domingo, 31 de mayo de 2015

El militar que sobrevivió a un campo de concentración republicano

El comandante Martínez Friera de joven
El mes de enero de 1938 fue sin lugar a dudas el más frío de la Guerra Civil. Durante varios días las calles de Madrid estuvieron intransitables como consecuencia de las fuertes nevadas que habían caído en la capital, en la que tan solo circulaban unos pocos vehículos militares, ambulancias y algún camión de suministro. Aunque el mal tiempo frenó ligeramente los bombardeos sobre Madrid, en la ciudad no se respiraba el ambiente festivo y de euforia de 1937 cuando el Frente Popular y los madrileños consiguieron frenar el avance franquista.
En el número 21 de la calle Zurbano se levantaba un imponente palacete propiedad de la Condesa de Santa María de Silla pero que le había alquilado al gobierno de Turquía para que estableciera en Madrid su embajada. Desde casi el inicio de la guerra, la legación otomana practicó el asilo diplomático, refugiando en su interior a un centenar de personas de la nobleza, militares o simplemente simpatizantes de las derechas que se sentían perseguidos por el gobierno de la República.
Entre aquellos refugiados en la embajada de Turquía se encontraba Joaquín Martínez Friera, un conocido abogado de Madrid y comandante de caballería que había decidido esconderse allí por miedo a ser asesinado por las turbas descontroladas. Pese a haber sido nombrado en febrero de 1936 ayudante del mismísimo General Masquelet (héroe en el asedio de la capital en la guerra), tomó la decisión de dejar su casa en el número 3 de la calle Ayala por sentirse amenazado: antes de la contienda también había sido juez militar permanente de la Primera División Orgánica, lo que le había granjeado muchos enemigos.
Una carta inédita
La figura de Martínez Friera no hubiera centrado especialmente nuestra atención de no habernos encontrado con una carta escrita de su puño y letra en la que describe la pesadilla que vivió en sus propias carnes durante la guerra. En esta carta, narra en primera persona como fue su encierro en la embajada para hablar posteriormente como fue asaltada por la República esta legación turca la tarde del 28 de enero de 1938, su posterior detención, el traslado a Barcelona y su supervivencia en un campo de concentración comunista en la provincia de Lérida.
Embajada de Turquía en Madrid
Durante la tarde del 28 de enero de 1938, mientras se celebraba una boda entre dos refugiados en la embajada de Turquía, agentes del Servicio de Información Militar (SIM) de la República irrumpieron en el edificio violando de esta manera el derecho internacional de “asilo diplomático”. Con la excusa de que habían escuchado unos disparos en el interior de la legación, los agentes reventaron las dos puertas de acceso a la embajada y pistola en mano se adentraron por los salones y pasillos del edificio.De la siguiente manera Martínez Friera narró aquellos hechos:
"El 28 de enero de 1938, con el pretesto de que desde el interior se habían disparado unos tiros, fue asaltada la legación por un gran número de policías pertenecientes a la organización SIM, los cuáles pistola en mano nos hicieron detener"

Muchos lectores se preguntarán qué le había llevado a la República a asaltar una embajada, perfectamente identificada y que había sido neutral desde el inicio de la guerra. ¿Por qué quería el SIM atacar la soberanía de un país que interesaba a los republicanos por el hecho de que el Golfo del Bósforo era una importante línea de abastecimiento de material que llegaba de la Unión Soviética? La respuesta es muy clara. Por un lado pretendían arrestar a casi 60 oficiales del Ejército que estaban cerca de ser evacuados fuera de la España republicana para combatir, seguramente del bando franquista. Y por el otro, también buscaban arrestar a dos quintacolumnistas muy importantes que se encontraban alojados dentro de la embajada.
Más de cien personas fueron detenidas por el SIM y trasladadas hasta su sede en Madrid que estaba situada en el Ministerio de la Marina, cerca de Cibeles. Enn una declaración tras el conflicto de Ángel Pedrero, jefe del SIM del Ejército del Centro, Martínez Friera era “uno de los detenidos más interesantes”. Tras ser interrogados (sobre todo los militares), fueron trasladados hasta el Ministerio de la Guerra, en cuyos sótanos se habían habilitado un gran número de celdas provisionales. Allí algunos de los detenidos sufrieron maltrato físico y psicológico hasta que el 16 de febrero, en varios camiones, fueron trasladados primero hasta Valencia y luego hasta Barcelona. 
Carta redactada por Martínez Friera
Los detenidos en el asalto a la embajada de Turquía, entre ellos Martínez Friera, pasaron unas semanas en el Buque Prisión Villa de Madrid, en pleno Puerto de la ciudad catalana. Nuestro abogado y militar recordaba con una angustia muy especial los bombardeos que realizaba la aviación italiana, a muy baja altura, a toda la zona portuaria. Ningún proyectil impactó contra el buque prisión, pero cada bomba "hacía retumbar" la nave".
La vida en un campo de concentración republicano
El 13 de mayo, Martínez Friera y otros prisioneros que habían sido detenidos en el asalto a la embajada de Turquía fueron trasladados hasta Montjuic donde se había establecido, en el Pueblo Español, una especie de cárcel en la que se hacían trabajos forzados. Nuestro comandante de caballería permaneció allí hasta el 9 de junio de 1938, fecha en la que fue llevado junto a un grupo de presos al Campo Trabajo Nº 5 de la República, situado en Ogern (Lérida). Era una especie de campo de concentración al puro estilo soviético (gulag) en el que se encerraban a prisioneros “derechistas o del POUM” para aliviar de presos las cárceles y barcos-prisión de Barcelona.
El Campo de Trabajo de Ogern estaba situado en el pequeño pueblo de Lleida que lleva el mismo nombre y contaba por aquel entonces con 200 habitantes. Un escritor de la zona llamado Jordi Cardona escribió recientemente un libro llamado 'Camí de l´infern' en el que relataba las duras condiciones de vida de los presos que estaban recluidos al igual que Martínez Friera en Ogern:
“Su estructura se parecía mucho a la que más adelante tendrían los campos de concentración nazis. Los presos llegaron a Ogern en pésimas condiciones de salud, parecían cadáveres andantes y tuvieron que trabajar 18 horas seguidas para construir los barracones. Más adelante se creó otro barracón. En total había unos 3.000 presos”. 
Con la excusa de construir una carretera entre La Bassella y la Seu d´Urgell, los guardianes del SIM obligaban a trabajar a los presos en pésimas condiciones y sin apenas alimentos. En la carta a la que hemos tenido acceso, Martínez Friera cuenta que los reclusos tenían que dormir en suelos de mármol, ladrillo o hierro y que pronto empezaron a causar “bajas de mortandad”. “Las continuas colitis hicieron estragos, la avitaminosis ingresaba apareciendo las llagas, ulceradas imposibles de curar, llenándose de gusanos. La sarna era corriente y lo que más hacía padecer era la hemeralopia o ceguera continua por las graves consecuencias que el individuo padecía”.
Imagen actual de Ogern en Lleida
Tras permanecer varios meses en el campo de concentración republicano, Martínez Friera y otros prisioneros regresaron a Barcelona para trabajar de manera forzada como carpinteros, pintores, mecánicos o albañiles. Nuestro protagonista fue trasladado al Seminario Conciliar, más adelante al Palacio de Justicia (donde se iba a celebrar el juicio que no se llevó a cabo finalmente) y por último a la checa de San Elías donde le sorprendió la entrada de las tropas de Franco en Barcelona el 26 de enero de 1939. Él consiguió sobrevivir, otros compañeros suyos de la checa barcelonesa no tuvieron tanta suerte y fueron ejecutados antes de que los últimos republicanos de Cataluña atravesaran la frontera francesa por Gerona. 
Terminada la Guerra Civil, el comandante Joaquín Martínez Friera regresó al Ejército y continuó ejerciendo como abogado en Madrid. Se retiró como Coronel y escribió varios libros relacionados con la historia militar de España. También se convirtió en todo un experto en rosas y rosales. Su libro 'Rosas de España' (1956) sigue siendo un referente para los apasionados de las rosas. Fue nombrado Conservador de la Rosaleda de Madrid, cargo que desempeñó hasta sus últimos días.
Fuentes consultadas
- Archivo Histórico Nacional 
- Causa General (Embajadas)
- Hemeroteca Nacional
- Diplomacia, humanitarismo y espionaje en la Guerra Civil, de Antonio Manuel Moral Roncal
- Cami de´l infern, Jordi Cardona. 
- Rosas de España, Joaquín Martínez Friera

lunes, 4 de mayo de 2015

Las extrañas muertes de cuatro futbolistas durante la Guerra Civil

Bebel García, jugador del Deportivo. Fotografia
de La Voz de Galicia
En otras entradas de este blog ya hemos hablado de la muerte de futbolistas durante la Guerra Civil Española. Personajes como Alfonso Olaso, Ángel Arocha o Monchín Triana han sido protagonistas de nuestras investigaciones que no han pasado desapercibidas tanto para los amantes del deporte como para los incondicionales de la contienda fratricida. 
En esta ocasión en www.guerraenmadrid.com nos hemos fijado en cuatro futbolistas españoles, no demasiado conocidos por el gran público, pero cuya muerte durante la Guerra Civil Española marcó un antes y un después en la historia del deporte. Aquí las tenéis.
El delantero del Depor que orinó ante el pelotón de fusilamiento
El nombre de Bebel García no figura demasiado en las hemerotecas deportivas de nuestro país aunque su figura sí que fue recordada por el genial escritor uruguayo Eduardo Galeano en un relato publicado en su libro 'Espejos, una historia casi universal'. Futbolista del Deportivo de la Coruña durante cuatro temporadas, Bebel era un “buen delantero aunque muy bajito, casi enano”, relataba hace años un compañero suyo de equipo en el periódico La Voz de Galicia en 2008. 
En este artículo, el historiador Carlos Fernández recoge algunos aspectos relacionados con Bebel García en los que explicaba que era hijo de un socialista un tanto excéntrico que se dedicaba al negocio de la lejía y que puso a sus vástagos nombres tan atípicos como Voltaire, Jaurés, France o Bebel. Desde muy joven el delantero del Depor se mostró muy orgulloso de militar en las Juventudes Socialistas Unificadas. Hemos encontrado en la hemeroteca de el periódico gallego 'El Progreso' un incidente en el que participó en el año 1935, justo un año antes de la sublevación militar. El 29 de marzo de este año, Bebel junto con varios camaradas acudió a las inmediaciones del fortín militar de las Adormideras vistiendo una camisa roja para realizar una especie de “maniobras subversivas”. Al parecer podrían estar realizando algún ejercicio paramilitar o algo parecido. En cualquier caso, Bebel y sus amigos (entre los que estaba su hermano France) fueron arrestados por la Guardia de Asalto y condenados a pena de cárcel y a pagar 250 pesetas. 
Al estallar la guerra civil, el delantero del Deportivo junto con varios de sus hermanos participó en la defensa del Gobierno Civil de la Coruña que fue atacada por las tropas sublevadas que contaban con una batería de artillería. Después de triunfar el alzamiento en La Coruña, Bebel fue detenido y condenado a muerte el 29 de julio de 1936, solo nueve días después de los combates. Cuentan varios testimonios que justo antes de ser fusilado Bebel pidió una última voluntad a los soldados del piquete que le iban a ajusticiar. Al parecer quería orinar y orinó delante de los militares franquistas que posteriormente acabarían con su vida. Nosotros desde www.guerraenmadrid.com nos preguntamos hasta qué punto es real ese episodio de Bebel. Según Carlos Fernández en la Voz, “se dice que sí, pero no queda nadie que pueda confirmarlo”. 
En lo estrictamente futbolístico, Bebel jugó cuatro temporadas en el Deportivo de la Coruña, todas ellas en Segunda División. Nuestro protagonista no era un futbolista que brillara especialmente por su calidad en el terreno de juego y no solía tener demasiadas oportunidades de jugar como titular. En la temporada 1932-1933 jugó cinco partidos y anotó un tanto. En la 1933-1934 jugó 20 encuentros y marcó 10 goles. En la 1934-1935 jugó dos partidos y en la 1935-1936 tan solo uno.
¿El asturiano que asesinó a 990 personas?
Sentado en el suelo junto a su hijo, Abelardo Carcedo
Imagen del blog de Antonio Saavedra
Nuestro siguiente protagonista nunca jugó en Primera División, ni siquiera fue un futbolista profesional. Su nombre era Abelardo Carcedo y durante los años treinta jugó en el Racing de Sama, un equipo humilde que participaba en los campeonatos regionales de Asturias. Sin embargo, Carcedo no pasó a la historia por su trayectoria futbolística sino por convertirse en la única persona que murió ajusticiada por garrrote vil en su localidad natal, Sama. 
Julián García Candau y otros historiadores han hablado en sus libros de Carcedo explicando que durante la Guerra Civil llegó a ser capitán de un batallón asturiano que combatía contra los franquistas. Según relata Candau, las acusaciones que cayeron contra Carcedo para ser ajusticiado con garrote (algo reservado solo para los criminales más sanguinarios) consistían en haber participado en más de 900 asesinatos, una cifra a todas luces desproporcionada. En cualquier caso, cuentan que este jugador astur llegó a presumir de estar muy cerca de llegar a los 1000 crímenes pocas semanas antes de ser detenido por el ejercito sublevado. Cuentan que en Irún, ciudad en la que estuvo combatiendo durante los primeros meses de la contienda, participó en una limpieza de derechistas que estaban recluidos en numerosos centros de la ciudad guipuzcoana, asesinando a una centena de personas. 
En 1937 participó en la defensa republicana de Gijón hasta que la ciudad fue cercada por las tropas franquistas. Tras romper a duras penas el cerco, un centenar de militares frentepopulistas consiguieron refugiarse algunos días en la Sierra del Áramo haciendo guerra de guerrillas. Entre esos militares estaba Carcedo que finalmente fue detenido en las inmediaciones de Nalón. 
Recorte de prensa
Según hemos podido leer en la Nueva España, horas antes de ser ajusticiado Aberlardo Carcedo pidió a sus captores varias copas de coñac y cuatro cafés. La ejecución tuvo lugar en 1937 en la Plaza del Ayuntamiento de Sama, en pleno día de mercado como medida disuasoria. El garrote vil se instaló en una farola de la plaza. 
En el blog de Antonio Saavedra (http://antoniosaavedra.wordpress.com ) aparece recogida una carta de tres páginas que Carcedo escribió a su familia horas antes de ser ajusticiado. En esa carta afirmaba: “Dales muchos recuerdos a la familia de mi parte y a los niños muchos besos de parte de su padre. Les recuerdas lo que hicieron con su padre. Espero que cumplas como tú sabbes de madre para nuestros hijos que no los veo más como yo deseo. Lee esta carta a los niños cuando sean grandes y comprendan las cosas, para que se enteren, para que no se pierdan. Y tú ahora no tienes más que mirar por ellos y tener tranquilidad. Se despide para siempre pensando en tí hasta la muerte, que estoy muy triste, 12-12-1937”. 
El aviador que jugó en el Real Madrid y el Atlético
Se llamaba Ramón de Mendizábal Amezaga y había nacido en Santurce en 1914, por lo que al estallar la guerra civil tenía 22 años. Mediocentro, De Mendizábal jugó en el Real Madrid durante la temporada 1932-1933 para militar un año más tarde en el Hércules de Alicante y posteriormente en el Atlético. 
De su historia durante la Guerra Civil apenas tenemos conocimiento. Tan solo sabemos que al estallar la sublevación militar Ramón se encontraba en zona nacional por lo que se enroló en la aviación franquista. Hasta 1938 ejerció como alférez piloto en uno de los muchos Fiat 32 de procedencia italiana, actuando sobre todo en la zona de Andalucía y Extremadura. 
Avión siniestrado durante la Guerra Civil
El 11 de febrero de 1938, Ramón no pilotaba su Fiat sino que estaba al frente de un biplano modelo AERO-A-101 de fabricación checoslovaca perteneciente a la  2ª Escuadrilla del 5 G-17 con base en León. El que fuera jugador del Real Madrid ocupaba el puesto de piloto principal mientras que Luis Torralda Escudero de 25 años era su copiloto. Los dos aviadores se disponían a tomar tierra en el aeródromo de Las Bardocas en Badajoz cuando comenzó la catástrofe. En la maniobra de viraje para enfilar el aeródromo, del fuselaje del avión checoslovaco empezaron a desprenderse trozos de la nave, lo que impidió a los pilotos controlar el aparato. Finalmente el avión se estrelló en pleno centro de Badajoz, en la calle Bravo Murillo, impactando de lleno contra algunas viviendas causando varios muertos, entre ellos una niña de 7 años. En un informe del jefe regional de la zona aérea del sur,  explicaba que la causa del accidente: “El avión que motivó el accidente inició un amplio viraje sin presentar aspecto anormal, comenzando de pronto a desprenderse trozos de tela y costillas que fueron después recogidos en las afueras de la población, debido probablemente a desprenderse la nodriza por trepidación y caer sobre uno de los planos. El aparato continuó ciñendo el viraje aumentando su velocidad encabritó inclinado del lado derecho, cayendo casi verticalmente en el centro de Badajoz”.
La muerte de Ramón le fue comunicada días después a su madre aunque la manera en la que se produjo su fallecimiento no fue ofrecida a la opinión pública. Se trató de decir que Ramón había muerto en acción de guerra combatiendo al enemigo. Su hermano también murió durante la Guerra Civil en la zona de Cataluña durante las últimas horas del ejército republicano en España. En su caso, su muerte tras ser fusilado. 
Aunque este mediocentro pasó sin pena ni gloria tanto por el Real Madrid como por el Atlético, su figura sí que ha sido recordada en Alicante donde una calle cuenta con su nombre: “Deportiva Mendizábal”.
El jugador del Valencia que murió en Rusia

Aunque nuestro siguiente protagonista no murió durante la Guerra Civil Española, su historia sí que nos interesa porque también tuvo un final dramático pocos años después de terminar nuestra contienda. Enrique Molina Soler había sido un habilidoso centrocampista del Valencia que en el año 1927 había sido llamado por primera vez para disputar un encuentro con la selección española de fútbol. 
Obituario a Enrique Molina / Memoria Blau


El conflicto español fue especialmente duró para Enrique Molina ya que tres de sus hermanos morirían durante la Guerra Civil, víctimas de unos asesinatos extrajudiciales llevados a cabo por milicianos descontrolados en Valencia. Los tres eran sacerdotes. Después de esta terrible experiencia no es de extrañar que Molina buscara en cierta manera venganza entre los posibles asesinos de sus hermanos. Tras la contienda, aprovechando su condición de falangista, formó parte de una unidad paramilitar que se encargaba de localizar y detener a milicianos que habían tenido cierto peso durante la época del Frente Popular. 

Cuentan los periódicos de la época que España se le quedaba muy pequeña. Por ese motivo y con la intención de "acabar con el comunismo", Molina ingresó como voluntario en la División Azul. Después de pasar por el campamento de Graffenworth, formó parte de una de las primeras unidades españolas que atravesó la frontera de Rusia para entrar en el frente de Wolchowj. Su labor en estos terribles frentes de batalla consistía en ser el enlace motorizado de las unidades más avanzadas. Apasionado por la velocidad, el que fuera jugador del Valencia atravesaba las líneas de combate a toda velocidad trasladando las órdenes del alto mando a la primera línea.

El invierno había pasado a mejor vida en Rusia. El 15 de julio de 1943 lucía un sol espléndido en la zona que defendía un grupo de hombres de la División Azul, a pocos metros de la carretera Slutz-Puskin y del ferrocarril San Petersburgo-Nowgorod.  Aquel fatídico día, Enrique Molina conducía su motocicleta con sidecar trasladando en la misma a un comandante apellidado Benito, que estaba al mando del 2º grupo de Artillería y un capitán llamado Figuerola del mismo grupo. Al llegar a un cruce de carreteras, la motocicleta de Molina fue objeto de un durísimo ataque ruso de fuego de cañón. Cuentan que consiguió esquivar dos disparos, sin embargo, el tercero fue fatídico. 

Un proyectil soviético impactó de lleno en la motocicleta malhiriendo a Molina y matando casi en el acto al capitán Figuerola, un individuo de unos 30 años con una gran complexión. El comandante Benito no sufrió daños y resultó ileso ya que se encontraba en el interior del sidecar. El jugador no murió en el acto sino que fallecería días más tarde en un hospital de campaña. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de Mestelewo.