milicianos del Cine Europa de la CNT. Todos ellos pidieron al jefe de la checa (Ambrosio Pasero) que entregara a los guardias civiles que le habían indicado en el escrito fechado el día anterior. Acto seguido, los milicianos ataron las manos de los guardias civiles con una cuerda subiéndolos a tres camionetas que se encontraban estacionadas justo en la puerta del convento d Santa Engracia. Luzón recomendó a los guardianes que dijeran a los familiares de los guardias que iban a ser trasladados a Guadalajara hasta que cesara la ofensiva franquista en Madrid. Todos los objetos personales de los detenidos se quedaron en la checa. La ejecución masiva tuvo lugar en el cementerio de Vicálvaro entre la 01:00 y las 02:00 de la madrugada.

En junio de 1939, terminada la guerra, el sepulturero del cementerio de Vicálvaro declararía en la Causa General que había dado sepultura el día 22 de noviembre de 1936 a 38 guardias civiles los cuales fueron enterrados en dos grandes fosas comunes, a excepción de tres de ellos que reconocidos por sus familiares se les dio tierra en sepultura individual. El resto de cadáveres, no identificados, fueron inscritos en el Registro Civil como personas desconocidas y llevado como datos el número de la fotografía que se les sacaba en el depósito judicial del pueblo. Hoy en día en el interior del camposanto, rodeado de grandes edificios de viviendas, un monolito recuerda junto a otros nombres, los de gran parte de estos 52 guardias civiles vilmente asesinados en las tapias del Cementerio del Este.

Fuentes consultadas:

- Causa General
- El terror rojo, JULIOS RUIZ, Ed Espasa
- Las checas del terror, CÉSAR ALCALÁ, Ed Libros Libres
- Los rojos de la Guardia Civil, JOSÉ LUIS CERVERO, Ed La esfera de los libros

miércoles, 16 de octubre de 2013

La Pirámide de los italianos muertos durante la Batalla de Santander de la Guerra Civil

La Pirámide en el Puerto del Escudo/ A.V
En medio de la nada, entre Burgos y Cantabria se levanta una extraña pirámide. Justo en la zona más alta del Puerto del Escudo se encuentra una de las edificaciones más raras que uno puede encontrar en España. Ubicado en el interior de un coto privado de caza, este monumento con forma piramidal se convirtió durante algunos años en un cementerio italiano donde estuvieron enterrados un centenar de 'Camisas Negras' que participaron en la toma de Santander en el año 1937 durante la Guerra Civil Española.

Había oido hablar algo de esta extraña pirámide que sirvió durante muchos años de 'camposanto' de los italianos que perdieron la vida en la batalla de Cantabria, sin embargo, nunca había tenido la oportunidad de acercarme hasta allí. El pasado verano decidí coger el coche y adentrarme en este monumento que se encuentra ahora mismo totalmente abandonado de la mano de Diós. Para empezar, hay que decir que está situado en la N-623, justo después de atravesar la línea que separa las comunidades de Castilla León y Cantabria.

Para acceder a la zona donde se encuentra la Pirámide de los italianos hay que pasar por una verja que se encuentra rota al oeste del mausoleo. Después de caminar durante 200 metros y en lo alto de una colina se levanta el antiguo cementerio de unos 20 metros de altura. A medida que vas acercándote al monumento empiezas a distinguir la enorme 'M' escrita en piedra que se levanta justo encima de la puerta de acceso: esta 'M'  recuerda a Benito Mussolini. Hay otra inscripción que dice: "AL CADUTI LEGIONADI", que quiere decir, a los "Caidos Legionarios".
La Pirámide en estado de abandono / A.V
La estampa es fantasmagórica. La sensación al estar justo delante del mausoleo es algo extraña y tiene hasta tintes paranormales. No se escucha absolutamente nada, ya que está situada en lo alto de una colina por la que no pasa nadie. El único ruido que hay es el del viento que sopla realmente fuerte por la zona, especialmente a última hora de la tarde.

Si la sensación en los exteriores de la pirámide es espectral, dentro lo es aún más. En el interior del mausoleo, lo primero que se encuentra uno son 360 nichos vacíos pertenecientes a los militares italianos que murieron en esta ofensiva cántabra. Todos los nichos están en estado ruinoso y todas las lápidas se encuentran arrancadas y por el suelo. Justo debajo de esta pequeña salita hay una cripta donde en su día estuvieron enterrados los 12 oficiales que murieron en la batalla. Las escaleras para descender allí han desaparecido.

La Batalla de Santander

Aunque este blog está dedicado a la investigación histórica de la Guerra Civil en Madrid, he querido compartir este viaje al Cementerio italiano en el Puerto del Escudo por lo curioso del desplazamiento. Justo en el lugar en el que se construyó esta  extraña pirámide italiana se libró una de las batallas más crudentas de la contienda. Este puerto tenía un valor estratégico enorme por su proximidad a Santander. Tras caer Bilbao en manos de las tropas sublevadas, el objetivo de Franco era conquistar la totalidad de Cantabria cuanto antes. Entre los días 14,15 y 16 de agosto de 1937 se produjeron unos combates de lo más sangrientos en las proximidades del puerto. Tres divisiones italianas consiguieron tomar el puerto el 17 de agosto acabando con los 22 batallones republicanos que estaban apostados en lo alto. Fue una carnicería para los dos bandos.
Los 360 nichos vacíos totalmente destruidos /A.V
Terminada la guerra, Franco y el conde Galeazzo Ciano, yerno de Mussolini y ministro de Exteriores, llegaron a un acuerdo para construir el cementerio de los italianos. En la construcción participaron unos cincuenta presos republicanos que habían participado en su día en la defensa del Puerto del Escudo

La tragedia años después

La pirámide del Puerto del Escudo siempre ha estado rodeada de tintes trágicos. En el lugar en el que se levantó el cementerio se libró una de las batallas más sangrientas de la Guerra Civil Española, sin embargo, en 1971 tuvo lugar un fatal accidente que marcó para siempre la zona. Un autobús repleto de exmilitares italianos que habían luchado en el Escudo y que pretendía visitar el camposanto sufrió a escasos metros del monumento un accidente fatal. El vehículo se despeñó por un barranco matando a 12 excombatientes e hiriendo de gravedad a otros tantos. La prensa de la época se hizo eco del fatal siniestro y en poco tiempo, el Gobierno decidió trasladar los restos de los italianos a otro cementerio en Zaragoza.

Otro extraño monumento de la guerra

El monumento homenaje al General Sagardia /A.V
A unos kilómetros del Cementerio de los Italianos en el Escudo, todavía en territorio burgalés, se levanta otro monumento de lo más extraño. También se encuentra situado a pie de la N-623 en el centro del páramo de Bricia. Se trata de una obra dedicada al General Sagardia, el militar nacional que dirigió las operaciones en el sector. El monumento está inacabada y pretendía reflejar la cabeza de un águila. Construida con mármol, dicen los más viejos del lugar que en su interior hay una caja de hierro que contiene el diario de operaciones del General y todos los planos de la ofensiva. Actualmente, se encuentra en estado ruinoso con muchas pintadas, fruto de actos vandálicos. El General de Artillería Antonio Sagardia Ramos fue un militar de lo más controvertido. Se dice que él, aunque no se si es cierto, que pronunció la siguiente frase cuando en abril de 1938 entró en la localidad catalana de Sort. "Fusilaré a 10 catalanes por cada muerto de mi guardia", eso es lo que aseguran que dijo en su día Sagardía en la recta final de la Guerra Civil.

lunes, 14 de octubre de 2013

Fernando de Santiago: el capuchino que se convirtió en beato tras ser fusilado en el Cuartel de la Montaña en Madrid

El fraile Fernando Olmedo
Hace ya algún tiempo que quería investigar lo que pasó en la Basílica de Jesús de Medinaceli durante la Guerra Civil Española. Por una serie de motivos, he visitado con cierta frecuencia la cripta de esta iglesia situada en el centro de la capital llamándome la atención una pequeña inscripción que recuerda a los seis capuchinos de este templo que perdieron la vida durante el conflicto fratricida. Sus historias no son ni más ni menos heroicas que las de los 7.000 religiosos que murieron asesinados durante la contienda española, sin embargo, he decidido sacar sus nombres del anonimato. La historia de uno de ellos, Fernando Olmedo Reguera, más conocido como Fray Fernando de Santiago, me conmocionó de sobremanera:

Solo unas horas después de que fracasara la sublevación militar en Madrid, los partidos y sindicatos de izquierdas tomaron la calle en Madrid. Ante el descontrol generalizado, fruto de un alzamiento que se había sofocado en el Cuartel de la Montaña y en Campamento, cientos de individuos descontrolados se dedicaron a asaltar y profanar iglesias. La Basílica de Jesús de Medinaceli, situada en la Plaza de Jesús, también fue atacada por una turba de exaltados que no dudaron en entrar a la fuerza tanto en el templo como en el convento de Capuchinos. Aquella tarde del 21 de julio de 1936 solo quedaban una veintena de frailes: la gran mayoría o se encontraba en El Pardo, donde existía otro convento, o disfrutaban de unos días de permiso.

Nada más producirse el asalto a la fuerza del convento de los capuchinos de Jesús de Medinaceli, algunos de estos pudieron evadirse de los asaltantes. Al menos la mitad de los frailes huyeron por el tejado de la Basílica en el momento en el que los milicianos accedieron al convento. Gracias al apoyo de algunos vecinos pudieron alojarse en algunas viviendas aledañas evitando ser detenidos y trasladados a la Dirección General de Seguridad.
Basílica de Jesús de Medinaceli

A sus 63 años, Fernando Olmedo Reguera, más conocido como Fray Fernando de Santiago, consiguió huir del convento gracias a una feligresa que vivía en la calle Lope de Vega. Tras escapar por el tejado, el fraile fue localizado por una señora de mediana edad que decidió llevárselo a su casa y esconderlo unas horas hasta que la situación se calmara. Esta mujer no sabía demasiado de aquel fraile simpaticón con acento gallego y con una cultura mucho más amplia de lo que ella podía imaginar. Antes de ingresar en la orden, había sido abogado de reconocido prestigio en su Santiago natal compaginando este trabajo con el de periodista. Tras tomar los hábitos en 1901 fue enviado a Roma, ciudad en la que ocupó cargos de relevancia hasta que por problemas de salud tuvo que represar a España. Después de volver a nuestro país su destino en la península era la Basílica de Jesús de Medinaceli, lugar en el que estuvo destinado hasta que empezó la Guerra Civil.

Hemos podido averiguar que tras su paso por esta vivienda de la calle Lope de Vega, fray Fernando de Santiago se ocultó en una vivienda de la calle Lagasca número 21. Una mujer adinerada, muy devota de Jesús de Medinaceli, le ocultó en su casa junto a sus dos sirvientas, a otro fraile capuchino (Roberto de Erandio) y un aspirante a religioso. El fraile Roberto relataba de la siguiente manera el día a día de este grupo de personas durante las primeras semanas de la Guerra Civil Española:

"El horario era parecido al del convento. Más tiempo de oración mental y lectura espiritual. El padre Fernando edificaba a todos con su buen ejemplo por su caridad. El Santo Rosario y el Viacrucis lo hacíamos con la señora y sus criadas. El padre le dijo varias veces a la señora de la casa que no pusiese tan buena comida, que la guerra podría ser larga pero la señora, siempre muy optimista, le contestaba que Franco entraría pronto en Madrid". 

Calle Lagasca 21, lugar donde se alojó el padre Fernando
Cierto día de agosto de 1936, un incidente con el portero de la finca en la que estaban escondidos los capuchinos puso en alerta a todas las personas que allí vivían. El portero le recomendó a una de las criadas que tuvieran cuidado porque los milicianos de retaguardia tenían previsto registrar el bloque casa por casa en los próximos días buscando enemigos emboscados del Frente Popular. Este hombre, además, les advirtió que todo el vecindario sabía que Carmen Casado había escondido a tres religiosos.

El día 10 de agosto el padre Fernando y los otros dos capuchinos fueron detenidos. Una denuncia anónima, posiblemente motivó su detención por parte de las Milicias de Oficina que colaboraban estrechamente con los milicianos de la checa de Bellas Artes. La detención, según un vecino del inmueble, se produjo a las 14.00 horas. El momento del arresto se produjo de la siguiente manera según el fraile Roberto:

"Sería aproximadamente las dos de la tarde cuando se presentó un grupo de guardias y milicianos. En aquel momento el padre se encontraba en el cuarto de aseo: golpearon fuertemente la puerta y salió el padre. Nos mandaron al recibidor. Apoyados en la pared y con los brazos en alto nos hicieron algunas preguntas. Nos pidieron el dinero, y les entregamos cincuenta pesetas cada uno. Parece que al padre Fernando le conocían o les informaron que era sacerdote, porque la furia y los insultos eran para él. Se notaba que los milicianos estaban contentos, aunque aparentaban estar de mal genio. Al padre le hacían muchas preguntas, y contestaba con serenidad y sin miedo. Yo creo que el padre pronto se dio cuenta que a él le buscaban para matarle. A mí me llevaron a una habitación inmediata y poniéndome el revólver en el pecho, me preguntaban por el Superior y por el dinero; pero como no sacaban nada, me llevaron otra vez donde el padre. Los milicianos le obligaron a quitarse las alpargatas diciéndole que Jesucristo fue socialista y andaba descalzo".

Checa del Círculo de Bellas Artes de Madrid
Antes de subirles a un coche con destino incierto, los detenidos fueron alojados durante treinta minutos en la portería a la espera de que terminaran el resto de registros. En total, del inmueble de la calle Lagasca 21 se llevaron detenidas a diez personas, entre ellas un teniente coronel de Caballería. Antes de las 16.00, ya se encontraban en el Palacio de Villahermosa, lugar en el que se encuentra actualmente el Museo Thyssen de Madrid. Allí pasaron una noche hasta que los frailes fueron trasladados hasta la checa de Bellas Artes, que en ese momento estaba situada en los sótanos del Círculo de Bellas Artes. Al padre Fernando le separaron inmediatamente del resto de personas que habían sido detenidas de Lagasca después de que se confesaran entre todos. El fraile Roberto volvía a explicar lo siguiente:

"A las cuatro de la mañana se oyó un gran ruido de automóviles, pero no pude ver nada. A mi me llevaron a la Dirección General de Seguridad. Aquello estaba completamente lleno de gente, sobre todo de sacerdotes y religiosos. Recorrí a toda prisa buscando al padre Fernando, pero no estaba". 

Se sabe que el cuerpo del padre Fernando apareció sin vida en los exteriores del Cuartel de la Montaña a primera hora de la mañana del 12 de agosto de 1936, justo horas después de ser detenido en la calle Lagasca. Según un estudio realizado por el sacerdote e historiador gallego Manuel Blanco Rey y el Instituto Teológico de Compostela, el cadáver del padre Fernando fue inhumado en el cementerio de la Almudena según un documento oficial del camposanto madrileño. Del informe emitido por la Dirección de Cementerios, resulta que el cadáver de "Don Fernando Olmedo Reguera fue inhumado en el cementerio municipal el día 14 de agosto de 1936 en una sepultura de cuarta clase, temporal, sita en el cuartel 35, manzada 54 letral H". En esa misma ficha de la Dirección de Cementerios apareció una fotografía del cadáver del capuchino.

El 9 de julio de 1940, un año después de que terminara la Guerra Civil, el cadáver de Fernando Olmedo Reguera fue exhumado siendo trasladado hasta la Iglesia de Jesús de Medinaceli donde tuvo lugar un funeral in memoriam a  los todos los capuchinos caídos durante la contienda. Después, los restos del nuevo beato fueron enterrados en el cementerio de San Isidro en la cripta que la orden de los capuchinos pose allí.

Los otros 'mártires' de Jesús de Medinaceli

Placa en Jesús de Medinaceli /A.V.M
Otros cinco frailes de la Basílica de Jesús de Medinaceli fueron asesinados durante la Guerra Civil Española en Madrid. Uno de ellos, llamado Emilio Serrano Lizarralde, era natural de Bilbao y también fue asesinado por los componentes de la checa de Bellas Artes el 26 de agosto. Otro, llamado José Pérez González, conocido por Ramiro de Sobradillo, murió el 27 de noviembre en una de las sacas de Paracuellos del Jarama. Facundo Escanciano (Aurelio Ocejón) fue ejecutado en la carretera de Andalucía mientras que a Fray Andrés Palazuelo le matarían el 30 de julio en los Altos del Hipódromo tras ser detenido en la pensión San Antonio (C/ del León 13). Por último, el fraile de origen filipino Eugenio del Sanz-Crozco, conocido por José María de Manila, murió fusilado el 16 de agosto en el Cuartel de la Montaña. Los milicianos de Bellas Artes le detendrían solo cuatro días después que a nuestro protagonista y le ejecutarían en el mismo sitio: el Cuartel de la Montaña.

Fuentes consultadas:

- Causa General, 'Persecución religiosa'
- Las Checas del terror, la desmemoria histórica al descubierto
- Tesis sobre Fernando Olmedo Reguera
- Conferencia Episcopal: causa capuchina

miércoles, 9 de octubre de 2013

Ángel Arocha, el ídolo 'olvidado' del Atlético de Madrid y Barcelona que murió en la Batalla del Ebro

Ángel Arocha con el Barça / Mundo Gráfico
El estallido de la Guerra Civil española acabó con todos los sueños de Ángel Arocha, uno de los mejores delanteros que ha dado el fútbol canario en todos los tiempos. Aunque el inicio de la contienda le sorprendió defendiendo la camiseta del Atlético de Madrid (mejor dicho, del Athletic Club Madrileño que era como se llamaba por aquel entonces), sus mejores años los había pasado en el FC Barcelona. El conjunto blaugrana se lo quitó al Tenerife por 750 pesetas durante la temporada 1926-1927, permaneciendo en la ciudad condal siete años en los que ganó una Copa y una Liga.

Tras llegar al Athletic Club Madrileño durante la temporada 1933-1934 su rendimiento bajó ligeramente. Los años y las preocupaciones del atacante pesaban más de la cuenta para seguir rindiendo a un nivel optimo. Justo en el momento en el que estalló la Guerra Civil, Arocha estaba a punto de anunciar su retirada del fútbol profesional para emprender una nueva vida al otro lado del 'charco'. Ese verano estaba a punto de casarse con su novia de nacionalidad argentina y tenía previsto marcharse a vivir con ella a Buenos Aires para poner en marcha un negocio de importaciones y exportaciones. La guerra lo truncó todo.

El inicio de la sublevación le sorprendió preparando su viaje a Argentina en Santa Cruz de Tenerife. Al triunfar el alzamiento franquista en la Isla, a Arocha fue llamado a filas para incorporarse al ejército nacional. Pese a ser futbolista profesional, él tenía claro que no deseaba privilegio alguno. A diferencia de otros deportistas, el delantero canario prefirió que los oficiales le trataran como un soldado más y se negó a participar en partidos de exhibición.

Arocha en un montaje con sus compañeros del Barça (1931)
Su destino durante casi toda la contienda fue la primera línea de combate con una unidad de militares y falangiscas canarios. Aunque participó en algunos combates en la sierra de Sevilla, Extremadura y Villaverde en Madrid, con el comienzo de la Batalla del Ebro su rol cambió completamente convirtiéndose en una pieza clave dentro de la intendencia de su unidad. En lugar de enfrentarse directamente al enemigo, Arocha se encargaba de atravesar todas las líneas de combate para llevar víveres y municiones a los soldados franquistas que trataban de contener la ofensiva republicana.

El 2 de septiembre de 1938 un bombardeo enemigo acabó con la vida del delantero canario. Después de haber abastecido a todos sus compañeros en las trincheras más adelantadas del frente y pensando que se encontraba en una zona más o menos segura, un ataque de la aviación republicana le sorprendió cuando estaba a punto de dormir. Una escuadrilla de chatos bombardeó la posición de Balaguer (Lérida) en la que estaba descansando matando a Arocha y a cuatro de sus compañeros. La vida del mítico jugador del Barça y el Atlético tocaba su fin ocho meses antes de que terminara la guerra. Tenía 31 años.



En el año 1943, un buen amigo de Ángel Arocha escribió una carta al periódico Mundo Deportivo tratando de hacerle un homenaje. Tanto los aficionados como la prensa deportiva se habían olvidado prácticamente de lo que fue durante la década de los veinte y los treinta. Esta persona publicó incluso una fotografía que Arocha le había enviado el 16 de abril de 1937, cinco meses antes de su muerte, en la que aparece vestido de militar. Fue su última fotografía.

Años más tarde, Arocha fue homenajeado por el fútbol canario, especialmente en Santa Cruz de Tenerife. A su tumba, cientos de personas llevaron gran variedad de ramos y coronas para conmemorar los diez años de su muerte durante la Guerra Civil. En su memoria, un equipo de fútbol regional e infantil llevaba su nombre de manera permanente.

Fuentes consultadas:

- Hemeroteca Nacional
- Hemeroteca Mundo Deportivo
- Libro: 'El deporte durante la Guerra Civil Española'
- Archivo Histórico Militar de Ávila.