lunes, 27 de marzo de 2017

Pablo Sarroca, el capellán que se convirtió en un peligroso miliciano

Con bigote y mono, el ex capellán Pablo
Sarroca. Junto a él Julia Sanz recibiendo
la condecoración del Director General
de Seguridad, Manuel Muñoz y
Ricardo Burillo (con uniforme militar)
No hace falta ser muy inteligente para comprender que una guerra civil siempre cambia el carácter de las personas. En algunas este cambio es simplemente emocional en otras, sin embargo, es mucho más drástico.  Un claro ejemplo de persona que sufrió una transformación brutal durante la Guerra Civil española es el de Pablo Sarroca Tomás, capellán castrense de diferentes unidades militares antes de 1936 que tras la sublevación de julio se convirtió en uno de los milicianos más despiadados de la retaguardia madrileña. 

Antes de entrar en materia, repasemos a grandes rasgos la trayectoria de Pablo Sarroca en las Fuerzas Armadas antes de empezar la Guerra Civil. Hijo de padres españoles, Sarroca había nacido el 31 de enero de 1889 en Francia en la localidad de Vic – Bigorre, situada en el Departamento de los Altos Pirineos del distrito de Tarbes. Siendo todavía niño regresó a España quedándose a vivir junto a su familia en Cataluña. En el año 1917 aprobó una oposición para ingresar en el Cuerpo Eclesiástico del Ejército, accediendo ya como capellán segundo y siendo destinado posiblemente a África. 

Sabemos que en 1920 dejó de ser el capellán del Regimiento de Infantería de Ceuta para volver a Cataluña para enrolarse en el Regimiento Luchana 28 que estaba en Tortosa (Tarragona). Por aquel entonces compaginaba su cargo como capellán del regimiento con la dirección de una academia de analfabetos que estaba situada en el centro de la ciudad. 

Capellán militar en varios regimientos

Pasó también por otros regimientos de España como el Batallón de Montaña de Reus (1924), Sicilia 7 (1922) o Guadalajara (20), este último ya como capellán del Cuerpo Eclesiástico. También fue el capellán del Hospital Militar de Vitoria y de la Academia Especial de Ingenieros (1931). Sabemos que tras proclamarse la República, Pablo Sarroca estaba destinado en la Primera Región Militar, es decir en Madrid y la zona centro de España. Ya por estos años, además de inculcar la palabra de Dios en las ceremonias militares que dirigía, también trataba de inculcar su pasión por la literatura Medieval y Renacentista, en especial Jorge Manrique y Fray Luis de León. 

Libro de Sarroca en el que mostraba su apoyo
a la República (Todo Colección)

Pese a todo, a partir de 1931 Sarroca empezó a ser considerado un “bicho raro” dentro de la Comunidad Eclesiástica Militar. En 1932 publicó un libro dirigido al “gobierno provisional de la República española” en el que mostraba su “más profunda admiración y adhesión sincera” al nuevo régimen político. Hoy en día uno de los ejemplares de este libro se puede comprar a través de www.todocoleccion.net . Un libro que sin lugar a dudas levantó ampollas entre sus compañeros capellanes militares que seguían mirando con añoranza los años de Monarquía. 

Esta adhesión a la República firmada de su puño y letra hizo que Sarroca simpatizara con Manuel Azaña, Ministro del Ejército entre 1931 y 1933, con el que mantendría una importante relación de amistad hasta casi el final de la guerra. De hecho en el año 1932 se incorporó al gabinete militar de Azaña como “capellán castrense” con el grado de Comandante junto al General Hernández Sarabia, el Comandante de Infantería Fuentes y el de Caballería Ainza. 

La verdad es que nuestro protagonista se movía muy bien por las altas esferas ya que el 1 de marzo de 1934 tuvo una audiencia privada con el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora y unos meses más tarde (en diciembre del mismo año) otra con Alejandro Lerroux, presidente del gobierno. 

El inicio de la Guerra Civil

En 1936, Pablo Sarroca ocupaba el cargo de Vicario General de la Primera Región Militar (Madrid y Centro de España), aunque al empezar la Guerra Civil se encontraba en situación de “disponible forzoso” junto con otros 38 capellanes militares.  Una vez empezamos los combates, a diferencia de otros religiosos, Sarroca tardaría en ser detenido por las milicias frentepopulistas. Le arrestaron a finales de agosto en su casa ubicada en el número 7 de la calle Sánchez Díaz, situada en el Distrito de Ciudad Lineal. Acusado de “desafecto”, fue arrestado por un agente de Policía provisional llamado Constantino Neila Valle que, según relataría tras la guerra, se tuvo que emplear a fondo para conseguir reducirle. 

Circular publicada firmada por Largo Caballero en
la que se nombra a Sarroca agente de los Servicios
Especiales del Ministerio de la Guerra.
Una vez en la cárcel y a la espera de ser juzgado por desafección al régimen republicano, a Sarroca le comunicaron que también le juzgarían por atentado a la autoridad por el rifi rafe que tuvo con el policía que le detuvo. Finalmente y gracias a su relación con Manuel Azaña y también con Indalecio Prieto (al que también conocía) fue puesto en libertad a principios de septiembre de 1936. Sabemos que gestionó su libertad el capitán Díaz Tendero, perteneciente a la Sección de Control del Ministerio de la Guerra. Su puesta en libertad coincide con la llegada a la presidencia del Gobierno de Francisco Largo Caballero. El 13 de septiembre el propio dirigente socialista emitió una circular en el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra en la que se decía lo siguiente: 

“Por las excepcionales circunstancias que concurren en el ex capellán mayor del Ejército, Don Pablo Sarroca Tomás y su reconocida adhesión al régimen,  he tenido a bien disponer que pase a agregado de la Sección de Información del Estado Mayor de este Ministerio; percibiendo los haberes que por su anterior empleo venía disfrutando. Lo comunico a V.E para su conocimiento, en Madrid a 13 de septiembre de 1936”. 

Esta circular que confirma el nombramiento de Sarroca para trabajar los Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra, es decir para el contraespionaje republicano. Como reconocería el religioso tras la guerra, sus primeras actuaciones en este puesto eran las de censor de correspondencia extranjera. Debido a sus conocimientos de idiomas, leía las cartas que escribían los combatientes extranjeros, sobre todo de las Brigadas Internacionales, y autorizada el envío de las mismas para evitar la posible infiltración de espías enemigos. Después actuó de intérprete en varias ocasiones, una de las más destacadas fue con el artillero italiano detenido en Parla llamado Luigi Corsi en noviembre de 1936. 

Adiós a su pasado religioso

Con el paso de las semanas, Pablo Sarroca fue sintiéndose cada vez más a gusto en su puesto de trabajo en los Servicios Especiales, ya no solo por su trabajo sino también por su vida social. A sus 47 años, su etapa eclesiástica  había quedado atrás, por lo que empezó a hacer cosas que antes “no podía hacer” como relacionarse con mujeres o darse a la bebida de manera insistente. El 16 de septiembre de 1936 tomó la decisión de incorporarse al Ateneo Libertario de Ventas, el barrio en el que estaba residiendo, compaginando este puesto con su cargo en los Servicios Especiales. En este ateneo se empezó a relacionar con dos mujeres milicianas con las que se le vería mañana, tarde y noche. Se llamaban Gregoria Rubio Acosta (apodada la 'Huesos') y Julia Redondo Herrero. Según la revista 'Hispania Nova' ambas eran las “encargadas de llevar a Pablo Sarroca los partes de los asesinatos” cometidos por el ateneo. Según esta versión estas dos milicianas llevaban pistolas en el cinturón y desempeñaron junto con Sarroca “labores de orden público”. Ambas serían detenidas y juzgadas por la justicia franquista en el año 1941.
Declaración realizada y firmada por
Sarroca tras la Guerra Civil

Según un miembro de este Ateneo Libertario de Ventas llamado Calixto Roa, el “cura Pablo Sarroca tenían gran prestigio en el ateneo entre otras razones porque facilitaba armas (posiblemente procedentes de los Servicios Especiales) a los miembros del ateneo y además había sido el denunciante de numerosas personas de la barriada”. Otro vecino del barrio iba más lejos y le acusaba de “repartir las pistolas entre los milicianos, mandando asesinar a las personas de derechas”.

Cuando los servicios de seguridad de Franco investigaron el papel del Ateneo Libertario de Ventas en la Guerra Civil se encontraron con la sorprendente declaración del camarero del Bar La Rioja, situado en la carretera de Aragón, que aseguraba que entre 1936 y 1939 la gente que iba a su bar decía  que Sarroca tenía un importante “depósito de comestibles y bebida en su casa”. Otra vecina de la barriada de ciudad Lineal, llamada Teresa Álvarez Ossorio, comentaba que Sarroca llevaba una vida “licenciosa y escandalizaba a toda la barriada”. Esta mujer acusaba también al ex capellán castrense  y a su “concubina” de haberse reído de una mujer que había denunciado la desaparición de su hijo, vinculado a Falange (la mujer, su marido y su hijo fueron asesinados).

Pasión por las mujeres

Si por algo se caracterizó este ex religioso en la retaguardia republicana fue por su afán enfermizo por las mujeres. Además de las dos milicianas del ateneo, algunas declaraciones de vecinos de Ciudad Lineal afirmanban que el ex capellán también mantenía una relación sentimental con la que era su cuñada, Flora García Martínez, quien llegaría a acusarle de haber “abusado de su madre” y querer “abusar de su hija”, la que supuestamente ambos tenían y que se llamaba Teresa. 

Pero Flora no fue la única amante de Sarroca. Otras fuentes le relacionan con una chica llamada Julia Sanz López, de 18 años, que a su vez era amante de Luis Bonilla Echevarría, un capitán de milicias republicano que fue condenado a muerte por el Frente Popular por sus desmanes y robos. Sarroca se fotografió de una manera muy “cariñosa” con Julia cuando ésta recibió el título honorífico de “cabo” de la Guardia de Asalto. En la primera fotografía que acompaña al artículo se puede ver a Sarroca con esta chica. 

Pero dejemos de lado su papel en el Ateneo Libertario de Ventas para regresar a los Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra. Si durante los meses de septiembre, octubre y noviembre Sarroca trabajaba como censor e intérprete, en diciembre de 1936 empezó a ejercer como interrogador, primero en los despachos del Ministerio de Hacienda y luego directamente en el Ministerio de la Guerra. En la Causa General existen una docena de declaraciones de personas que relatan con todo lujo de detalles como nuestro protagonista interrogaba a los detenidos. Algunos de ellos declararían tras la guerra que preferían caer en manos de la Dirección General de Seguridad que en las de Sarroca.

Investigado por la policía republicana

Con el número 4, Pablo Sarroca agarrado a Julia Sanz (5)
Un suceso marcaría el devenir de Sarroca durante la Guerra Civil en el verano de 1937. Precisamente la Dirección General de Seguridad encargó al inspector de Policía Francisco Jiménez Mejías que investigara al religioso ya que algunas personas le habían acusado de asesinato. Dos personas le habían denunciado de haber matado a un farmacéutico, apellidado Carrasco al que había intentado estafar exigiéndole 10.000 pesetas si no  quería ser 'paseado' junto a su señora esa semana. Lo cierto es que el cadáver del farmacéutico apareció esa misma noche en la Carretera de Hortaleza. El ex policía republicano también investigó la muerte de un chico, apellidado Cubillo, al que Sarroca también había amenazado con ordenar su ejecución “por derechista” si no pagaba más de 3000 pesetas. 

La Dirección General de Seguridad de la República investigó al ex sacerdota durante semanas e incluso llegaron a detenerle aquel verano de 1937 para tomarle declaración por los presuntos asesinatos. Sin embargo, no encontraron pruebas suficientes para acusarle de manera directa. De todas maneras, sus importantes contactos entre los dirigentes del Frente Popular evitaron que las investigaciones prosperaran más de la cuenta. 

Algunos testigos de Ciudad Lineal afirmaban que vivían atemorizados por Pablo que se jactaba de “sus fechorías” y que practicaba con frecuencia actos de pillaje, traficando inicialmente con joyas sustraídas y más adelante con artículos de primera necesidad que le faltaban a los madrileños. Se vanagloriaba  de tener relación con los políticos y militares más destacados del momento como Indalecio Prieto y el General Miaja. Algunos vecinos llegaron a decir que Manuel Azaña acudió en un en un par de ocasiones hotel que se había construido Sarroca junto a Ventas y en el que residía junto a Flora y su hija Teresita. 

Detenido tras la guerra y condenado a muerte

Como era de esperar, terminada la guerra Pablo Sarroca fue detenido por las autoridades nacionales y trasladado hasta la Casa de Trabajo de Alcalá de Henares. Se abrió contra él un consejo de guerra que empezó en mayo de 1939 y lo dirigió el juzgado militar de la ciudad alcalaina. De su estancia en prisión no tenemos demasiados documentos, tan solo una carta que escribió el 09 de marzo de 1940 al tribnal que llevaba su caso. En esta carta decía lo siguiente:

“Creyendo que no he perdido aún la categoría de capellán mayor del Ejército, por cuanto el 18 de julio de 1936, fecha del GMN, se encontraba en la situación de disponible forzoso en unión de los 38 capellanes, no siendo dados d ebaja definitiva hasta el 2 de septiembre del mismo año. En consonancia con lo dispuesto en el Código de Justicia Militar y en varias disposiciones ministeriales, suplito a VE ser trasladado a prisiones militares. No dudando de ser atendido en su petición, pido a Dios que VE conserve la vida para bien y prosperidad de nuestra querida España. Alcalá de Henares 9 de marzo de 1939”.

De aquella carta no tenemos constancia de que Sarroca tuviera respuesta por parte del Tribunal Militar. Solo sabemos que ocho meses después el religioso fue ejecutado delante de un pelotón de fusilamiento en el Cementerio de Alcalá. Fue el 13 de noviembre de 1940 a las 07.30 de la mañana. El forense que confirmó su muerte aseguró que el ex capellán había muerto a consecuencia de “shot traumático, producido por arma de fuego”. 

Su viuda, Florentina (Flora) García Martínez, de 38 años y natural de Ferrol, fue detenida por la justicia franquista también tras la guerra y acusada de “cómplice” de su pareja ya que “conocía cuantas denuncias, asesinatos y saqueos cometidos por su marido y de complacencia de aprovecharse de los productos robados”. Fue condenada inicialmente a cadena perpetua por “adhesión a la rebelión”, pena que luego sería rebajada por 30 años y más adelante indultada por Franco. 

Fuentes consultadas

Archivo Histórico Nacional. FC-CAUSA_GENERAL,1520,Exp.1. Sumario sobre los Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra. 
Archivo Histórico Nacional. FC-CAUSA_GENERAL,1530,Exp.13 
Archivo General Militar. Expediente Pablo Sarroca Tom疽. Sumario 27196 /107812 /3778/1
Hemeroteca de la Biblioteca Virtual de la Defensa
Hemeroteca Nacionales
Hemeroteca Prensa Histórica. 
Revista Hispania Nova. 
http://labibliotecafantasma.es/cartadebatalla/ 

domingo, 12 de marzo de 2017

La verdad sobre el asesinato del Coronel Puigdengolas a manos de sus propios hombres

El Coronel Puigdengolas haciendo una gestión telefónica
Durante los tres años que duró la Guerra Civil Española, la opinión pública madrileña fue manipulada de una manera muy eficaz por parte del servicio de propaganda de la República. Entre 1936 y 1939 ocurrieron un sinfín de acontecimientos de los que nunca supo el ciudadano de a pie de Madrid, gracias entre otras cosas al papel de los censores, entre los que se encontraba el archifamoso Arturo Barea. 

Uno de aquellos episodios que fue manipulado por la propaganda republicana fue el asesinato del Coronel Ildefonso Puigdengolas, militar republicano,  que murió a tiros en el frente de Parla. La muerte de Puigdengolas, acribillado a balazos por sus propios hombres, nunca fue dada a conocer a los madrileños que pensaban que había fallecido como consecuencia de una acción de combate contra las tropas nacionales. Nada más lejos de la realidad. 

Antes de explicar con detalle lo ocurrido en Parla, es conveniente conocer mejor al personaje. El Coronel Puigdengolas era un militar de la cabeza a los pies que había nacido en Figueras (Gerona) en 1876, por lo que al empezar la Guerra Civil tenía 60 años. Luchó en la guerra de Cuba y en África hasta llegar a ser Coronel de Seguridad, mostrándose siempre partidario de las izquierdas: de hecho, llegó a enfrentarse personalmente con el General Sanjurjo en el año 1932, cuando se produjo el golpe de estado, conocido coloquialmente como la 'Sanjurjada'.

Un militar muy bien valorado por la República

Al estallar la Guerra Civil, como era de esperar, Puigdengolas se posicionó próximo al bando republicano y dirigió la Columna anarquista que el 20 de julio de 1936 consiguió hacerse con el control de Alcalá de Henares, donde se había producido un amago de revuelta. El 22 de julio fue uno de los encargados de dirigir junto a Cipriano Mera la conquista de Guadalajara, ciudad en la que se habían hecho fuertes unos 600 militares y falangistas. Puigdengolas, sin embargo, no pudo frenar los desmanes que se produjeron en la ciudad alcarreña por parte de la CNT que acabaron con la vida de muchos de los militares que se habían rendido, entre ellos el Comandante Ortiz de Zárate.
Articulo sobre Puigdengolas cuando era
Coronel de Seguridad

Tres días después de dirigir aquella ofensiva de Guadalajara fue nombrado por el Ministerio de la Guerra Comandante Militar de Badajoz, donde sería apresado unas horas por militares contrarios al Frente Popular. Sin embargo logró la libertad y dirigió la defensa de la ciudad durante la primera mitad del mes de agosto ante los avances franquistas, que contaban con mayor número de hombres y equipamiento militar. Antes de que cayera en manos de Franco la ciudad, y tras ser herido de metralla en el brazo por un bombardeo, Puigdengolas consiguió huir de Extremadura y escapar a Portugal.

Durante casi dos meses permaneció detenido en el Batallón de Cazadores de Elvas y en el fuerte de Cacxias de Lisboa hasta que consiguió ser evacuado a la España Republicana en el buque Nyassa. Puigdengolas llegó hasta Tarragona el 13 de octubre de 1936 y nada más pisar suelo español el Ministerio de la Guerra le ordenó que se trasladara a toda prisa a Madrid. Por aquellos días concedió una entrevista a la agencia de prensa republicana Febus en la que realizaría las siguientes manifestaciones: "Estoy otra vez en pie de guerra. Inmediatamente que la autoridad lo disponga, saldré para el frente para batir a las comparsas del criminal Queipo de LLano".

Una vez en la capital fue nombrado jefe de la Agrupación de Columnas de Illescas para sustituir en el cargo  a Ramiro Otal Navascues que había sido nombrado Jefe de Operaciones del Estado Mayor del Ejército del Centro.

Puigdengolas llegó a Madrid entre el 23 y el 26 de octubre y fue uno de los artífices de la ofensiva republicana en Seseña el día 29 de este mes. Aquella ofensiva se haría famosa por el avance imparable durante horas de una veintena de carros de combate soviéticos que llegaron a penetrar con facilidad en el interior del pueblo, controlado por los nacionales. Pese al ímpetu inicial, la ofensiva republicana no consiguió los propósitos esperados.

El asesinato en Parla

Dos días después del intento de conquista de Seseña, Puigdengolas se encontraba en los alrededores de Parla tratando de frenar un ataque franquista en este municipio de poco más de 1000 habitantes (por aquel entonces). Tras el avance fulminante de los Regulares se produjo una espantada de milicianos que defendían una posición elevada. Con el objetivo de frenar esa espantada, Puigdengolas, pistola en mano, disparó sobre el capitán que estaba al frente de la posición con la intención de evitar una retirada "sin honor". Acto seguido, varios de los hombres que huían respondieron con sus fusiles la agresión del Coronel, acribillándole a balazos. Esta es la versión que relató Ángel Lamas Arroyo, oficial del Ejército que aquel 31 de octubre de 1936 ocupaba el puesto de ayudante del Coronel en la Jefatura de su Estado Mayor. Según su versión, el capitán al que disparó Puigdengolas cuando trataba de retirarse pertenecía al grupo del Comandante Fernández Cavada (que justo al día siguiente se le asignó el mando de la 37º Brigada Mixta). 

A la izquierda, con gafas, Julián Fernández Cavada. Sus
hombres mataron a Puigdengolas, AHPCE
Lamas Arroyo, que meses más tarde terminaría pasándose a los nacionales por Santoña, publicó en 1972 unas memorias tituladas 'Unos y otros' en las que hacía referencia al asesinato de Puigdengolas por parte de sus propios hombres: "No sentí la intensa indignación que por un crimen semejante, en relación con mandos de mi Ejército de siempre, sentido hubiera; ni admití la obligación de hacer causa común con los otros oficiales en contra de la soldadesca. Puesto que no era jefe mío y de mi bando la víctima y solo pasajera y por circunstancias me hallé a su lado".

Veamos más detalles del crimen de Puigdengolas. Según el libro 'El Coronel Puigdengolas y la batalla de Badajoz', el capitán al que disparó nuestro protagonista mantuvo una acalorada discusión con el Coronel y le explicó que su retirada hacia Getafe no era consecuencia del pánico que tenían hacia los Regulares sino a una orden de repliegue que había dado el propio Comandante Cavada. 

Según la versión de Lamas Arroyo, el Coronel Puigdengolas "saca la pistola, la apoya en el pecho de aquel pobre aturdido... y mordiendo rabiosamente la palabra cobarde le dispara sin más intimidación. Con lo que cae instantáneamente... Pero la reación es también del todo increible para otros tiempos y viene automática. Media docena de fusiles apuntan a bocajarro al Coronel y disparan en rígida descarga. Cae igualmente fulminado. Siempre pensé que muerto".

Los milicianos que mataron a Puigdengolas explicaron a Lamas Arroyo que le "tenían ganas" desde hacía tiempo al Coronel por "faccioso" pues llevaba en pocas fechas "despachados" a unos cuantos "defensores de la República". Es decir, según estos milicianos Puigdengolas se tomaba la justicia como él quería. La explicación que esgrimieron sus asesinos carecía de todo rigor ya que cuando fue asesinado, el Coronel apenas llevaba una semana en Madrid.

El entierro del Coronel

La misma tarde del 31 de octubre de 1936, la prensa madrileña se hacía eco de la muerte de Puigdengolas en Parla. El periódico 'La Voz', decía en su portada que había muerto "luchando por la República, un héroe del pueblo".  En ningún momento se comentaba el enfrentamiento que tuvo con un capitán de su mismo Ejército ni que había sido tiroteado por sus propios hombres. El entierro de Puigdengolas tuvo lugar el 01 de noviembre de este año, justo un día después de su asesinato, y a él acudieron un sinfín de representantes políticos y militares. Está enterrado en el Cementerio Este de Madrid.

Al parecer, pocos meses después de la muerte de Puigdengolas, Ángela Martínez (su viuda), solicitó al Ministerio de la Guerra, la pensión anual a la que tenía derecho como viuda de un oficial del Ejército. 

Articulo del periódico La
Libertad
Si la prensa republicana no fue consciente o no quiso ser consciente del verdadero motivo de la muerte de Puigdengolas, podemos decir lo mismo de la prensa franquista. El periódico 'Labor' publicaba el 5 de noviembre de 1936 (ni una semana después de su muerte) que "el traidor Puigdengolas" había "muerto tras un bombardeo de la aviación franquista", algo que realmente no había ocurrido.

Su hijo, José Luis Puigdengolas había terminado la carrera de medicina justo antes de empezar la Guerra Civil, por lo que en julio de 1936 ya ocupaba el rango de teniente médico y se encontraba destinado en Ciudad Real, donde posiblemente se enteró de la muerte de su padre. Afiliado al Partido Comunista, José Luis ejerció como médico de vanguardia durante la Batalla del Ebro y terminó la guerra como con un fulminante ascenso a capitán. Durante toda la campaña protegió a numerosos derechistas perseguidos y se casó por la Iglesia en 1938 (aunque parezca mentira) con una joven católica llamada Amalia Lafuente. 

Otra  historia en Parla

El día después de que el Coronel Puigdengolas fuera asesinado, la localidad de Parla volvió a ser noticia. El 1 de noviembre, tropas republicanas conseguían hacer prisionero a un soldado artillero italiano que combatía del lado de los nacionales, algo muy noticiable para la propaganda republicana que quería demostrar ante la opinión pública internacional que Mussolini estaba apoyando con artillería a Franco (ya se sabía que Italia había cedido a varios pilotos a la aviación nacional). El soldado italiano apresado, que se llamaba Luigi Corsi Silaberta, era natural de Villa Costelli y tenía 21 años, había sido ascendido a Brigada por méritos de guerra y había participado días atrás en los combates de infantería y artillería en Illescas. 

La maquinaria de la propaganda Republica dio a conocer a la opinión pública el supuesto relato de Corsi desde que llegó a España hasta que fue arrestado por los republicanos.Afirmó  que pertenecía al 10 Cuerpo del Ejército de Artillería ubicado en Roma y que fue trasladado forzosamente hasta España para combatir junto "a los rebeldes". Dijo que había llegado a Vigo el 28 de septiembre de 1936 junto a más de 150 militares italianos, más numerosos carros de combate, 38 cañones antitanque, 25.000 proyectiles de artillería y cuatro estaciones de radio.
Sumario judicial contra Luigi Corsi

Los corresponsales extranjeros en Madrid difundieron a toda prisa las informaciones sobre Luigi Corsi. Los encargados de propaganda de la República se sumaron un tanto con esta difusión ya que pretendían criticar con dureza al Comité Internacional de no Intervención. Para que nuestros lectores vean hasta donde llegó la noticia, hemos subido una captura de pantalla de un periódico de Nueva Zelanda (New Zeland Herald) que se hizo eco del arresto de Corsi. 

A través del Archivo Histórico Nacional hemos encontrado el sumario del juicio al que fue sometido el prisionero italiano Corsi, al que un Tribunal Popular juzgaba por auxilio a la rebelión. Durante todo el juicio, trató de ganarse la confianza del prisionero Pablo Sarroca Tomás, un antiguo sacerdote castrense que había decidido apoyar a la República, pocos días después de que empezara la Guerra Civil. Sarroca, en realidad formaba parte de los Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra, dedicándose sobre todo a la sección de propaganda y prensa. Aprovechando sus estudios de italiano, Sarroca ejerció de traductor y hombre de confianza de Corsi con el objetivo de que éste accediera a conceder entrevistas ante la prensa internacional que estaba en Madrid. 

Tras quedar detenido en el Cuartel de Conde Duque a la espera de que se celebrara su juicio, Luigi recibió allí un gran número de visitas, entre otras la de dos parlamentarios británicos que querían comprobar su estado de salud. Durante el juicio, el joven italiano se mostró partidario de la República y tras decir varias veces que fue obligado a combatir en España, en enero de 1937 fue absuelto, quedando en libertad. 

Fuentes consultadas

- 'Unos y otros', Ángel Lamas Arroyo
- 'El Coronel Puigdengolas y la Batalla de Badajoz', Hector Alonso García
- 'Guerra y represión en el sur de España', Francisco Espinosa
- Hemeroteca Nacional
- Hemeroteca ABC
- Archivo Histórico Nacional, Causa General