lunes, 27 de marzo de 2017

Pablo Sarroca, el capellán que se convirtió en un peligroso miliciano

Con bigote y mono, el ex capellán Pablo
Sarroca. Junto a él Julia Sanz recibiendo
la condecoración del Director General
de Seguridad, Manuel Muñoz y
Ricardo Burillo (con uniforme militar)
No hace falta ser muy inteligente para comprender que una guerra civil siempre cambia el carácter de las personas. En algunas este cambio es simplemente emocional en otras, sin embargo, es mucho más drástico.  Un claro ejemplo de persona que sufrió una transformación brutal durante la Guerra Civil española es el de Pablo Sarroca Tomás, capellán castrense de diferentes unidades militares antes de 1936 que tras la sublevación de julio se convirtió en uno de los milicianos más despiadados de la retaguardia madrileña. 

Antes de entrar en materia, repasemos a grandes rasgos la trayectoria de Pablo Sarroca en las Fuerzas Armadas antes de empezar la Guerra Civil. Hijo de padres españoles, Sarroca había nacido el 31 de enero de 1889 en Francia en la localidad de Vic – Bigorre, situada en el Departamento de los Altos Pirineos del distrito de Tarbes. Siendo todavía niño regresó a España quedándose a vivir junto a su familia en Cataluña. En el año 1917 aprobó una oposición para ingresar en el Cuerpo Eclesiástico del Ejército, accediendo ya como capellán segundo y siendo destinado posiblemente a África. 

Sabemos que en 1920 dejó de ser el capellán del Regimiento de Infantería de Ceuta para volver a Cataluña para enrolarse en el Regimiento Luchana 28 que estaba en Tortosa (Tarragona). Por aquel entonces compaginaba su cargo como capellán del regimiento con la dirección de una academia de analfabetos que estaba situada en el centro de la ciudad. 

Capellán militar en varios regimientos

Pasó también por otros regimientos de España como el Batallón de Montaña de Reus (1924), Sicilia 7 (1922) o Guadalajara (20), este último ya como capellán del Cuerpo Eclesiástico. También fue el capellán del Hospital Militar de Vitoria y de la Academia Especial de Ingenieros (1931). Sabemos que tras proclamarse la República, Pablo Sarroca estaba destinado en la Primera Región Militar, es decir en Madrid y la zona centro de España. Ya por estos años, además de inculcar la palabra de Dios en las ceremonias militares que dirigía, también trataba de inculcar su pasión por la literatura Medieval y Renacentista, en especial Jorge Manrique y Fray Luis de León. 

Libro de Sarroca en el que mostraba su apoyo
a la República (Todo Colección)

Pese a todo, a partir de 1931 Sarroca empezó a ser considerado un “bicho raro” dentro de la Comunidad Eclesiástica Militar. En 1932 publicó un libro dirigido al “gobierno provisional de la República española” en el que mostraba su “más profunda admiración y adhesión sincera” al nuevo régimen político. Hoy en día uno de los ejemplares de este libro se puede comprar a través de www.todocoleccion.net . Un libro que sin lugar a dudas levantó ampollas entre sus compañeros capellanes militares que seguían mirando con añoranza los años de Monarquía. 

Esta adhesión a la República firmada de su puño y letra hizo que Sarroca simpatizara con Manuel Azaña, Ministro del Ejército entre 1931 y 1933, con el que mantendría una importante relación de amistad hasta casi el final de la guerra. De hecho en el año 1932 se incorporó al gabinete militar de Azaña como “capellán castrense” con el grado de Comandante junto al General Hernández Sarabia, el Comandante de Infantería Fuentes y el de Caballería Ainza. 

La verdad es que nuestro protagonista se movía muy bien por las altas esferas ya que el 1 de marzo de 1934 tuvo una audiencia privada con el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora y unos meses más tarde (en diciembre del mismo año) otra con Alejandro Lerroux, presidente del gobierno. 

El inicio de la Guerra Civil

En 1936, Pablo Sarroca ocupaba el cargo de Vicario General de la Primera Región Militar (Madrid y Centro de España), aunque al empezar la Guerra Civil se encontraba en situación de “disponible forzoso” junto con otros 38 capellanes militares.  Una vez empezamos los combates, a diferencia de otros religiosos, Sarroca tardaría en ser detenido por las milicias frentepopulistas. Le arrestaron a finales de agosto en su casa ubicada en el número 7 de la calle Sánchez Díaz, situada en el Distrito de Ciudad Lineal. Acusado de “desafecto”, fue arrestado por un agente de Policía provisional llamado Constantino Neila Valle que, según relataría tras la guerra, se tuvo que emplear a fondo para conseguir reducirle. 

Circular publicada firmada por Largo Caballero en
la que se nombra a Sarroca agente de los Servicios
Especiales del Ministerio de la Guerra.
Una vez en la cárcel y a la espera de ser juzgado por desafección al régimen republicano, a Sarroca le comunicaron que también le juzgarían por atentado a la autoridad por el rifi rafe que tuvo con el policía que le detuvo. Finalmente y gracias a su relación con Manuel Azaña y también con Indalecio Prieto (al que también conocía) fue puesto en libertad a principios de septiembre de 1936. Sabemos que gestionó su libertad el capitán Díaz Tendero, perteneciente a la Sección de Control del Ministerio de la Guerra. Su puesta en libertad coincide con la llegada a la presidencia del Gobierno de Francisco Largo Caballero. El 13 de septiembre el propio dirigente socialista emitió una circular en el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra en la que se decía lo siguiente: 

“Por las excepcionales circunstancias que concurren en el ex capellán mayor del Ejército, Don Pablo Sarroca Tomás y su reconocida adhesión al régimen,  he tenido a bien disponer que pase a agregado de la Sección de Información del Estado Mayor de este Ministerio; percibiendo los haberes que por su anterior empleo venía disfrutando. Lo comunico a V.E para su conocimiento, en Madrid a 13 de septiembre de 1936”. 

Esta circular que confirma el nombramiento de Sarroca para trabajar los Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra, es decir para el contraespionaje republicano. Como reconocería el religioso tras la guerra, sus primeras actuaciones en este puesto eran las de censor de correspondencia extranjera. Debido a sus conocimientos de idiomas, leía las cartas que escribían los combatientes extranjeros, sobre todo de las Brigadas Internacionales, y autorizada el envío de las mismas para evitar la posible infiltración de espías enemigos. Después actuó de intérprete en varias ocasiones, una de las más destacadas fue con el artillero italiano detenido en Parla llamado Luigi Corsi en noviembre de 1936. 

Adiós a su pasado religioso

Con el paso de las semanas, Pablo Sarroca fue sintiéndose cada vez más a gusto en su puesto de trabajo en los Servicios Especiales, ya no solo por su trabajo sino también por su vida social. A sus 47 años, su etapa eclesiástica  había quedado atrás, por lo que empezó a hacer cosas que antes “no podía hacer” como relacionarse con mujeres o darse a la bebida de manera insistente. El 16 de septiembre de 1936 tomó la decisión de incorporarse al Ateneo Libertario de Ventas, el barrio en el que estaba residiendo, compaginando este puesto con su cargo en los Servicios Especiales. En este ateneo se empezó a relacionar con dos mujeres milicianas con las que se le vería mañana, tarde y noche. Se llamaban Gregoria Rubio Acosta (apodada la 'Huesos') y Julia Redondo Herrero. Según la revista 'Hispania Nova' ambas eran las “encargadas de llevar a Pablo Sarroca los partes de los asesinatos” cometidos por el ateneo. Según esta versión estas dos milicianas llevaban pistolas en el cinturón y desempeñaron junto con Sarroca “labores de orden público”. Ambas serían detenidas y juzgadas por la justicia franquista en el año 1941.
Declaración realizada y firmada por
Sarroca tras la Guerra Civil

Según un miembro de este Ateneo Libertario de Ventas llamado Calixto Roa, el “cura Pablo Sarroca tenían gran prestigio en el ateneo entre otras razones porque facilitaba armas (posiblemente procedentes de los Servicios Especiales) a los miembros del ateneo y además había sido el denunciante de numerosas personas de la barriada”. Otro vecino del barrio iba más lejos y le acusaba de “repartir las pistolas entre los milicianos, mandando asesinar a las personas de derechas”.

Cuando los servicios de seguridad de Franco investigaron el papel del Ateneo Libertario de Ventas en la Guerra Civil se encontraron con la sorprendente declaración del camarero del Bar La Rioja, situado en la carretera de Aragón, que aseguraba que entre 1936 y 1939 la gente que iba a su bar decía  que Sarroca tenía un importante “depósito de comestibles y bebida en su casa”. Otra vecina de la barriada de ciudad Lineal, llamada Teresa Álvarez Ossorio, comentaba que Sarroca llevaba una vida “licenciosa y escandalizaba a toda la barriada”. Esta mujer acusaba también al ex capellán castrense  y a su “concubina” de haberse reído de una mujer que había denunciado la desaparición de su hijo, vinculado a Falange (la mujer, su marido y su hijo fueron asesinados).

Pasión por las mujeres

Si por algo se caracterizó este ex religioso en la retaguardia republicana fue por su afán enfermizo por las mujeres. Además de las dos milicianas del ateneo, algunas declaraciones de vecinos de Ciudad Lineal afirmanban que el ex capellán también mantenía una relación sentimental con la que era su cuñada, Flora García Martínez, quien llegaría a acusarle de haber “abusado de su madre” y querer “abusar de su hija”, la que supuestamente ambos tenían y que se llamaba Teresa. 

Pero Flora no fue la única amante de Sarroca. Otras fuentes le relacionan con una chica llamada Julia Sanz López, de 18 años, que a su vez era amante de Luis Bonilla Echevarría, un capitán de milicias republicano que fue condenado a muerte por el Frente Popular por sus desmanes y robos. Sarroca se fotografió de una manera muy “cariñosa” con Julia cuando ésta recibió el título honorífico de “cabo” de la Guardia de Asalto. En la primera fotografía que acompaña al artículo se puede ver a Sarroca con esta chica. 

Pero dejemos de lado su papel en el Ateneo Libertario de Ventas para regresar a los Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra. Si durante los meses de septiembre, octubre y noviembre Sarroca trabajaba como censor e intérprete, en diciembre de 1936 empezó a ejercer como interrogador, primero en los despachos del Ministerio de Hacienda y luego directamente en el Ministerio de la Guerra. En la Causa General existen una docena de declaraciones de personas que relatan con todo lujo de detalles como nuestro protagonista interrogaba a los detenidos. Algunos de ellos declararían tras la guerra que preferían caer en manos de la Dirección General de Seguridad que en las de Sarroca.

Investigado por la policía republicana

Con el número 4, Pablo Sarroca agarrado a Julia Sanz (5)
Un suceso marcaría el devenir de Sarroca durante la Guerra Civil en el verano de 1937. Precisamente la Dirección General de Seguridad encargó al inspector de Policía Francisco Jiménez Mejías que investigara al religioso ya que algunas personas le habían acusado de asesinato. Dos personas le habían denunciado de haber matado a un farmacéutico, apellidado Carrasco al que había intentado estafar exigiéndole 10.000 pesetas si no  quería ser 'paseado' junto a su señora esa semana. Lo cierto es que el cadáver del farmacéutico apareció esa misma noche en la Carretera de Hortaleza. El ex policía republicano también investigó la muerte de un chico, apellidado Cubillo, al que Sarroca también había amenazado con ordenar su ejecución “por derechista” si no pagaba más de 3000 pesetas. 

La Dirección General de Seguridad de la República investigó al ex sacerdota durante semanas e incluso llegaron a detenerle aquel verano de 1937 para tomarle declaración por los presuntos asesinatos. Sin embargo, no encontraron pruebas suficientes para acusarle de manera directa. De todas maneras, sus importantes contactos entre los dirigentes del Frente Popular evitaron que las investigaciones prosperaran más de la cuenta. 

Algunos testigos de Ciudad Lineal afirmaban que vivían atemorizados por Pablo que se jactaba de “sus fechorías” y que practicaba con frecuencia actos de pillaje, traficando inicialmente con joyas sustraídas y más adelante con artículos de primera necesidad que le faltaban a los madrileños. Se vanagloriaba  de tener relación con los políticos y militares más destacados del momento como Indalecio Prieto y el General Miaja. Algunos vecinos llegaron a decir que Manuel Azaña acudió en un en un par de ocasiones hotel que se había construido Sarroca junto a Ventas y en el que residía junto a Flora y su hija Teresita. 

Detenido tras la guerra y condenado a muerte

Como era de esperar, terminada la guerra Pablo Sarroca fue detenido por las autoridades nacionales y trasladado hasta la Casa de Trabajo de Alcalá de Henares. Se abrió contra él un consejo de guerra que empezó en mayo de 1939 y lo dirigió el juzgado militar de la ciudad alcalaina. De su estancia en prisión no tenemos demasiados documentos, tan solo una carta que escribió el 09 de marzo de 1940 al tribnal que llevaba su caso. En esta carta decía lo siguiente:

“Creyendo que no he perdido aún la categoría de capellán mayor del Ejército, por cuanto el 18 de julio de 1936, fecha del GMN, se encontraba en la situación de disponible forzoso en unión de los 38 capellanes, no siendo dados d ebaja definitiva hasta el 2 de septiembre del mismo año. En consonancia con lo dispuesto en el Código de Justicia Militar y en varias disposiciones ministeriales, suplito a VE ser trasladado a prisiones militares. No dudando de ser atendido en su petición, pido a Dios que VE conserve la vida para bien y prosperidad de nuestra querida España. Alcalá de Henares 9 de marzo de 1939”.

De aquella carta no tenemos constancia de que Sarroca tuviera respuesta por parte del Tribunal Militar. Solo sabemos que ocho meses después el religioso fue ejecutado delante de un pelotón de fusilamiento en el Cementerio de Alcalá. Fue el 13 de noviembre de 1940 a las 07.30 de la mañana. El forense que confirmó su muerte aseguró que el ex capellán había muerto a consecuencia de “shot traumático, producido por arma de fuego”. 

Su viuda, Florentina (Flora) García Martínez, de 38 años y natural de Ferrol, fue detenida por la justicia franquista también tras la guerra y acusada de “cómplice” de su pareja ya que “conocía cuantas denuncias, asesinatos y saqueos cometidos por su marido y de complacencia de aprovecharse de los productos robados”. Fue condenada inicialmente a cadena perpetua por “adhesión a la rebelión”, pena que luego sería rebajada por 30 años y más adelante indultada por Franco. 

Fuentes consultadas

Archivo Histórico Nacional. FC-CAUSA_GENERAL,1520,Exp.1. Sumario sobre los Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra. 
Archivo Histórico Nacional. FC-CAUSA_GENERAL,1530,Exp.13 
Archivo General Militar. Expediente Pablo Sarroca Tom疽. Sumario 27196 /107812 /3778/1
Hemeroteca de la Biblioteca Virtual de la Defensa
Hemeroteca Nacionales
Hemeroteca Prensa Histórica. 
Revista Hispania Nova. 
http://labibliotecafantasma.es/cartadebatalla/ 

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