viernes, 30 de enero de 2015

Antihéroes en la Guerra Civil: los desertores del Alcázar de Toledo

Los tres guardias civiles que desertaron del Alcázar / Crónica

El asedio que sufrió el Alcázar de Toledo por parte de la República ha sido uno de los episodios favoritos de los historiadores de la Guerra Civil. La 'épica' defensa de la plaza por parte de un puñado de militares ha servido como fuente de inspiración de cientos de escritores y novelistas que han profundizado sobre personajes tan conocidos como el Coronel Moscardó. Sin embargo, hay algunos aspectos un tanto oscuros del Alcázar, más allá de su defensa heroica, sobre los que nadie ha querido investigar. Estos aspectos están directamente relacionados con los desertores, los soldados y guardias civiles que decidieron abandonar a sus 'compañeros de armas' para ponerse al servicio del Frente Popular. Estamos hablando de entre veinte y treinta desertores que de haber seguido peleando en el coloso toledano se hubieran convertido en 'leyenda' al igual que el resto de defensores. No fue así y algunos de ellos lo pagarían con su propia vida.

La huida de tres guardias civiles famélicos

En el mes de septiembre de 1936, en pleno asedio del Alcázar de Toledo, el periódico republicano 'Crónica' publicaba en sus páginas principales una noticia sorprendente. “Tres guardias civiles han conseguido fugarse del Alcázar, presentándose en las filas leales, como partidarios de la República. Los tres guardias han hecho impresionantes relatos de la terrible situación en que se hallaban los sitiados”. Este periódico mostraba la fotografía impresionante de los tres guardias (se puede ver arriba), con el rostro asustado, muy delgados y con una barba abundante.

Los tres guardias civiles a los que se refiere el 'Crónica' se llamaban Luis Ortega López, Mariano Canal Payo y Francisco Tirado Ramos. Según el libro de Ángel Palomino, 'Defensa del Alcázar', los dos primeros formaban parte de la 4º Compañía de la Guardia Civil y desertaron el 13 de septiembre de 1936. Francisco Tirado, por su parte, era miembro de la 3º Compañía y desertó el 01 de septiembre. Estas fechas que menciona Palomino en su libro contrastan con las que posee Arthur Koestler en su libro, 'El testamento español' en las que asegura que estas deserciones se produjeron a finales de agosto.
Estado en el que quedó el Alcázar de Toledo


La fecha de la deserción de los tres guardias civiles es una mera anécdota y aventurarnos a apostar por una u otra fecha nos desviaría totalmente de la historia. Todo apunta a que los tres decidieron abandonar el Alcázar por miedo a perder la vida en una gesta que ellos mismos consideraban “imposible” de llevar a cabo. Aunque antes de su deserción todavía no había explosionado ninguna de las dos minas que estaban excavando los mineros republicanos, es más que factible que tomaran la decisión de huir ante el pánico que generaba entre los defensores el mero hecho de escuchar el ruido de la excavación.

A pesar de que no hay demasiados detalles sobre cómo se llevó a cabo la fuga, sí que hemos podido conocer que la huida se realizó gracias a una alcantarilla que estaba situada en uno de los puntos de guardia del Alcázar. Aprovechando un turno de guardia nocturno, los tres miembros de la Guardia Civil consiguieron llevar a cabo su objetivo arrastrándose por los subterráneos. Una vez en la zona republicana y tras presentarse ante las autoridades del Frente Popular, los guardias concedieron algunas entrevistas a los medios de comunicación. Luis Ortega explicaba en un diario que tomó la decisión de escapar porque “sabía que dos de mis hermanos eran miembros del Partido Socialista y estaba seguro de que estaban luchando del lado del Gobierno. No quise luchar contra mis propios familiares y amigos”. A Francisco Tirado le preguntaron por el sentimiento general de la tropa en el Alcázar y éste contestó que la mayoría de defensores “ya habrían escapado si no les retuviese el temor de ser cogidos y fusilados por los oficiales. No sé exactamente cuántos de ellos fueron fusilados pero han sido bastantes”. La propaganda republicana aprovechó deserciones de estas características para torpedear mediáticamente la defensa del Alcázar que durante aquellos primeros días de septiembre contaba con un gran número de simpatizantes fuera de España. Se llegó a decir en una ocasión que el número de personas que habían desertado del Alcázar ascendía a los cien, una cifra que difiere considerablemente con la que menciona Palomino en su libro: unos treinta. Ni el diario de operaciones del Coronel Moscardó ni la revista interna que publicaban los defensores hacía mención a un número tan elevado de desertores entre julio y septiembre de 1936.

La vida de estos tres guardias civiles después de su deserción no está muy clara todavía. Es posible que una vez que concedieran sus entrevistas, los tres fueran llamados a filas de nuevo pero para defender la causa republicana. Desde www.guerraenmadrid.com invitamos a todos nuestros amigos lectores a que nos ayuden a seguir escribiendo la historia de estos tres guardias durante la Guerra Civil y especialmente después de la contienda con la victoria del bando franquista. Como bien saben, pueden contactar con nosotros en investigacion@guerraenmadrid.com

El cabo que burló la vigilancia del Alcázar
Rufino Santos /Crónica

Rufino Santos tenía 22 años cuando estalló la Guerra Civil Española. Nacido en la localidad de Los Cortijos (Ciudad Real), el 17 de julio de 1936 era cabo de infantería en el Alcázar de Toledo. Aunque gran parte de su familia residía en Madrid, en concreto en la calle General Porlier, él se encontraba en la capital manchega después de haber ingresado en el Ejército a mediados de la década de los años treinta.

Al igual que los guardias civiles, Rufino consiguió evadirse del Alcázar de Toledo el 12 de septiembre. Él se fugó en compañía de otro cabo de infantería que era amigo suyo llamado Fidel Gutiérrez aprovechando un descuido de la vigilancia de los defensores. ¿El motivo de la deserción? Posiblemente el miedo a que explotara una de las minas. En un Consejo de Guerra al que fue sometido tras la contienda, Rufino explicó algunos detalles de su deserción alegando todo el tiempo que él no pretendía desertar para ayudar a los republicanos.

A las 20:00h del 12 de septiembre, salí en compañía del cabo Fidel Gutiérrez del Alcázar. Dominados por el miedo, una vez en la calle conseguimos burlar la vigilancia de los rojos y nos dirigimos al campo donde pasamos la noche. Al día siguiente salimos en dirección a Bargas, hasta una casilla de peones camineros que hay antes de llegar, ya que los dueños tenían un hijo en el Alcázar. Nos dieron de comer y les informamos de la situación de su hijo. Queríamos llegar a las columnas que mandaba el General Yague, no nos queríamos entregar a los rojos. A las 6 o 7 de la mañana salimos con dirección a Torrijos. A las 19:00h fuimos detenidos por los rojos en las cercanías de Abrarreal del Tajo, donde pasamos la noche. Al día siguiente nos condujeron a Toledo separándonos y continuando yo detenido hasta el 6 de octubre, fecha en la que fui puesto en libertad. El 23 de marzo de 1938 volví a ser detenido por el SIM, puesto en libertad el 18 de octubre del mismo año”.

Sabemos que una vez decretada su primera libertad en octubre de 1936, Rufino fue prácticamente obligado a formar parte del Ejército Republicano, ascendiendo a sargento durante este mes de septiembre. Formó parte del 10 Batallón del Regimiento de Infantería nº 1 que estaba en el Cuartel de Wad Ras, situado en la calle López de Hoyos En el año 1937 ingresó en la Escuela Popular de Guerra de donde salió ostentando el grado de teniente y fue destinado en la 66 Brigada. Prestó sus servicios en primera línea desde el 23 de marzo de 1937 hasta 1938, fecha en la que fue arrestado por el Servicio de Información Militar (SIM) y trasladado en el ministerio de la Marina, desde de este servicio. Se desconoce el motivo de esta detención pero creemos que el Servicio de Inteligencia republicano le pudo haber acusado de desafección. Tras unas semanas fue puesto en libertad siendo trasladado a la Brigada que se encontraba en esos momentos en la localidad de Loeches. También sabemos que fue herido en Ciudad Real y que estuvo mucho tiempo ingresado en un hospital hasta que le dieron el alta medica en el tramo final de la guerra.

La pregunta que se hacen todos los lectores sobre esta deserción del cabo del Alcázar es la siguiente: ¿Quería llegar realmente hasta la columna de Yagüe o buscaba pasarse a los republicanos? Eso ahora mismo no podemos saberlo. Lo que sí parece claro es que un gran número de personas de derechas avalaron a Rufino Santos tras la guerra por considerarle un individuo con “impecables antecedentes”. La sección local de la Falange de su pueblo Los Cortijos envió al juzgado una carta asegurando que Rufino pertenecía a una familia de derechas y muy religiosa.

En su declaración en el Consejo de Guerra le preguntaron antes de dictar sentencia por qué no había intentado pasarse a zona nacional durante el tiempo en el que estuvo en primera línea de frente con los republicanos. La respuesta de Rufino fue clara: “no intenté pasarme por temor a las represalias con mi familia” puesto que así lo habían hecho al pasarse un cuñado suyo a las filas nacionales. Finalmente, el juzgado tomó la decisión de condenar a Rufino a la pena de treinta años de reclusión mayor por un delito de adhesión a la rebelión con la concurrencia de las circunstancias atenuantes de falta de peligrosidad. Esta pena, finalmente fue conmutada a doce años de prisión. Es posible que antes de 1950 ya estuviera en libertad.

De defensor del Alcázar a capitán republicano
Milicianos republicanos disparan al Alcázar / ABC

La historia que vamos a contar a continuación tiene como protagonista a Felix de Ancos Morales, un personaje de lo más oscuro del que no hay casi nada escrito ni en Internet ni en los libros de la Guerra Civil. Hemos podido reconstruir su historia gracias al Sumario 27044 que hay en el Archivo Histórico Militar del Cuartel Infante Don Juan de Madrid.

Natural de Toledo, a Felix de Ancos le sorprendió el inicio de la Guerra Civil siendo militar de profesión y desempeñando el grado de cabo de la Academia de Infantería situada en el Alcázar. En el sumario al que hemos accedido se cuenta que antes de darse a la fuga, Felix había participado varias veces en operaciones consistentes en salir del Alcázar con la intención de buscar víveres para los defensores y sus familias. En una de estas partidas, la del 10 de agosto, fue apresado junto a la Casa de Tordera por unos milicianos que también arrestaron a los cabos José María Flores López y Eladio Román García. Cuenta Felix en su declaración ante la justicia franquista tras la guerra que ante esos milicianos “se hizo pasar por evadido”, siendo trasladado a unas oficinas de la CNT y posteriormente a Madrid.

Una vez en la capital “no le quedó más remedio” que ponerse al servicio de la República prestando servicio de guardia en Correos y en la Fábrica de Armas. Estuvo en una sección en el frente de Algodor marchándose posteriormente hasta Ciempozuelos y más tarde al de Aranjuez. A finales de 1936 estuvo destinado en la 45 Brigada Mixta, ascendiendo a sargento, teniente y más adelante a capitán. Siendo capitán fue sorprendido en octubre de 1938 por las tropas nacionales cuando dirigía una compañía de ametralladoras de la mencionada brigada. Durante su Consejo de Guerra, De Ancos manifestó “no enterarse” de sus ascensos aunque el fiscal que llevó su caso le acusó de haberlos conseguido por actos de guerra contra los nacionales. Un informe realizado por el gobernador civil de Toledo al juez militar que llevó su caso, también señalaba que Felix “facilitó noticias al ejército rojo sitiador” de algunos detalles relacionado con las posiciones franquistas en el Alcázar. Ese informe afirma que coincidiendo con su deserción, “fueron bombardeados los sitios en que se encontraban instaladas las cocinas, el horno de pan y los servicios indispensables para el mantenimiento de la defensa”.

También llegó a manos del juez que llevaba el sumario de Felix de Ancos un informe que le acusaba de haber asesinado a un soldado de su compañía mientras ejercía como capitán del Ejército Republicano. Ese informe decía que el soldado intentaba evadirse a zona nacional.

Teniendo en cuenta todos estos informes desfavorables, el Tribunal Militar que juzgó a Felix de Ancos Morales decidió condenarle a la pena de muerte en mayo de 1939, un mes después de que finalizara oficialmente la Guerra Civil. De Ancos fue procesado por el delito de Traición y Adhesión a la Rebelión Militar por lo que fue ejecutado dos meses más tarde en el cementerio de Aranjuez.

La influencia de un padre en la deserción
Los desertores Fidel Gutiérrez y Patricio González /Cronica

Eladio Román García tenía 20 años al estallar la Guerra Civil. Hijo de un carabinero de Toledo con domicilio en la Plaza de la Zarzuela, al arrancar el conflicto Eladio trabajaba como cabo escribiente en el Alcázar de Toledo aunque estaba estrechamente vinculado con algunas organizaciones de izquierdas como la UGT, organización en la que militaba su progenitor.

Su deserción del Alcázar de Toledo tuvo lugar el 10 de agosto de 1936 y aunque era una persona que se caracterizaba por su sentido del humor, finalmente tomó la decisión de abandonar la plaza ante el continuo requerimiento de su padre. También hemos tenido acceso al sumario al que fue sometido tras la guerra Eladio Román y en él, Rafael Díaz Gómez, teniente Coronel de la Guardia Civil, aseguraba que su deserción se llevó a cabo después de que su “padre, desde el edificio de Santa Cruz de Toledo, le llamó tres o cuatro veces” para que se pasara a zona republicana. Y eso fue lo que hizo precisamente.

En un interrogatorio producido el 21 de febrero de 1940 ante la Policía de Toledo, Eladio explicó detalles sobre su deserción afirmando que nunca tuvo significación política ni sindical y asegurando que en 1934 ingresó voluntariamente en el Ejército:

Al producirse el Glorioso Movimiento Nacional me encontraba en el Alcázar y allí quedé obedeciendo las órdenes de mis jefes hasta que el 10 de agosto de 1936 deserté a las filas rojas. Esto se debió al llamamiento que hizo mi padre, carabinero afecto a la plantilla de Toledo, que desde el edificio de Santa Cruz hizo una alocución al personal de tropa que prestaba servicios en la cuarta cuadra. Accidentalmente me encontré con el cabo Felix de Ancos y con José María Flores, ambos residentes en Toledo y compañeros en el Alcázar. Ellos me dijeron que querían evadirse y marcharse con los rojos porque allí, dentro del Alcázar todos iban a perecer. Me invitaron a pasarme con ellos. Sin pensarlo más y sin darme cuenta de lo que hacía, nos pasamos en la Casa Tordera. Allí nos encontró la parte roja que guarecía el sector y me llevaron hasta la delegación de Hacienda que es donde estaba mi padre. A Felix y a José María les llevaron a la Comandancia Militar”.

Hemos averiguado que a los pocos días de pasarse a zona republicana, Eladio fue admitido gracias a su padre en el Cuerpo de Carabineros, cuerpo en el que ingresó el 18 de agosto de 1936, tan solo ocho días después de huir del Alcázar. La premura por la que fue admitido en los Carabineros se debió a que antes de la guerra, “ya tenía solicitada la instancia” para formar parte de este cuerpo. Fue destinado a El Pardo y a Madrid capital hasta que en 1937 fue enviado a la Comandancia de Castellón, destinándole a la séptima brigada. En su Consejo de Guerra, negó haber participado en “combate alguno” contra los nacionales ya que prestó “siempre” sus servicios como escribiente en las diferentes unidades del Ejército Republicano.

Durante su juicio se produjo una circunstancia un tanto extraña. El juez, antes de dictar sentencia, pidió dos informes sobre Eladio al Comité de Investigación de la Falange en Toledo y al Ayuntamiento de esta ciudad. Mientras que la Falange aseguraba de él que al parecer “era muy apreciado por sus jefes y con buenos antecedentes”, el Ayuntamiento no tenía ni siquiera constancia de que hubiera estado en el Alcázar, inventándose que había actuado como miliciano, prestando servicio en las colas de la barriada de la Puerta de Visagra. Sin embargo, esta institución también decía que Eladio “no era un individuo con malos sentimientos y nunca destacó por hechos de carácter grave”.

Finalmente, en la primavera de 1940, el Consejo de Guerra condenó a pena de muerta a Eladio, sin embargo, no hemos podido comprobar que esta sentencia se llevara realmente a cabo. Si en el caso de Felix de Ancos sí llegamos a ver en su sumario un certificado de defunción tras su fusilamiento, en este último no lo hemos visualizado. Consideramos que la pena de Eladio pudo haber sido rebajada a cadena perpetua ya que no tenía delitos aparentes de sangre e incluso haber obtenido alguna amnistía a finales de la década de los cuarenta. Este término desde www.guerraenmadrid.com no lo hemos podido confirmar. Seguiremos investigando.

Fuentes
  • Archivo Histórico Militar Paseo de Moret. Sumarios: 4179, 26423 y 27044
  • Hemeroteca Nacional. Diario Crónica y el Heraldo de Madrid.
  • Archivo Histórico Nacional. Causa General en Toledo.
  • Diario de Operaciones del General Moscardó.
  • Defensa del Alcázar de Ángel Palomino.
  • El testamento español de Arthur Koestler


sábado, 3 de enero de 2015

Toda la verdad sobre el intento de atentado contra Azaña en 1935

Manuel Azaña en 1936 / La Libertad

Abril de 1935. Un miércoles tarde, la calma que se respiraba en la Dirección General de Seguridad (DGS) se rompió por completo después de la visita de un viejo legionario. Este hombre, llamado Carmelo Ruano, quería hablar inmediatamente con alguno de los responsables de la Policía madrileña para darle a conocer una información que podría cambiar el rumbo de España. Un joven agente llamado Ramón Gargueno, algo desconfiado con el exlegionario, le tomó declaración en la Oficina de Información y Enlace, situada en el segundo piso de la DGS, en plena Puerta del Sol.

La denuncia del legionario Ruano no tenía desperdicio. El ex militar aseguraba que tenía información de primera mano relacionada con un atentado terrorista que pretendían cometer cuatro individuos contra Manuel Azaña en la localidad manchega de Alcázar de San Juan. La declaración de Ruano también afirmaba que la vida de Largo Caballero y Martínez Barrio también podía peligrar ya que había preparados ataques similares contra ellos. La denuncia del posible atentado contra Azaña llegó hasta el despacho de Vicente Santiago, el máximo responsable en 1935 de la Oficina de Información de la DGS, sin embargo, ninguna autoridad judicial decidió investigar el proceso durante los meses posteriores. Tiempo después, todo esto dio un cambio radical.

Un año después de la denuncia de Ruano, en mayo de 1936, los nuevos responsables de la Dirección General de Seguridad decidieron investigar el posible atentado contra Azaña, que ya había sido proclamado presidente de la República. El periódico ABC informó de que el nuevo Comisario General de Policía de Madrid, el señor Aparicio, había tomado cartas en el asunto y dado la orden a sus colaboradores más cercanos de analizar profundamente los datos que se disponían del posible acto terrorista contra la figura de Azaña. ¿Por qué ahora sí se investigaba y antes no? Indiscutiblemente por motivos políticos.

Según recogió la prensa de la época, a la que se filtró parte de la denuncia de Ruano, hubo una persona que por encima de las demás lideró el intentó de atentado contra Manuel Azaña. Periódicos como el ABC informaron que esta persona era Julián Carlavilla, inspector de Policía, que habría adquirido en Barcelona dos rifles y dos pistolas para acometer el ataque contra el actual presidente de la República aunque en 1935 todavía no lo era. Algunas versiones dicen que Carlavilla, en realidad no era inspector sino que era un simple agente aunque otras hipótesis recalcan que su rango era oficial. Junto a él, Ruano había denunciado a otras dos personas como supuestos ayudantes de Carlavilla en la organización del atentado terrorista: el capitán de infantería Manuel Diaz Criado y Eduardo Pardo Reina, abogado y capitán del ejército, ambos destacados antiazañistas y miembros de la UME (Unión Militar Española), la asociación de oficiales que se opusieron a Azaña en su día. Carlavilla también simpatizaba con la UME y aprovechaba la imprenta de un hermano suyo de Guadalajara para imprimir el periódico clandestino de esta organización. 

¿Quién era el policía que quiso asesinar a Azaña?

Julián Carlavilla en 1934
Independientemente de su graduación dentro de la Policía, Carlavilla era un gran especialista de la investigación criminal. En la dictadura de Primo de Rivera se dedicó a investigar robos de joyas al frente de la sección volante de la Unidad de Ferrocarriles de la Policía. También combatió al tráfico de personas y a los embarques clandestinos de individuos que pretendían salir de España por mar sin notificarlo a las autoridades españolas ya que tenían alguna pena pendiente con la justicia. Cuentan también que evitó atentados de anarquistas contra el propio Primo de Rivera y los Reyes de España antes de la República y que llegó a ejercer, muy a su pesar, como jefe de la escolta de Largo Caballero al que pudo haber salvado la vida en un tiroteo.

Sin embargo, pese a llevar a cabo todas estas operaciones policiales, Julian Carlavilla empezó a coger prestigio en su lucha incansable contra el comunismo y la masonería en España. Él mismo fue el encargado de poner entre rejas a a los responsables de intento de golpe de estado contra Primo de Rivera en 1929: fruto de sus investigaciones fue detenido el político Sánchez Guerra, así como varios oficiales de artillería. El método que utilizaba para realizar sus averiguaciones era la infiltración. Carlavilla se hacía pasar por comunista y aprovechando su carácter abierto se ganó la confianza de muchos “camaradas” qué le suministraban informaciones de gran valor. Gracias a su trabajo como infiltrado pudo averiguar algunos datos sobre Manuel Azaña que en 1930 era presidente del Ateneo. Sobre el que fue presidente de la República, Carlavilla le acusó directamente de ser homosexual: “Cierto día de otoño de 1930 en un habitáculo estrecho del Ateneo se produjo un escándalo mayúsculo. Azaña se propasó con cierto jovenzuelo muy revolucionario a la sazón. Sufrió un error pues el joven le abofeteó y salió escandalizado llamándole el calificativo que vulgarmente le correspondía”. Obviamente esta era la opinión de Carlavilla. Desde www.guerraenmadrid.com no podemos confirmar ni desmentir este dato.

El hombre de confianza de Mola

Aunque el golpe de estado contra Primo de Rivera no se pudo llevar a cabo, casi un año después su gobierno cayó. Su sustituto fue el general Dámaso Berenguer quién nombró Director General de Seguridad a Emilio Mola el 12 de febrero de 1930. Fue precisamente Mola el que se volcó de lleno en la lucha contra el comunismo creando la 'Sección de Investigación Comunista', sección en la que Carlavilla jugó un papel muy importante.

Paralelamente a su trabajo como policía anticomunista, Carlavilla se volcó con otra de sus pasiones, además de la investigación policial: la litetatura. En 1932 publicó, bajo el seudónimo de Mauricio Karl, el libro 'El Comunismo en España' un libro muy crítico con el Partido Comunista y con todos los movimientos “revolucionarios” de la época. En apenas un mes el libro se convirtió en todo un éxito y se agotó de las principales librerías de Madrid y Barcelona. La prensa de la época, en diferentes artículos que hemos encontrado en diarios como Epoca, ABC o el Sol, se preguntaban realmente por la verdadera identidad de Mauricio Karl. 

Libro escrito por Carlavilla con el seudónimo
de Mauricio Karl / Filosofia.org

En 1934, Carlavilla volvió a publicar otro libro que no pasó ni mucho menos desapercibido: 'El enemigo: marxismo, anarquismo y masonería'. En esta ocasión, el libro era mucho más duro y acusaba con nombres y apellidos de ser masones a personas de mucha relevancia social, circunstancia esta que le granjeo graves problemas, entre otros, la querella por injurias por parte de Francesc Cambó. La Justicia terminó dándole la razón a Cambó por lo que Carlavilla tuvo que retirar los ejemplares que quedaban a la venta, circunstancia esta que le irritó especialmente y que le hizo escribir una carta como indignado al director del periódico 'El siglo futuro'.

Inmerso en esta polémica con Cambó y generando un revuelo impresionante en la sociedad, llegamos al año 1935. Todavía siendo miembro de la Policía, el nombre de Carlavilla apareció en la denuncia efectuada por el legionario Ruano quién le acusaba directamente de estar preparando un atentado terrorista contra Manuel Azaña. Por estas circunstancias, nuestro protagonista fue expulsado de la Policía y estuvo a punto de ser detenido por las autoridades. Esta circunstancia le obligó a salir precipitadamente de España. En un sumario policial que hemos encontrado en el Archivo Histórico Nacional, un compañero suyo relata su huida aseverando que tuvo que marcharse por el tejado de su vivienda tras tener conocimiento de que se iba a producir un registro en su vivienda. Sabemos, por lo tanto, que en 1935 se marchó a Portugal por temor a posibles represalias.

Los detalles del atentado frustrado contra Manuel Azaña

En 1935 la situación que se vivía en España era irrespirable. Se había gestado una división social y política que hacía presagiar lo peor. En la calle eran constantes los enfrentamientos entre falangistas y militantes de los partidos de izquierdas. Además, el anticlericalismo crecía por momentos. Entre los exaltados de derechas había un enorme resquemor contra figuras políticas como Azaña o Largo Caballero. Por eso, no era de extrañar que un grupo de radicales quisiera atentar contra Azaña tal y como relataba el diario ABC de 1936.

Este diario apuntaba directamente al inspector Carlavilla como el artífice o responsable de la organización del ataque. Contaba que había reclutado a cuatro hombres con los que se solía ver en la calle de la Bolsa de Madrid, esquina con Carretas, para preparar el ataque. Carlavilla solía acudir a estos encuentros con un bigote postizo que se había comprado en una tienda especializada en teatro, con un sombrero gris y unas gafas postizas. Estos individuos eran el capitán de Infantería Manuel Diaz Criado, el abogado y capitán de complemento Eduardo Pardo Reina y el legionario mencionado anteriormente Carmelo Ruano. El secretario de Carlavilla en la Policía, al parecer, pagaba 75 pesetas a cada uno de los miembros del comando que quería atentar contra Azaña.
Noticia publicada en ABC en el año 1936

Otro de los lugares en los que se solía ver el grupo era un hotel situado en la Carrera de San Jerónimo. El capitán Diaz Criado había alquilado una habitación en la que se celebraron un par de reuniones. Fue en uno de esos encuentros cuando Carlavilla conoció a Carmelo Ruano: Diaz Criado se lo había presentado como “ferviente anti izquierdista”. El inspector de Policía desconfió desde el principio y a los diez días decidió expulsarle del plan por “no ser un tipo decidido”. Esta expulsión pudo ser determinante para que Ruano decidiera denunciar ante la DGS a Carlavilla y al resto de organizadores del atentado.

Tras ser expulsado el legionario Ruano, Carlavilla y Diaz Criado tuvieron que reorganizar la célula terrorista que pretendía atentar contra Manuel Azaña y fue entonces cuando pensaron que el ataque lo tenían que efectuar “jóvenes que estuvieran realmente convencidos”. La prensa de la época contaba que el grupo había adquirido un vehículo para desplazarse desde Madrid hasta Alcázar de San Juan, lugar elegido para el atentado y escenario en el que Azaña iba a celebrar un mitin político. Además, se realizaron gestiones con algunos escoltas de Azaña para que estos “dieran facilidades para la realización del atentado”. La idea era tirotearle desde el vehículo recién adquirido, justo antes de que este empezara su discurso. Carlavilla y Pardo Reina llegaron a viajar en una ocasión hasta Alcázar de San Juan para preparar el atentado que iba a tener lugar en la Plaza del Ayuntamiento. Los autores del atentado habían programado enviar, una vez producido el ataque, un mensaje por telegrama a los otros miembros del comando con un lenguaje convenido: en el caso de asesinar a Azaña tendrían que telegrafiar a sus compañeros diciendo: “Mamá grave”.

Pese a tenerlo todo muy bien orquestado y después de haber preparado sobre el terreno el ataque, el atentado contra Azaña no se pudo llevar a cabo, ya que el político de Alcalá de Henares finalmente no se desplazó hasta Alcázar de San Juan. El mitin se suspendió como consecuencia de las inclemencias metereológicas.

Las detenciones

Como se ha dicho antes, las detenciones contra los presuntos instigadores del atentado contra Azaña no se produjeron hasta mayo de 1936, fecha en la que ya había entrado en el Gobierno el Frente Popular. Las fuerzas de seguridad registraron el domicilio de Carlavilla situado en la calle victoria de Madrid pero no le encontraron allí ya que había huido meses antes a Portugal.

Sus dos colaboradores más estrechos si fueron detenidos al igual que otros agentes de Policía que actuaron como cómplices en la huida de Carlavilla a Portugal. Pardo Reina ingresó en la cárcel Modelo de Madrid mientras que Díaz Criado ingresó en la prisión de San Antón. El resto de colaboradores del comando también fueron detenidos, destacándose a continuación los nombres de los presuntos cómplices que publicó la prensa de la época: Gustavo Villar de la Riba, estudiante de 25 años que fue secretario de Carlavilla, Francisco Horacio Iglesias, agente de Policía, Digno Fuertes Galindo, agente de Policía, Juan Antonio Escobar Raggio, agente de Policía y Demetrio Lancho Sánchez, civil que también iba a participar activamente en el atentado. Así mismo, tanto Carlavilla como una persona llamada Eroles (un joven que también tenía previsto ser parte activa del atentado) se encontraban en paradero desconocido.

¿Qué sucedió con los protagonistas del atentado frustrado?

Como se ha dicho, el inspector Carlavilla se marchó precipitadamente a Portugal en el año 1935. En esta época pudo entablar relación con Sanjurjo, aunque este término no lo hemos podido confirmar y es solo una suposición. Su vida durante la Guerra Civil Española fue un auténtico misterio aunque hay algunas versiones que pueden darnos algo de luz.

En la web javcus.es hemos encontrado algunos datos que no tienen desperdicio sobre Carlavilla durante la Guerra Civil. Se cuenta, tras recoger sinfín de testimonios muy bien documentados, que participó en el intento de liberación de José Antonio Primo de Rivera en el otoño de 1936, antes de que éste fuera fusilado en una cárcel de Alicante. Al parecer nuestro hombre estaba muy bien valorado en Burgos por su buena relación con el General Mola, el Director del golpe del 18 de julio. Este le podría haber encargado la operación de liberar a José Antonio en compañía de nueve falangistas que se desplazaron hasta Alicante posiblemente en un submarino alemán.
A la derecha, con gafas, el abogado Pardo Reina / Memoria de
Cádiz


Carlavilla, que no estaba muy convencido con el plan, se negó a participar en “aquella locura”, descubriendo posteriormente que uno de los falangistas estaba dispuesto a delatarle en el caso de que las autoridades republicanas descubrieran el complot. Al final Carlavilla no participó en el rescate mientras que ocho de los nueve falangistas fueron detenidos. El único que pudo salvarse fue un chico llamado Agustín Aznar, que años después tendría cierto peso en la Falange y que había sido campeón de Castilla de Lucha Greco-Romana.

Después de la guerra ejerció como Policía hasta pedir una excedencia durante diez años en los que viajó por toda Europa. Durante la Guerra Mundial se cuenta que visitó incluso algún campo de concentración de los nazis. Después, volvió a la Policía donde se retiró como Comisario. Siguió publicando libros anti comunistas y anti masónicos. Murió en los ochenta a los 86 años.

Pardo Reina, otro de los protagonistas en el atentado frustrado contra Azaña estuvo unos meses en la cárcel Modelo de Madrid aunque sin saber muy bien como consiguió pasarse hasta zona nacional. Estuvo en Valladolid durante la guerra y se mostró especialmente crítico con las ejecuciones sumarísimas del bando franquista, circunstancia ésta que le hizo entrar en la cárcel.

Antes del atentado contra Azaña había ejercido como abogado defensor del capitán de la Guardia de Asalto Manuel Rojas, uno de los responsables en la represión de los sucesos de Casas Viejas en 1933. Este capitán tuvo un proceso judicial contra Manuel Azaña al que acusaba de haber dado orden de disparar sin piedad contra los anarquistas que se habían levantado en armas. Rojas acusaba a Azaña de haber dicho: “Ahora vaya y diga a sus hombres que rechacen los ataques y que nada de hacer prisioneros ni heridos. Tiros a la barriga. Nada más”.

Otro atentado frustrado contra Azaña

La historia que vamos a contar a continuación es completamente distinta a la anterior. La hemos descubierto en un sumario de la Causa General y está fechada en la cárcel de El Pardo el 28 de enero de 1938.

Nuestro protagonista es un hombre llamado Paulino Sánchez Moreno, publicista de 56 años que se encontraba detenido en esta cárcel acusado de ser desafecto al régimen. Para demostrar al Juez Militar que le interrogaba que era afín a la República, Paulino decidió contarle que gracias a él, en el año 1932 evitó un atentado contra Manuel Azaña cuando éste era Presidente del Gobierno y Ministro de la Guerra. 
Sumario contra Paulino Sánchez Moreno ( Causa General)

En su declaración relata que en ese año 1932 informó a su amigo, el General Manuel Romerales (que sería fusilado en Mililla en el verano de 1936 por las tropas franquistas) de que había escuchado una conversación “aterradora” en un café de Madrid. Al parecer unos individuos estarían preparando en ese café un atentado contra Azaña. Romerales, inmediatamente se puso en contacto con Hernández Saravia, jefe del gabinete militar de Azaña quién le instó a seguir haciendo averiguaciones para concretar el asunto. Le encomendaron, por lo tanto a Paulino que siguiera indagando en días sucesivos en este café.

Quince días después Paulino entregó dos cuartillas de papel a Romerales con información detallada del posible atentado que supuso la detención de al menos cuatro personas. Por este motivo, nuestro protagonista recibió un agradecimiento oficial del Presidente del Gobierno y de su amigo Romerales.




Fuentes consultadas

- Archivo Histórico Nacional
- Causa General: sumario contra Paulino Sánchez Moreno
- Revista Hibris, Eduardo Connolly
- Hemeroteca Nacional
- Hemeroteca ACBC
- Web Javcus.es


jueves, 1 de enero de 2015

Así se fugó de Madrid el Regimiento de Transmisiones de El Pardo

Convoy del Regimiento de Transmisiones en la guerra

Juan Cervantes Martín y Francisco Aznares Barrena hablaban en un rincón de un calabozo habilitado en el Ministerio de la Guerra en los último días de julio de 1936; ambos, soldados de cuota haciendo el servicio militar en el Regimiento de Transmisiones de El Pardo, reflexionaban sobre su vida en los últimos tiempos. Los dos se encontraban presos en esos momentos en el Palacio de Buenavista de Madrid. La vista que contemplaban ahora, con una luz tenue y paredes oscuras, era distinta de la que tenían desde su litera en el Regimiento: la fachada principal de aquél hermoso Palacio de El Pardo difuminada entre la fronda arbórea de sus jardines.

Cervantes y Aznares, sin experiencia de guerra, habían sido hecho prisioneros en una avanzada de las tropas republicanas en el Alto del León el día 27 de julio, sin saber siquiera en qué bando luchaban; ambos estaban enrolados en la Sección que dirigía el Teniente Luis Díez-Alegría y no habían oído las órdenes de retirada de sus oficiales; sin siquiera saber qué ideales habían abrazado ni prever las consecuencias a la que los acontecimientos recientes les habían llevado, fueron cercados por unos milicianos que rápidamente tras desarmarlos les llevaron a la retaguardia republicana. De familias humildes y escaso bagaje cultural, obligados por la necesidad familiar a dejar la escuela y trabajar a temprana edad, estaban realizando el servicio militar en el Regimiento de Transmisiones y habían aprendido que en la milicia la órdenes no eran discutidas, sino cumplidas.

En esos momentos, aquellos jóvenes soldados no imaginaron siquiera el futuro de su Jefe, aquél joven Teniente Luis Díez-Alegría, que llegaría a ostentar con el tiempo los cargos más importantes del Ejército siendo el Teniente General más joven de la historia militar española y tachado por los conservadores más radicales, durante el mandato de Franco, como un general demasiado progresista tal vez influido por las ideas de su hermano el Padre Jesuita Diez-Alegría.
Luis Díez-Alegría como Teniente General. Era Teniente
en el Regimiento de Transmisiones


Los dos soldados en su celda, empezaban a explicarse muchas de las cosas que ocurrieron en el Regimiento desde el mes de abril de 1936 cuando se produjo la muerte de un Alférez de la Guardia Civil y los sucesos que tuvieron lugar en su entierro. Desde aquél momento los Oficiales del Regimiento frecuentaban con más asiduidad el Cuartel, realizaban más actividades lúdicas con sus soldados, mantenían frecuentes reuniones en el Cuarto de Banderas y cambiaban de conversación o callaban cuando algún suboficial o soldado se acercaba a ellos. Cervantes recordaba como después de dicho entierro transportó junto a otros compañeros diversas estaciones radiotelegráficas, receptoras y transmisoras y también ópticas, comunicándose con todos los cuarteles de Madrid y sus cantones. Pasado aproximadamente un mes las retiraron, pero días antes del inicio del movimiento poco más o menos a raíz de la muerte de Calvo Sotelo, volvieron a reinstalarse en diversas Unidades agregando al mismo tiempo a un Suboficial u Oficial a cargo de dicha estación.

La preparación de la Sublevación Militar

Ya desde las elecciones de febrero de 1936 empezaron los trabajos preparatorios de la sublevación militar en la unidad, enlazando por medio del Capitán Luis Anel Urbez con otras unidades de Madrid, el cual daba cuenta de todo al Comandante Enrique Gazapo Valdés y éste a su vez al Jefe del Regimiento el Coronel Juan Carrascosa, por la parte que pudiera interesarle, teniendo en cuenta el puesto que tenía y dado su entusiasmo por un levantamiento que pusiera fin al estado de subversión existente. La compenetración de los Jefes y Oficiales del Regimiento con la idea del alzamiento era total, solo a algunos izquierdistas como los capitanes Bugalló Orozco y Cistué De Castro se les obligó a coger el permiso durante el mes de julio no presentándose cuando se dio la orden de acuartelamiento de todas las unidades. El Capitán Bugalló fue fusilado por los nacionales en Pontevedra donde se encontraba de permiso de verano. Otros más indefinidos con la sublevación como el Teniente Coronel, Segundo Jefe del Regimiento Hernández Vidal y el Comandante Leandro García, días antes del alzamiento se comprometieron totalmente con éste al poco tiempo de dar comienzo.

Aunque comprometidos con el sublecación en Madrid, los Jefes y Oficiales del Regimiento de Transmisiones intentaban ocultar su compromiso con la finalidad de evitar suspicacias tanto en el Regimiento, por parte de los suboficiales y tropas, como en la propia localidad de El Pardo así como en otras instancias militares superiores. Precisamente, por esta circunstancia organizaban competiciones y festejos de hermanamiento con otras unidades para aprovechar la ocasión de contactar con oficiales con ideas afines. Semanas antes del acuartelamiento de las unidades con ocasión del levantamiento de África, ya muchos oficiales se acuartelaban o como en el caso del Regimiento de Transmisiones, con la complicidad de guardas del Monte de El Pardo, se acuartelaban en las casas de guardería próximas a su unidad, para evitar alertar prematuramente el momento de inicio.
Uno de los accesos del Regimiento de Transmisiones

Era tal el deseo de mostrarse activos y deseosos de iniciar algún tipo de actividad que ya en la tarde del 16 de julio se reunieron varios Oficiales con el propósito de asaltar el Palacio de La Quinta, lugar de residencia accidental de Azaña, presidente de la República, ya que sabían (gracias al Teniente de la Guardia Civil de El Pardo) con qué fuerza de protección contaba así como la distribución de la misma. Sin embargo, cuando este puñado de oficiales propusieron esta idea a la superioridad, finalmente les fue denegada la autorización, como al día siguiente también le denegaron la autorización para secuestrar a Largo Caballero con ocasión de la visita que éste realizó al Regimiento para ver a su hijo Luis que realizaba allí el servicio militar.

¿Por qué no triunfo el alzamiento en Madrid?

Algunas semanas antes el Comandante Enrique Gazapo comenzó a adquirir protagonismo enlazando y relacionándose repetidas veces con el General García de la Herranz, el cual incluso le visitó varias veces en su domicilio, y le diría, según declararía dicho Comandante en la Causa General, que tomaría el mando en Madrid para posteriormente indicarle que lo haría en provincias como lo hizo el General Saliquet en Valladolid. Finalmente el día 19 el General García de la Herranz llamó por teléfono al Comandante Gazapo comunicándole que había tomado el mando y que estuviera el Regimiento de Transmisiones preparado: de hecho el día 19 por la tarde en conversación telefónica que mantuvieron, el General García de la Herranz le encargó la misión de salir con el Regimiento y abrir el cerco del cuartel de la Montaña que estaba asediado por las milicias; el Comandante Gazapo le hizo ver que solo tenían fusiles y que en tales condiciones no podía salir, replicándole el General que si estaría dispuesto a salir en el caso de que le mandara una escuadra con ametralladoras y fusiles ametralladores, a lo que el declarante repuso pidiéndole un plazo para responder, comunicándole posteriormente que no estaban en condiciones de librar del cerco al Cuartel de la Montaña, tras consultar con el Coronel Carrascosa.

Tal vez una de las causas por las que el Movimiento no triunfó en Madrid fue por la falta de una cabeza dirigente con la categoría de General que se erigiera en el líder de este alzamiento, dado que todos los preparativos los llevaban un Comité de Coroneles, que comunicaban con Generales como Mola y Goded los cuales se encontraban fuera de la capital. En Madrid nunca se supo si el Jefe del Movimiento sería el General Fanjul, el General Villegas o el General García de la Herranz, como se demostró una vez fracasado el intento de levantamiento, tal vez porque este Comité de Coroneles no logró convencer totalmente a un General de prestigio.
Regimiento de Transmisiones de El Pardo


Recibida la orden de acuartelamiento se incorporaron todos los efectivos al Regimiento esperándose las instrucciones de Madrid, donde se rumoreaba que estaba una de las Jefaturas del Movimiento. Ya desde el 18 de julio se procedió a desarmar por parte de elementos del Regimiento de Transmisiones de El Pardo a las milicias del pueblo y a retirar todas las armas que habían acumulado en la Casa del Pueblo de la localidad; este hecho comunicado el día siguiente por las Milicias y el Alcalde de El Pardo al General Riquelme, que había sustituido en la División al General Miaja en esos días de confusión, confirmó a las Autoridades Militares leales que el Regimiento de Transmisiones estaba sublevado. El General Riquelme el día 20 de julio conminó a la obediencia y a que se devolviera el armamento a las milicias armadas por el Gobierno.

Desde el Regimiento no se tenía comunicación con Madrid y además los Oficiales, viendo desde el monte de El Cristo de El Pardo los bombardeos que se producían en la capital, llegaron a la certeza la tarde del día 20 de julio de que la sublevación en Madrid estaba fracasada y no se podía hacer nada útil dada la carencia de material de fuego (sin ametralladoras ni artillería, solo fusiles). Desde ese momento empezaron a planear unirse a las fuerzas nacionales dirigiéndose hacia Segovia. El detonante último para poner en marcha dicho plan fue la llamada del Comandante Fernando Peña, recientemente nombrado Jefe de Transmisiones del Ministerio de la Guerra, indicándoles que era preciso tomasen una actitud decidida de adhesión al Gobierno, dado que ya se habían rendido el Campamento, los Cantones y el Cuartel de la Montaña.

La huida de Madrid en dirección zona nacional

Decidida la partida de El Pardo hacia zona nacional, el Teniente Coronel Hernández Vidal reunió a los Oficiales primero y después a los Suboficiales indicándoles la decisión tomada, diciéndoles que se declaraban partidarios de los sublevados y que debían partir inmediatamente pues corrían el riesgo de ser bombardeados por la aviación y la artillería afines al Gobierno, decisión de la que todos fueron partícipes. Al mismo tiempo los Capitanes de Compañías esa tarde del día 20 lo comunicaron a sus subordinados y le entregaron el armamento, la dotación correspondiente de munición y los cascos, procediéndose al repostaje de las camionetas.

A las tres de la madrugada del día 21 de julio, los soldados fueron despertados en sus dormitorios y sobre las cuatro de la mañana se inició la marcha nombrándose como director del convoy abriendo la marcha el Comandante Martínez Maldonado. El itinerario que tomó el Regimiento de Transmisiones de El Pardo en su huida de Madrid fue el siguiente itinerario: El Pardo, Torre de la Parada, Goloso, salida del monte de El Pardo por la portillera que da acceso a la carretera de Colmenar, cruzar este pueblo, Hoyo de Manzanares, Torrelodones, Villalba, Puerto de Navacerrada y La Granja. Durante todo el itinerario sufrieron múltiples incidencias y paradas. El convoy incluso llegó a ser detenido en más de una ocasión por grupos de milicianos que todavía no eran conscientes de que el Regimiento se encontraba sublevado, para ello utilizaron excusas como la de ser unidades que iban a guarnecer el frente en la Sierra de Guadarrama e incluso dando vivas a la República, al Frente Popular y saludando con el puño en alto.
Convoy militar durante la Guerra Civil

En Colmenar la carretera estaba cortada con troncos de árboles y custodiada por un numeroso grupo de milicianos, consiguiendo el Comandante Martínez Maldonado que abría la caravana convencerles, alegando que marchaban al Puerto de Navacerrada por orden del Gobierno para ocuparse de su defensa. En vista de lo cual, los milicianos quitaron los troncos a pesar de que el Alcalde les dijo que consultaría con Madrid. Finalmente, les dejó seguir.

El último escollo lo encontraron poco antes de llegar a la cota del puerto de Navacerrada, ya ocupado por grupos de milicias que esperaban la anunciada llegada de las tropas del General Mola, indicando la avanzadilla del Regimiento de Transmisiones y concretamente el Comandante Martínez Maldonado que ellos iban por orden del Gobierno a ocupar por sorpresa la población de La Granja de San Ildefonso que estaba en poder de los nacionales; a las milicias le sorprendió las indicaciones del Comandante Maldonado dado que ellos tenían la orden, y para ello había nombrado a un delegado (por orden el Gobierno) que era un Comandante de Ingenieros llamado Valencia. También se había desplazado un Teniente de artillería para volar el puente de la Venta de los Mosquitos, situado unos metros después de las curvas de las siete revueltas antes de llegar a La Granja lugar donde se establecería las líneas defensivas. Como quiera que estas órdenes parecían contradictorias el Comandante Maldonado comunico al Jefe de las Milicias que tomarían La Granja y una vez realizado esta acción de guerra mandarían un enlace para comunicárselo con la contraseña “ASTURIAS Nº 1” que era la imperante aquél día en la zona leal de Madrid, contraseña que fue determinante para dejarles pasar. Pese a todo, una patrulla de milicianos se encargaría de vigilar el final del convoy.

Pasada la pradera, el Coronel Carrascosa se adelantó en un coche ligero para explicar a las fuerzas de la Guardia Civil, que había en La Granja, la situación y evitar así el derramamiento de sangre. La dotación de la Benemérita en esta localidad recibió con gran júbilo al Regimiento, al igual que los ciudadanos que muy rápidamente se echaron a la calle. Después, el Regimiento esperó la llegada de las autoridades de Segovia con las que acordaron, una vez llegadas al lugar, mantener una guarnición en la localidad y el resto del Regimiento dirigirse hacia Segovia para incorporarse a las fuerzas que se dirigirían a Madrid.

Muertos del regimiento durante la fuga: un camión perdido

Esta exitosa fuga para los nacionales tuvo un incidente de cierta relevancia. Ya desde el inicio de la marcha en la localidad de El Pardo, uno de los camiones que componían el convoy tuvo problemas según relató uno de los supervivientes, el sargento Cipriano Fernández Gordo. Era el último de los camiones que cerraría la marcha de la caravana, en el que marchaba este Sargento y que era mandado por el Capitán Salas Gabarret y los Tenientes Barcena de Castro y Arbex Gussí. Allí también estaban montados los últimos soldados que habían estado realizando la Guardia de las instalaciones del Regimiento, un total de 29 personas. A unos quinientos metros de iniciado el recorrido, se rompió el embrague de este camión averiándose, siendo preciso sustituirlo mientras el grueso de la expedición seguía su marcha. El Teniente Sánchez Aguiló que desempeñaba la función de jefe de automovilismo y marchaba en una motocicleta, trasladó con ésta inmediatamente a un chófer para que condujera otro camión existente en el Regimiento y recogiese a los ocupantes para reiniciar la marcha.
Camión militar llegando a un pueblo serrano de Madrid

Pero la suerte para esta pequeña guarnición iba a ser distinta. Ya antes de llegar al pueblo de Colmenar sufrieron varios tiroteos con milicianos que iban en vehículos ligeros y camiones en dirección a Madrid, y al llegar a Colmenar Viejo se encontraron, como el grueso de la expedición, la carretera cortada por árboles. Se enzarzaron en un tiroteo con unos milicianos que custodiaban la carretera, logrando pasar la camioneta y no haciéndolo el vehículo. Reorganizada la fuerza pasado el obstáculo al final del pueblo con algunos heridos continuaron la marcha equivocando el itinerario y en lugar de tomar dirección Hoyo de Manzanares lo hicieron dirección Manzanares del Real, tomando una carretera que finalizaba en la Presa de Santillana.

A las nueve de la mañana del 21 de julio de 1936, perseguidos por los milicianos y llegados a un punto donde continuar con el camión era imposible, el Capitán Salas ordena abandonar el vehículo y dirigirse hacia el cerro denominado Cabeza Illescas frente a la presa: un Capitán, tres Tenientes, un Sargento, tres Cabos y 19 soldados se desplegaron por el pequeño cerro aprestándose para la defensa. Solo faltaban de los que iban en la camioneta retrasada, el chófer herido (al que dejaron en una casa junto a la presa) y un cabo que había muerto en el tiroteo de Colmenar.

A las 13 horas observaron la llegada de gente armada iniciándose el combate; poco a poco, el pequeño grupo perdido del Regimiento de Transmisiones de El Pardo iba siendo rodeada por el enemigo. Los supervivientes tomaron la decisión de replegarse hasta una pequeña casa de labranza , en la cual entraron gravemente heridos los tenientes Bárcenas y Sánchez Aguiló. La casa fue rodeada y atacada por milicianos. El combate daba a su fin con el Capitán Salas y el Teniente Arbex saliendo a la desesperada de la casa haciendo fuego con sus pistolas. Se cuenta que los dos murieron matando. Algunos de los soldados supervivientes, dispersos por el cerro y agotadas sus municiones, se entregaron a los milicianos.Al final de la guerra al Capitán Salas Gabarret le fue concedida la Medalla Militar Individual, así la Medalla Militar colectiva les fue conferida a las 1ª y 2ª Compañías de componentes del Regimiento de Transmisiones por su participación en la defensa del Alto del León y a la 13ª Compañía de elementos del Regimiento de Transmisiones por su actuación en la campaña de la 13ª División.

Fuentes consultadas:

- Archivo Histórico Nacional (AHN)
- Causa General
- Hemeroteca Nacional (Diario Crónica, Mundo Gráfico y El Sol)
- Archivo Histórico Militar (AHM)